Suplementos
Artes plásticas
El mural de la Cámara de Comercio
Acaba de transcurrir otro año más, y quienes han pronosticado una y otra vez que el arte tradicional en cualquiera de sus manifestaciones, dibujo, gráfica, escultura o pintura, agoniza y está a punto de morir asfixiado por el peso avasallador de las payasadas y tomaduras de pelo que algunos insisten en llamar “arte contemporáneo”, y quienes han tenido que volver a constatar con desolación que aquél no sólo se resiste sino que inclusive, al menos aquí, continúa dando muestras de una vitalidad sobresaliente, de tal manera que lo más relevante y trascendental de lo acontecido durante el año pasado en nuestra ciudad: Exposiciones, homenajes, concursos, etcétera, giró sobre todo, alrededor de la pintura, tanto abstracta como preferentemente figurativa, de diferentes tendencias, corrientes, géneros; manufacturada con una amplia variedad de medios y técnicas por un cada vez más creciente número de cultivadores, tanto ya reconocidos como por quienes buscan adquirir una voz expresiva y un lugar en este competido campo.
Y esta abundancia saludable de obras pictóricas no sólo se refirió a las de caballete, sino que inclusive ha habido un resurgimiento de esa antigua fórmula expresiva llamada pintura mural, que tuviera un auge culminante en la época post revolucionaria en nuestro país, y hoy a punto de cumplir un siglo, pero que ha venido siendo en la actualidad vigorosamente cultivada, igual por jóvenes pintores que han tomado paredes y bardas de la ciudad como soportes para plasmar tan imaginativa cuan colorida imaginería, como por viejos maestros, que en edificios públicos o recintos privados de Guadalajara, mediante procedimientos primitivos y ortodoxos, como la aplicación de la pintura al fresco, o usando otros más prácticos, como la pintura al acrílico sobre paneles transportables, han venido elaborando por encargo o patrocinio, obras de amplias proporciones colmadas de formas o figuras impregnadas de contenidos religiosos, sociales, políticos, simbólicos, conmemorativos, o simplemente decorativos; pero que de cualquier manera, prescindiendo del procedimiento, finalidad y tema, constituyen murales que poseen, en mayor o menor grado, de acuerdo a la actitud definida, el nivel de calidad y la capacidad creativa de sus autores, valores innegables de belleza, monumentalidad, significación de contenidos o cuando menos, bien logrados acentos pintorescos u ornamentales.
Así por ejemplo, a esta variedad y cantidad de atrayentes manifestaciones muralísticas realizadas en fechas recientes habrá que añadir la que en este fin de mes habrá de develarse, y a la cual se encuentra dando ya sus últimos toques el experimentado paisajista Jorge Monroy Padilla, quien atendiendo una convocatoria abierta lanzada recientemente por la Cámara de Comercio de Guadalajara, para incluir dentro de su programa de festejos conmemorativos del CXX Aniversario de su fundación, y con la finalidad de dejar como memoria perdurable de ese fasto una pintura de este género, presentó una propuesta la cual fue escogida, de entre otras finalistas, por el Comité Dictaminador como la más cercana a estos propósitos celebratorios, recibiendo el accésit y mecenazgo de esta importante y escrupulosa institución empresarial.
Dicho trabajo ocupa una superficie aproximada de 50 metros cuadrados divididos en tres paneles que quedarán permanentemente instalados en el imponente vestíbulo del edificio sede de esta venerable Cámara ubicado en la avenida Vallarta número 4095 de esta ciudad.
Estas tres pinturas, aunque ligeramente separadas entre sí, integran una composición armónicamente equilibrada y con una continuidad narrativa que muestra, bajo la presencia simbólica de una imponente figura del dios griego Hermes o Mercurio romano, protector del comercio, los viajeros, la riqueza, la fortuna, (y también de los ladrones) la evolución social y económica de Guadalajara, simbolizada a través de las obras y edificaciones civiles, religiosas, mercantiles, culturales y artísticas más representativas desde la época colonial hasta las del pasado siglo y con proyección inclusive a las planeadas para el inminente porvenir.
Tal cúmulo de elementos fueron, como digo, cuidadosamente concertados por Monroy a manera de un amplio “collage”, apegándose a su irreductible manera de pintar que siempre ha sido fielmente representativa de la realidad, fidelidad apoyada por su extraordinaria habilidad dibujística, su destreza para recrear volúmenes arquitectónicos, manejar perspectivas y planos, así como por un peculiar colorido y empleo de la iluminación, a todo lo cual logró añadir en este caso, que dicha imaginería urbana, ya convertida en icónica debido a su reiterada revisión y asedio por toda clase de cultivadores del arte gráfico y plástico, haya adquirido sin embargo en este mural un renovado y atractivo brillo, dada la armonía y ritmo de su concertación, pues cabría insistir en que, por encima de la nítida presencia formal de trazo y colorido, es posible encontrar ahí valores estéticos que atañen a la sensibilidad y rompen las ataduras de la mera imitación o apego a una realidad.
No se trata pues de un amplificado muestrario urbano, sino de una bien lograda pintura mural, de la superación de un reto que por primera vez se planteó este maestro, cuyo campo primordial de acción y reconocimiento ha sido durante décadas el de la pintura a la acuarela, pero que aquí alcanza la monumentalidad deseada tanto en aspectos puramente visuales, como en la proyección conceptual merced a su indiscutible talento individual, el cual estuvo siempre, valiosa y eficientemente apoyado, por dos espléndidos colaboradores como fueron los pintores Luis Eduardo González y María Cristina Partida.
Y esta abundancia saludable de obras pictóricas no sólo se refirió a las de caballete, sino que inclusive ha habido un resurgimiento de esa antigua fórmula expresiva llamada pintura mural, que tuviera un auge culminante en la época post revolucionaria en nuestro país, y hoy a punto de cumplir un siglo, pero que ha venido siendo en la actualidad vigorosamente cultivada, igual por jóvenes pintores que han tomado paredes y bardas de la ciudad como soportes para plasmar tan imaginativa cuan colorida imaginería, como por viejos maestros, que en edificios públicos o recintos privados de Guadalajara, mediante procedimientos primitivos y ortodoxos, como la aplicación de la pintura al fresco, o usando otros más prácticos, como la pintura al acrílico sobre paneles transportables, han venido elaborando por encargo o patrocinio, obras de amplias proporciones colmadas de formas o figuras impregnadas de contenidos religiosos, sociales, políticos, simbólicos, conmemorativos, o simplemente decorativos; pero que de cualquier manera, prescindiendo del procedimiento, finalidad y tema, constituyen murales que poseen, en mayor o menor grado, de acuerdo a la actitud definida, el nivel de calidad y la capacidad creativa de sus autores, valores innegables de belleza, monumentalidad, significación de contenidos o cuando menos, bien logrados acentos pintorescos u ornamentales.
Así por ejemplo, a esta variedad y cantidad de atrayentes manifestaciones muralísticas realizadas en fechas recientes habrá que añadir la que en este fin de mes habrá de develarse, y a la cual se encuentra dando ya sus últimos toques el experimentado paisajista Jorge Monroy Padilla, quien atendiendo una convocatoria abierta lanzada recientemente por la Cámara de Comercio de Guadalajara, para incluir dentro de su programa de festejos conmemorativos del CXX Aniversario de su fundación, y con la finalidad de dejar como memoria perdurable de ese fasto una pintura de este género, presentó una propuesta la cual fue escogida, de entre otras finalistas, por el Comité Dictaminador como la más cercana a estos propósitos celebratorios, recibiendo el accésit y mecenazgo de esta importante y escrupulosa institución empresarial.
Dicho trabajo ocupa una superficie aproximada de 50 metros cuadrados divididos en tres paneles que quedarán permanentemente instalados en el imponente vestíbulo del edificio sede de esta venerable Cámara ubicado en la avenida Vallarta número 4095 de esta ciudad.
Estas tres pinturas, aunque ligeramente separadas entre sí, integran una composición armónicamente equilibrada y con una continuidad narrativa que muestra, bajo la presencia simbólica de una imponente figura del dios griego Hermes o Mercurio romano, protector del comercio, los viajeros, la riqueza, la fortuna, (y también de los ladrones) la evolución social y económica de Guadalajara, simbolizada a través de las obras y edificaciones civiles, religiosas, mercantiles, culturales y artísticas más representativas desde la época colonial hasta las del pasado siglo y con proyección inclusive a las planeadas para el inminente porvenir.
Tal cúmulo de elementos fueron, como digo, cuidadosamente concertados por Monroy a manera de un amplio “collage”, apegándose a su irreductible manera de pintar que siempre ha sido fielmente representativa de la realidad, fidelidad apoyada por su extraordinaria habilidad dibujística, su destreza para recrear volúmenes arquitectónicos, manejar perspectivas y planos, así como por un peculiar colorido y empleo de la iluminación, a todo lo cual logró añadir en este caso, que dicha imaginería urbana, ya convertida en icónica debido a su reiterada revisión y asedio por toda clase de cultivadores del arte gráfico y plástico, haya adquirido sin embargo en este mural un renovado y atractivo brillo, dada la armonía y ritmo de su concertación, pues cabría insistir en que, por encima de la nítida presencia formal de trazo y colorido, es posible encontrar ahí valores estéticos que atañen a la sensibilidad y rompen las ataduras de la mera imitación o apego a una realidad.
No se trata pues de un amplificado muestrario urbano, sino de una bien lograda pintura mural, de la superación de un reto que por primera vez se planteó este maestro, cuyo campo primordial de acción y reconocimiento ha sido durante décadas el de la pintura a la acuarela, pero que aquí alcanza la monumentalidad deseada tanto en aspectos puramente visuales, como en la proyección conceptual merced a su indiscutible talento individual, el cual estuvo siempre, valiosa y eficientemente apoyado, por dos espléndidos colaboradores como fueron los pintores Luis Eduardo González y María Cristina Partida.