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¿Baches o pasajes al infierno?

Tapatiez

Parece broma, de mal gusto por supuesto. El pavimento de Guadalajara y las heces de perro, de ésas ya secas que tienen días en la calle, comparten una característica: con la lluvia vuelven a su consistencia normal, blandengue y desagradable, para una vez pasado el diluvio, cuando se tornan pétreas otra vez, quedar llenas de hoyos y más inservibles que antes de que el agua las tocara. Y los baches, en esta misma temporada, son como las plantas silvestres: un poco de agua y con eso basta para que crezcan y crezcan y crezcan... ¿Vivimos en una ciudad malhecha, lastimada, inservible? Si la respuesta queda en base al número de baches –o a la cifra del diámetro y profundidad de éstos- que se encuentren los automovilistas tan solo del trayecto hecho de su casa al trabajo, y al número de alcantarillas tapadas y a las que parecen géiseres lanzando hacia lo alto litros y litros de agua cafesosa, lo más probable es que sí... Guadalajara no sirve. A los del gobierno se les ha olvidado que el chapopote, como normalmente decimos los tapatíos para referirnos a la masa asfáltica que recubre el suelo de gran parte de la ciudad, sólo es útil para sanear pero no suficiente ni óptimo como para reemplazar la firmeza del cemento. Hace poco surgió una propuesta por parte de un grupo de automovilistas tapatíos de pasarle la factura al Ayuntamiento de Guadalajara de los daños causados a los coches después del tiempo de lluvia. Y con justa razón. La sensación de ir jugando choya –ese juego infantil que consistía en meter canicas a varios hoyos que se hacían en el piso- cuando uno viaja en auto, es ineludible. No hay calle en esta ciudad en la que se pueda conducir a una velocidad continua sin tener que frenar o zarandear el volante ante socavones que, más bien, parecen pasajes al infierno. Habrá que incapacitar a Guadalajara después de las lluvias o darle vacaciones. Son muchos los daños que el agua le ha traído y mucho el rencor de sus hijos tapatíos.

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