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Atacama, un desierto de ensueño

Mochileros y viajeros llegan desde lejos para explorar paisajes extraños como el Valle de la Luna y los Geysers del Tatio

ATACAMA, CHILE (13/FEB/2011).- En el Norte de Chile, Atacama reina, este es el desierto más árido del mundo y también tiene los cielos más despejados, salares en las alturas y paisajes lunares.

Hay piedras que no se han movido de su lugar en 23 millones de años. Todo sigue intacto en algunas regiones del desierto de Atacama porque no ha caído una gota de lluvia. Eso lo aprendí en el History Channel, pero, según mi guía, no ha pasado tanto tiempo, sólo unos 200 años después del último chaparrón.

Atacama, en la II Región de Antofagasta, al norte de Chile, es el territorio más seco del planeta. Quedó atrapado entre la gélida corriente de Humboldt en la costa del Pacífico y la barrera de la cordillera de Los Andes que impiden que la humedad llegue a sus dominios.

De pinta marciana, con sus piedras y suelo rojizo, posee uno de los cielos más despejados del mundo. Cuando la luna sale es una pelotota plateada con sus cráteres rozagantes, aún antes de que el Sol se oculte. Cuando no, la Vía Láctea se desparrama; Orión, la Cruz del Sur y una legión de constelaciones alumbran los recorridos nocturnos de los que, por amor a las estrellas, aguantan fríos debajo de los cero grados.

Alguien dijo que las condiciones de este lugar siguen tan violentas como cuando comenzó la vida. Atacama hierve por dentro y libera energía con fumarolas al amanecer. Sus raras formaciones y arrugas son producto del tremendo movimiento tectónico y la erupción de volcanes.

San Pedro, a dos mil 438 metros sobre el nivel del mar, es un oasis conquistado primero por incas, luego por españoles y después por mochileros y viajeros con maletas de Louis Vuitton.

En el pueblo se contratan las excursiones. Tour operadores sobran. Las tarifas de hostal empiezan en ocho dólares y en 398, si es un hotel de lujo como el de nosotros (Alto Atacama, situado a tres kilómetros del pueblo de San Pedro), con paseos incluidos.

Es un milagro que en un territorio tan inhóspito, donde aparentemente la vida no palpita, festejemos nuestra llegada con un pisco sour en uno de los bares del pueblo.

A las 9:00 horas de la mañana siguiente, la camioneta del hotel ya tendrá todo para la primera excursión: agua, tabletas de gránola, frutos secos y chocolates. Nuestra guía ya nos espera a bordo.

Arcoiris mañanero

Tomamos la carretera 23, la que lleva al aeropuerto de Calama. Me sorprende ver tantas cruces en un tramo recto. Nos dicen que son las “animitas” de los que han muerto en accidentes por culpa del viento y la mala visibilidad. Las condiciones atmosféricas en el desierto a veces provocan que los conductores no midan las distancias.
Por un camino de sal, nos rodea la textura de una tierra grisácea que me recuerda la piel arrugada de un elefante.
Se nos atraviesa el primer guanaco: camélido de patas ñangas, muy hábil para correr. Rumia su ración de cojines de la suegra, unos cactos redondos con grandes espinas, la delicia del animal.

Después de 80 kilómetros, entramos al Valle del Arcoiris, un santuario de rocas que simulan ser hombres gigantes, velas de barcos y tridentes de colores terracota, verde, rosa y violeta.

Por encima de los tres mil metros sobre el nivel del mar, un viento se nos restriega con saña.
Después vamos a Río Grande, una comunidad que celebra la colocación del nuevo techo de su iglesia. Para ser bien recibidos entregamos una dote de refrescos y cervezas. Llegamos tarde. Ya sahumaron las imágenes de los santos.
Río Grande es apenas un caserío que está desierto en el desierto. Está hecho de unas cuantas casas de adobe, con sus banderas chilenas ondeando al viento.

Nos advierten que debemos aceptar lo que nos ofrezcan y nada de fotografías. En el patio está la mesa puesta. Nos damos la mano con timidez. Trajeron hasta una banda de música. Una voz perdida dice que pasemos a la mesa, pero nadie le hace eco y nos perdemos el convite.

Luna al atardecer

Yo creo que tiene más facha de Marte que de Luna, sobre todo cuando el Sol del atardecer da a las piedras sus mejores tonalidades.

A 14 kilómetros de San Pedro, el Valle de la Luna, en la Cordillera de la Sal, es una obra monumental de riscos filosos escalonados, montículos que crees haber visto en la Guerra de las Galaxias y paredes verticales como la del llamado Anfiteatro, al final del valle, de forma semicircular y tan imponente que casi te abraza.

Desde la Gran Duna, al otro extremo, el Anfiteatro se ve pequeño. Ya no está permitido caminar por el filo de este cerro de arena de casi 100 metros de elevación. Sólo se puede subir por un costado. El paso de tantos la estaba deformando. Nos conformamos con mirar las ondas que traza el viento sobre su superficie dorada y brillante.
Al Valle de la Luna se puede venir en camioneta o en bici. También se hacen recorridos en senderismo de día y noche en luna llena.

En la sombra, la tierra colorada se apaga hasta el más triste de los grises. Entonces se puede admirar en el suelo lunar texturas lisas y rugosas.

La sal de la tierra


Desde la carretera 23, rumbo al este, el volcán Licancabur parece seguir a los paseantes. La montaña sagrada de los lican antai (antiguos atacameños) se eleva a cinco mil 916 metros sobre el nivel del mar, con una laguna casi congelada en el interior de su cono, donde las temperaturas de la madrugada descienden 20 grados bajo cero.

También pasamos las montañas del proyecto ALMA, donde países de primer mundo aportan tecnología, en tanto que el país chileno los agradece con el espectacular terreno y los cielos impecables para la astronomía.

Dejamos atrás el volcán Lascar de cinco mil 590 metros, aún activo, y la línea del Trópico de Capricornio, señalada con una cruz en el centro y apachetas alrededor. Las apachetas son esas torrecitas de piedras apiladas que dejan los paseantes como ofrenda.

Para llegar a la laguna de Tuyajto y al Salar de Aguas Calientes, se hace una travesía de dos horas por el camino.
Sólo se oye el viento, la respiración agitada y los pasos crujientes cuando pisas la sal. Tal vez regrese más espiritual de lo que vine. A corta distancia, el Salar de Aguas Calientes sigue siendo un dibujo al pastel con manchones blancos, azules y amarillos, ahora con puntos rosados. Sus aguas ricas en nitrato y litio alimentan a una parvada de flamencos andinos. El viento te entume, te empuja, ensordece.

El salar mide más de 28 kilómetros cuadrados. Se mezcla con la paja brava y en vez cristales de sal hay un barro amarillento oloroso a azufre. Estas lagunas, explica el guía, se forman por el deshielo de las montañas de la cordillera de Los Andes.

Vapores y borbotones

La salida se programa cerca de las cuatro de la mañana, en cualquier otra parte del mundo esta desmañanada sería infame. El guía exige puntualidad para ganarle al Sol. Si no, las fumarolas se “esfuman”.

El último día en Atacama, el turista está a no menos de cuatro mil 320 metros sobre el nivel del mar. Ya se alcanzan a ver columnas gigantes de vapor. El primero en salir de la camioneta es el guía. Cuando vuelve nos confirma una temperatura de siete grados bajo cero.

Los Geyser del Tatio son un campo geotérmico de origen volcánico. En la entrada se específica en un cártel que en tres kilómetros cuadrados están en acción 40 geysers, 60 termas y 70 fumarolas.

Estos agujeros en el suelo son fuentes termales por donde la tierra arroja vapor y chorros de agua acompañada de minerales. Abajo hay una olla de presión. Escucha el borboteo y el silbido del agua que hierve a 86 grados centígrados.
Las columnas de vapor alcanzan seis metros de altura. Sombras van y vienen entre las bocanadas del Tatio, unas densas y otras fluidas; juegan al cosquilleo con los primeros rayos del Sol. A eso de las 8:00 horas las fumarolas se debilitan y los valientes se lanzan a las pozas termales.

A decenas de kilómetros, las llamas pastan en los bofedales. Algunas ya participaron del floreo. En febrero se ofrece una ceremonia de agradecimiento a la Pachamama y a la misma llama, a la que le hacen un piercing, atravesándole unos cordoncitos de colores en las orejas.

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