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Año viejo, basura nueva
Casi nadie sabe a dónde se lleva el carretón los empaques y los desperdicios de las cenas que celebran el fin de año
GUADALAJARA, JALISCO (30/DIC/2012).- El carretón hediondo pasa todos los días por el barrio. La basura lo espera en la esquina, con apariencia inofensiva, escondida en bolsas negras como pasas uvas en el gran ponche metropolitano. Las bolsas negras salen de las casas. Unas veces madrugan; otras, las cargan mujeres presurosas, quienes las entregan a los muchachos sucios, a quienes ellas evitan tocar, a quienes ellas tiran las monedas desde lejos. La basura desaparece para siempre. Los del barrio respiran cuando la ven irse. Al principio respiran el tufo podrido que deja el carretón. Pero luego el tufo le deja el paso al monóxido de carbono y los millones de partículas suspendidas que por suerte ni huelen ni se ven.
A las bolsas que se fueron las reemplazarán otras, el día siguiente y otras y otras. Siempre habrá bolsas en la esquina. Las bolsas encierran monstruos de creación humana. ¿Ha mezclado usted una batería alcalina con la cáscara de una naranja, con una toalla sanitaria usada?
Cuando llega el niño Dios; cuando es momento de despedirse de lo viejo para celebrar el Año Nuevo; cuando Melchor, Gaspar y Baltazar visitan su casa los monstruos aumentan en cantidad. Si antes eran diez ahora son trece. Si Jalisco generaba siete mil toneladas de basura diario, ahora genera 9,200, ha advertido la Universidad de Guadalajara y se han quejado todos los ayuntamientos metropolitanos.
No es Jalisco, son los jaliscienses. No se amargue: ¿Qué sería de la Navidad sin envolturas y cartones y huesos de pavo?
Lo bueno es que la basura desaparece en un camión, que la lleva lejos del barrio.
Por ejemplo, un poco de la que se genera en las casas viaja a la estación de transferencia de Matatlán, en Tonalá. Nunca se ha sabido bien cuánta ni por qué la llevan a una estación intermedia. Ya no importa. El sitio arqueológico que hubo ahí ha sido forrado por toneladas de huesos de pollo, pañales y bolsas que encierran a otras bolsas que encierran a un ejército de larvas de mosca, que en sus estómagos encierran de todo.
A Matatlán, que desde 2007 recibe poco, casi nadie puede entrar. Lo impide la empresa Caabsa Eagle, a la que varios municipios le pagan por llevarse las bolsas del barrio y lo impiden los líderes de los pepenadores, a los que la empresa les ha dicho que si se sabe lo que pasa ahí dentro perderán su fuente de vida.
Quienes han entrado a Matatlán saben que un puñado de mujeres voluptuosas, hombres de buen músculo y niños pequeños han hecho su propio barrio a unos metros de la basura del nuestro. Las mujeres, los hombres y los niños destripan al monstruo y toman de sus entrañas lo que los de la ciudad despreciaron. Las latas y los botes de leche son, para ellos, un tesoro preciado. Los rescatan con un gancho filoso que hacen de varilla o los rescatan con las manos pelonas. Los descubren de entre los papeles embarrados con mierda y, en estos días, de sobras de la cena de Navidad, papeles con estrellas y moños, que ellos también desprecian. Y todo lo hacen muy rápido, antes de que la mano de un traxcavo se los arrebate para siempre.
¿Que cómo es Matatlán? Como una película del fin del mundo, en la que aparecen muchos perros sarnosos.
Y eso que a Matatlán llega poca cosa. En Zapopan, el eufemístico relleno sanitario Picachos ha recibido desde hace varios años mil 400 toneladas de basura diaria. Ahora, sus cerros desérticos que esconden gusanos, trapos y animales muertos han apilado 5 millones de toneladas, según el propio ayuntamiento. ¿Se imagina usted 5 millones de toneladas de cualquier cosa?
En Zapopan, los campesinos alrededor de Picachos afirman que sus tierras se pudren en la medida que llegan las bolsas negras y escurre al subsuelo el caldo que cocinan la batería alcalina, la cáscara de la naranja y la toalla sanitaria.
El ayuntamiento lo niega todo. “El relleno sanitario Picachos tiene bajo control los lixiviados”, afirma en sus comunicados de principios de diciembre.
En el otro basurero, el de Los Laureles, en los límites de los municipios de Tonalá y El Salto, Caabsa prefiere guardar silencio. Cada día, la empresa deposita allá más de 3 mil toneladas de bolsas que encierran bolsas que encierran gusanos blancos que por suerte ni los del barrio ni nadie puede ver, pues todos tienen prohibida la entrada al cerro inmundo, donde a veces al aire juega con el plástico y lo lleva a los patios de los vecinos más cercanos.
Los vecinos han intentado cerrar Los Laureles. Cuando lo intentan las autoridades de la zona metropolitana de Guadalajara se muerden las uñas, mientras los tapatíos sienten náuseas nomás de ver que las bolsas se mosquean en la esquina con sus panzas negras rellenas de huesos de pollo y papel sanitario.
No hay de qué preocuparse. El problema siempre se resuelve en contra de los quejosos. Los desechos vuelven a desaparecer de las esquinas.
Incluso en estos tiempos de tirar lo viejo la basura desaparecerá rápido y para siempre de las esquinas del barrio, presumen los responsable del aseo público de todos los municipios. En los días pasados el Ayuntamiento de Guadalajara se ufanó de haber levantado con celeridad 13 toneladas de desechos de la zona comercial de Obregón y otras 12 de la zona comercial de Medrano: empaques de juguetes, cajas de cartón, plásticos y envases desechables, además de los casi dos kilos que generó cada tapatío cada uno de estos días, cuando su ración diaria de desperdicios aumenta 30 por ciento.
Ese 30 % también se irá en el camión apestoso, que se parece mucho a Santa Claus en el misterio. Casi nadie sabe de dónde trae el gordo paquetes desechables. Casi nadie sabe a dónde se lleva el carretón los empaques y los desperdicios de las cenas que celebran el fin de año.
A las bolsas que se fueron las reemplazarán otras, el día siguiente y otras y otras. Siempre habrá bolsas en la esquina. Las bolsas encierran monstruos de creación humana. ¿Ha mezclado usted una batería alcalina con la cáscara de una naranja, con una toalla sanitaria usada?
Cuando llega el niño Dios; cuando es momento de despedirse de lo viejo para celebrar el Año Nuevo; cuando Melchor, Gaspar y Baltazar visitan su casa los monstruos aumentan en cantidad. Si antes eran diez ahora son trece. Si Jalisco generaba siete mil toneladas de basura diario, ahora genera 9,200, ha advertido la Universidad de Guadalajara y se han quejado todos los ayuntamientos metropolitanos.
No es Jalisco, son los jaliscienses. No se amargue: ¿Qué sería de la Navidad sin envolturas y cartones y huesos de pavo?
Lo bueno es que la basura desaparece en un camión, que la lleva lejos del barrio.
Por ejemplo, un poco de la que se genera en las casas viaja a la estación de transferencia de Matatlán, en Tonalá. Nunca se ha sabido bien cuánta ni por qué la llevan a una estación intermedia. Ya no importa. El sitio arqueológico que hubo ahí ha sido forrado por toneladas de huesos de pollo, pañales y bolsas que encierran a otras bolsas que encierran a un ejército de larvas de mosca, que en sus estómagos encierran de todo.
A Matatlán, que desde 2007 recibe poco, casi nadie puede entrar. Lo impide la empresa Caabsa Eagle, a la que varios municipios le pagan por llevarse las bolsas del barrio y lo impiden los líderes de los pepenadores, a los que la empresa les ha dicho que si se sabe lo que pasa ahí dentro perderán su fuente de vida.
Quienes han entrado a Matatlán saben que un puñado de mujeres voluptuosas, hombres de buen músculo y niños pequeños han hecho su propio barrio a unos metros de la basura del nuestro. Las mujeres, los hombres y los niños destripan al monstruo y toman de sus entrañas lo que los de la ciudad despreciaron. Las latas y los botes de leche son, para ellos, un tesoro preciado. Los rescatan con un gancho filoso que hacen de varilla o los rescatan con las manos pelonas. Los descubren de entre los papeles embarrados con mierda y, en estos días, de sobras de la cena de Navidad, papeles con estrellas y moños, que ellos también desprecian. Y todo lo hacen muy rápido, antes de que la mano de un traxcavo se los arrebate para siempre.
¿Que cómo es Matatlán? Como una película del fin del mundo, en la que aparecen muchos perros sarnosos.
Y eso que a Matatlán llega poca cosa. En Zapopan, el eufemístico relleno sanitario Picachos ha recibido desde hace varios años mil 400 toneladas de basura diaria. Ahora, sus cerros desérticos que esconden gusanos, trapos y animales muertos han apilado 5 millones de toneladas, según el propio ayuntamiento. ¿Se imagina usted 5 millones de toneladas de cualquier cosa?
En Zapopan, los campesinos alrededor de Picachos afirman que sus tierras se pudren en la medida que llegan las bolsas negras y escurre al subsuelo el caldo que cocinan la batería alcalina, la cáscara de la naranja y la toalla sanitaria.
El ayuntamiento lo niega todo. “El relleno sanitario Picachos tiene bajo control los lixiviados”, afirma en sus comunicados de principios de diciembre.
En el otro basurero, el de Los Laureles, en los límites de los municipios de Tonalá y El Salto, Caabsa prefiere guardar silencio. Cada día, la empresa deposita allá más de 3 mil toneladas de bolsas que encierran bolsas que encierran gusanos blancos que por suerte ni los del barrio ni nadie puede ver, pues todos tienen prohibida la entrada al cerro inmundo, donde a veces al aire juega con el plástico y lo lleva a los patios de los vecinos más cercanos.
Los vecinos han intentado cerrar Los Laureles. Cuando lo intentan las autoridades de la zona metropolitana de Guadalajara se muerden las uñas, mientras los tapatíos sienten náuseas nomás de ver que las bolsas se mosquean en la esquina con sus panzas negras rellenas de huesos de pollo y papel sanitario.
No hay de qué preocuparse. El problema siempre se resuelve en contra de los quejosos. Los desechos vuelven a desaparecer de las esquinas.
Incluso en estos tiempos de tirar lo viejo la basura desaparecerá rápido y para siempre de las esquinas del barrio, presumen los responsable del aseo público de todos los municipios. En los días pasados el Ayuntamiento de Guadalajara se ufanó de haber levantado con celeridad 13 toneladas de desechos de la zona comercial de Obregón y otras 12 de la zona comercial de Medrano: empaques de juguetes, cajas de cartón, plásticos y envases desechables, además de los casi dos kilos que generó cada tapatío cada uno de estos días, cuando su ración diaria de desperdicios aumenta 30 por ciento.
Ese 30 % también se irá en el camión apestoso, que se parece mucho a Santa Claus en el misterio. Casi nadie sabe de dónde trae el gordo paquetes desechables. Casi nadie sabe a dónde se lleva el carretón los empaques y los desperdicios de las cenas que celebran el fin de año.