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Artes plásticas
Retomando, a contracorriente de las modas actuales, procedimientos y elementos formales de grandes maestros de la pintura universal
por: josé luis meza inda
Retomando, a contracorriente de las modas actuales, procedimientos y elementos formales de grandes maestros de la pintura universal, pero mostrando particular inclinación por los academicistas mexicanos del siglo XIX, de aquellos que recrearon leyendas, anécdotas, alegorías y paisajes, impregnadas de un romanticismo naturalista y de una pretendida substancia nacionalista, como por ejemplo Cordero, Rebull, Velasco, Gerardo Murillo, Saturnino Herrán o hasta el propio Helguera, el de los calendarios; hoy, el joven pintor capitalino Daniel Lezama, ha venido realizando personales reinterpretaciones y transfiguraciones de aquella iconografía tradicional, imprimiendo significados totalmente diferentes a las antiguas alegorías, leyendas, narraciones y anécdotas costumbristas de la mexicanidad, a las cuales ha dotado de acentos contemporáneos, donde la libertad expresiva, la provocación, la transgresión, la ironía, el erotismo rampante y agresivo, han tomado el lugar de aquellos arcaicos contenidos.
Esto, lo puede comprobar quien visite, en estos días, los salones principales del Museo de Arte de Zapopan, que se ha consolidado como uno de los espacios institucionales, más importantes de la zona metropolitana, por la abundancia y regularidad cualitativa de sus exhibiciones, a las cuales se añade ésta, La madre pródiga, que por vez primera reúne aquí un puñado de pinturas representativas de Lezama.
Para realizar tan espléndidas transfiguraciones, este expositor, obviamente está dotado con imprescindibles herramientas: frondosa imaginación y depuradísima técnica para el dibujo y manejo del color; destreza para el empleo de la luz plena, claroscuro o tenebrismo; capacidad para componer equilibradamente, desde pequeños cuadros, hasta amplios lienzos, los cuales colma de paisajes, elementos naturales y todo género de objetos, pero eminentemente, de figuras humanas de ambos sexos y de diferentes edades, sobresaliendo los desnudos femeninos, descritos con todos sus desbordes anatómicos y configuración carnal. Mas insisto, estos desnudos como toda su pintura, están ya totalmente alejados de aquel espíritu clasicista y de sugerente sensualidad de las lánguidas modelos que pintara un Germán Gedovius o un Felipe Gutiérrez, sino que la “estética” lezamiana, la veo yo más bien cercana, dado su cáustico naturalismo y procaz crudeza, a la de los manifestantes de los 400 Pueblos que suelen protestar encuerados por el Paseo de la Reforma, y que por eso mismo quizás, son desnudos que dan tanta densidad a sus composiciones, que trascienden de la pura fidelidad representativa, para adquirir una compleja carga expresiva e intencionalidad conceptual, mediante la cual el pintor reta a los observadores a una confrontación interpretativa.
Mas no es fácil hallar los significados en las complejas composiciones pictóricas de este joven maestro; quizás algunos puedan intuir que en efecto, tras esta imaginería existe una narración cruel, una historia truculenta, una afilada alegoría, en las cuales de una manera u otra, puede cada quien encontrar puntos de contacto o rasgos de identidad, respecto a sus traumas, complejos de Edipo, represiones, emociones, soledades, apetitos carnales, violencias, odios, fe, mitos, etcétera; mas ya sea que se interpreten con certeza o no, la verdad es que las pinturas de Lezama no pueden dejar a nadie indiferente, y si alguien se siente incapaz de encontrar qué es lo que quieren decir en verdad sus teatrales escenificaciones, lo que no podrá dejar de sentir al menos, es la experiencia de encontrarse ante una obra realista o fantástica, pero siempre suntuosa y magistralmente manufacturada. Eso sí.
Retomando, a contracorriente de las modas actuales, procedimientos y elementos formales de grandes maestros de la pintura universal, pero mostrando particular inclinación por los academicistas mexicanos del siglo XIX, de aquellos que recrearon leyendas, anécdotas, alegorías y paisajes, impregnadas de un romanticismo naturalista y de una pretendida substancia nacionalista, como por ejemplo Cordero, Rebull, Velasco, Gerardo Murillo, Saturnino Herrán o hasta el propio Helguera, el de los calendarios; hoy, el joven pintor capitalino Daniel Lezama, ha venido realizando personales reinterpretaciones y transfiguraciones de aquella iconografía tradicional, imprimiendo significados totalmente diferentes a las antiguas alegorías, leyendas, narraciones y anécdotas costumbristas de la mexicanidad, a las cuales ha dotado de acentos contemporáneos, donde la libertad expresiva, la provocación, la transgresión, la ironía, el erotismo rampante y agresivo, han tomado el lugar de aquellos arcaicos contenidos.
Esto, lo puede comprobar quien visite, en estos días, los salones principales del Museo de Arte de Zapopan, que se ha consolidado como uno de los espacios institucionales, más importantes de la zona metropolitana, por la abundancia y regularidad cualitativa de sus exhibiciones, a las cuales se añade ésta, La madre pródiga, que por vez primera reúne aquí un puñado de pinturas representativas de Lezama.
Para realizar tan espléndidas transfiguraciones, este expositor, obviamente está dotado con imprescindibles herramientas: frondosa imaginación y depuradísima técnica para el dibujo y manejo del color; destreza para el empleo de la luz plena, claroscuro o tenebrismo; capacidad para componer equilibradamente, desde pequeños cuadros, hasta amplios lienzos, los cuales colma de paisajes, elementos naturales y todo género de objetos, pero eminentemente, de figuras humanas de ambos sexos y de diferentes edades, sobresaliendo los desnudos femeninos, descritos con todos sus desbordes anatómicos y configuración carnal. Mas insisto, estos desnudos como toda su pintura, están ya totalmente alejados de aquel espíritu clasicista y de sugerente sensualidad de las lánguidas modelos que pintara un Germán Gedovius o un Felipe Gutiérrez, sino que la “estética” lezamiana, la veo yo más bien cercana, dado su cáustico naturalismo y procaz crudeza, a la de los manifestantes de los 400 Pueblos que suelen protestar encuerados por el Paseo de la Reforma, y que por eso mismo quizás, son desnudos que dan tanta densidad a sus composiciones, que trascienden de la pura fidelidad representativa, para adquirir una compleja carga expresiva e intencionalidad conceptual, mediante la cual el pintor reta a los observadores a una confrontación interpretativa.
Mas no es fácil hallar los significados en las complejas composiciones pictóricas de este joven maestro; quizás algunos puedan intuir que en efecto, tras esta imaginería existe una narración cruel, una historia truculenta, una afilada alegoría, en las cuales de una manera u otra, puede cada quien encontrar puntos de contacto o rasgos de identidad, respecto a sus traumas, complejos de Edipo, represiones, emociones, soledades, apetitos carnales, violencias, odios, fe, mitos, etcétera; mas ya sea que se interpreten con certeza o no, la verdad es que las pinturas de Lezama no pueden dejar a nadie indiferente, y si alguien se siente incapaz de encontrar qué es lo que quieren decir en verdad sus teatrales escenificaciones, lo que no podrá dejar de sentir al menos, es la experiencia de encontrarse ante una obra realista o fantástica, pero siempre suntuosa y magistralmente manufacturada. Eso sí.