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Arequipa y el Monasterio de Santa Catalina

La ciudad fundada por los españoles se ha convertido en punto de encuentro para la cultura en Perú

GUADALAJARA, JALISCO (26/JUL/2015).- Arequipa, blanca y señorial, fue construida en las faldas con las blanquecinas y porosas piedras de igninbrita que había arrojado el imponente volcán Misti (5,825 m ) hacía ya muchos milenios.

Ubicada mil kilómetros al sur de Lima, capital de Perú, fue fundada por los españoles ávidos de dominio y posesiones, sobre las poblaciones inca, quechua y aymara asentadas en Are-quipay: “Detrás del Pico” (“are”, puntiagudo y “qhipay” detrás), según acuerdo en una “real cédula” de Carlos I de España (V de Germania) en el año de 1540.

Al momento de su “fundación”, rápidamente fue poblada por conquistadores, colonos, (y claro) la iglesia católica que dominaba vidas, almas y haciendas de la época, dejando manifiesto su poderío en las imponentes (y a no dudarlo) bellas construcciones que, pese a los grandes terremotos ocurridos (el último y terrible en 2001) hoy en día todavía las podemos admirar.

La majestuosa y blanca catedral se cuece aparte. Las fachadas de las casas de los Irribery y los Del Moral, son igualmente dignas de admirarse. Impresionantes son también las de las iglesias de Santo Domingo y de San Juan, con sus tallas en blanca piedra, en donde se mezclan motivos de las dos culturas. De inigualable belleza es la ostentosísima (y bella) Compañía de Jesús, con su fachada atiborrada de tallas dedicadas a Santiago Mataindios; con sus arcadas interiores labradas centímetro a centímetro que hablan de su poderío en aquellas épocas.

Ahora, hablando de lo que es una ciudad dentro de la otra, nos referiremos al impresionante Monasterio de Santa Catalina de Siena, construido en medio de la dichosa Are-quipay de aquellos tiempos.

Enclaustrado entre muros de sillar blanco y calicanto de más de tres metros de altura, se encuentra el convento-ciudadela de más de 20 mil metros cuadrados en donde, después de una larga historia de vidas vividas y leyendas, aún siguen rezando con sus votos de pobreza, castidad y silencio en el ala norte del monasterio unas veinte monjas recoletas. Para la celebración de la santa misa, las religiosas tienen que situarse detrás de la gran reja de metal que separa la clausura del mundo exterior.

Después de que durante siglos estuvo envuelto de un velo de silencio y de misterio, recientemente —y respetuosamente remodelado— la mayor parte de él fue abierto al público, habiendo conservado su encanto y romance original.

Es una belleza arquitectónica que se puede disfrutar tanto estéticamente, como recorriendo con imaginación y sentimientos a flor de piel, cada una de las encrucijadas de patios, pasillos, claustros, confesionarios y crujías.

Todo comenzó en el año de 1570 cuando Doña María de Guzmán, habiendo enviudado, declaró que además de ceder sus bienes y haciendas a la construcción del monumental convento, ella misma se recluiría ahí por el resto de sus días; claro, llevándose consigo además de sus “cositas indispensables”, a toda su servidumbre (esclavos y doncellas incluidos).

Muchas damitas de la sociedad y de la época, siguiendo la inspiración de la “prior” en que se había convertido Doña María, continuaron su ejemplo, constituyendo una verdadera ciudad enclaustrada en donde convivían, monjas “de a de veras”, y monjas “pobres”, que no tenían ni hábitos ni canonjías ni nada parecido. Así se usaba, y era “muy bien visto” por la sociedad de la época.      
  
  Ahora, déjenme decirles que Santa Catalina de Siena, (a quien se dedica el monasterio) fue una niña que habiendo sido la ¡vigésimo tercera! hija (de 25 partos) de un matrimonio de Siena Italia allá por los años del 1350, desde chiquilla renunció a los asuntos de la vida mundana; y cuando sus padres la quisieron casar, se rapó todita y se encerró en su cuarto hasta que la dejaran en paz, para así poder llevar en solitario una vida de sacrificio y ayuno.

A los 18, en un “matrimonio místico con Jesús”, se recluyó en el convento de los dominicos. Sin embargo, ante un nuevo llamado, habiéndose metido en la tortuosa política de la iglesia, logró —entre otras cosas— que el Papa cambiara su sede de Aviñón a Roma.

Muchos milagros son los que se hablan de ella; y hasta se dice que tenía los estigmas de Jesucristo, y su cuerpo nunca sufrió putrefacción, pero… habrá que recordar que corría la Edad Media cargada de leyendas, misterios y mentiras (?).

El caso es que… el visitar el convento de Santa Catalina en Arequipa, es una de las cosas que habrá que disfrutar; arquitectura y leyendas incluidas.

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