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A dónde irán... esas “tienditas” de la esquina
por: gabriela aguilar
Según la Real Academia Española, el changarro es un tendejón, es decir, una tienda pequeña. Esas abarroteras, misceláneas, tiendas de la esquina o como se les conozca, siguen en la batalla por no desaparecer ante los negocios que venden bienes de consumo respaldados muchas veces por una franquicia.
Quizás sea la tradición mexicana de “pedir fiado”, la que permite en gran medida la subsistencia de estos changarros que encierran historias muy singulares. Esta es la última entrega de la serie de agosto, En Guadalajara... así es esto del abarrote.
Desde Toluca... “Don Chechilio”
Es Cecilio Becerril Monroy, nació en el Estado de México y comparte su historia como la canción de los Beatles, en la noche de un día difícil: el primer día de clases. Son casi las 9:00 de la noche, el movimiento es importante, entran y salen clientes. El cambio de “estafeta y uniforme”, como él mismo dice, de sus jóvenes ayudantes se da en esos momentos. Sale Carlos entra “el Richard”, para acomodar en el estante, el jabón con nombre de protagonista del cuento de los siete enanos.
Son cuatro ayudantes en total, Víctor y la señora Lupita por las mañanas: “Son vecinos de buenas familias, vienen y piden oportunidad. Hay que tener cuidado de que sean honorables”.
Llegó a Guadalajara cuando tenía 12 años, y junto con diez hermanos siguió el camino “del abarrote”, como su papá. Es ingeniero industrial y siempre tuvo la inquietud del negocio propio, le gustaba el comercio y empezó por el rumbo de Las Águilas con una farmacia.
La tienda de “Don Chechilio”, como le dicen muchos clientes de cariño, se encuentra en la colonia Jardines de San José, en los cruces de las calles Isla Gomera e Isla Salomón. Alrededor hay muchos departamentos, una escuela primaria, un plantel especialista en carreras técnicas, un tianguis todos los miércoles, enfrente una carnicería y al lado un local donde imparten clases de spinning... Los gritos motivadores del instructor y la música “punchis-punchis” se escucha de fondo.
“Mi esposa, desde chica, también se inclinó por la tienda de abarrotes, gracias a su ayuda subsistimos, uno no puede estar solo aunque tenga muchos ayudantes, en Las Águilas éramos vecinos de locales, yo en la farmacia, ella en la abarrotera, los vendimos y desde hace 14 años estamos aquí”.
Tiene dos hijas, una nació en Toluca, la otra en Guadalajara, “y las dos le van a las Chivas, yo pues al Toluca”. Y su pasión por el futbol no la esconde, en cuanto contestó cuál era su equipo favorito, se arrancó con la anécdota, “en Toluca me llevaron por primera vez al estadio Nemesio Diez, donde jugó Pelé y de ahí viene la afición”.
Horas “pico”
Con el regreso a clases, las horas “pico” en la tienda de don Cecilio son entre las 8:00 y 9:00 de la mañana, y de 1:00 a 3:00 de la tarde, que es cuando llega su esposa María del Carmen. Luego cierran a las 3:00 y media, abren a las 6:00 y media y cierran después de las 10:00. “Este es un negocio de primera necesidad, se vende muy bien la leche, los bolillos, el jamón y últimamente se ha reflejado mucho el consumo del jamón de pavo, la gente ha tomado conciencia de la alimentación, ya no es como a mí me tocó, antes llegaban las mamás de los niños de la primaria por papas, refresco de cola y ‘vámonos a la escuela’, ahora vienen por yogurt, una manzana o plátano... ha sido un cambio drástico, yo no soy afecto a vender muchas frituras, trato de tener alimentos sanos”.
Entre las 8:50 y 9:10 de la noche, don Cecilio atiende a dos clientes por minuto. Las caras de los compradores son de todo tipo: de agobio, enfado, alegría... amas de casa, estudiantes, niños con lista en la mano para no olvidarse de lo que les encargó la mamá... Paquete de bolsas con tres litros leche, espirales mata-mosquitos, el trapito amarillo sobre el mostrador para limpiar el agua que dejan los artículos fríos, don Cecilio pide: “Richard, medio kilo de huevo”... Amas de casa apresuradas: “Oiga, ¿hoy no le trajeron semitas?”... Mientras tanto, más bolsas con leche desfilan...
De pronto, aparece un hombre con el rostro desorbitado, tambaleante. Sin que dijera una palabra, y como un acto de adivinación mental por parte de “Don Chechilio”, dice: “No se te vaya olvidar ¿eh?, Richard dale un barrilito”.
El hombre mudo se va. “Es que anda a medias, a veces viene bien tomado y le fío refrescos, hoy no anda tanto pero le tengo que recordar que me pague, ¿que si fío? Bueno pues hay gente de muy buena voluntad que sí paga y claro, hay que tener confianza”.
No faltó mucho tiempo en que llegara una señora pidiendo jamón, birote y unos sobrecitos con shampoo. La cuenta no fue como ella esperaba. “Don Cecilio, ¿le doy los 20 mañana?”.
Y ahí estaba... el cuaderno tamaño profesional con la lista de las personas a las que se les fía.
-¿Cuál cree que sea el éxito de un negocio como estos?
-“Constancia y una buena administración, cuánto vendo, cuánto tomo para el doctor, el dentista... lo que se necesite”.
La clase de spinning terminó, “Richard” acomoda producto, don Cecilio sigue cobrando. Son casi las 10:00 de la noche. Así es esto del abarrote.
Quizás sea la tradición mexicana de “pedir fiado”, la que permite en gran medida la subsistencia de estos changarros que encierran historias muy singulares. Esta es la última entrega de la serie de agosto, En Guadalajara... así es esto del abarrote.
Desde Toluca... “Don Chechilio”
Es Cecilio Becerril Monroy, nació en el Estado de México y comparte su historia como la canción de los Beatles, en la noche de un día difícil: el primer día de clases. Son casi las 9:00 de la noche, el movimiento es importante, entran y salen clientes. El cambio de “estafeta y uniforme”, como él mismo dice, de sus jóvenes ayudantes se da en esos momentos. Sale Carlos entra “el Richard”, para acomodar en el estante, el jabón con nombre de protagonista del cuento de los siete enanos.
Son cuatro ayudantes en total, Víctor y la señora Lupita por las mañanas: “Son vecinos de buenas familias, vienen y piden oportunidad. Hay que tener cuidado de que sean honorables”.
Llegó a Guadalajara cuando tenía 12 años, y junto con diez hermanos siguió el camino “del abarrote”, como su papá. Es ingeniero industrial y siempre tuvo la inquietud del negocio propio, le gustaba el comercio y empezó por el rumbo de Las Águilas con una farmacia.
La tienda de “Don Chechilio”, como le dicen muchos clientes de cariño, se encuentra en la colonia Jardines de San José, en los cruces de las calles Isla Gomera e Isla Salomón. Alrededor hay muchos departamentos, una escuela primaria, un plantel especialista en carreras técnicas, un tianguis todos los miércoles, enfrente una carnicería y al lado un local donde imparten clases de spinning... Los gritos motivadores del instructor y la música “punchis-punchis” se escucha de fondo.
“Mi esposa, desde chica, también se inclinó por la tienda de abarrotes, gracias a su ayuda subsistimos, uno no puede estar solo aunque tenga muchos ayudantes, en Las Águilas éramos vecinos de locales, yo en la farmacia, ella en la abarrotera, los vendimos y desde hace 14 años estamos aquí”.
Tiene dos hijas, una nació en Toluca, la otra en Guadalajara, “y las dos le van a las Chivas, yo pues al Toluca”. Y su pasión por el futbol no la esconde, en cuanto contestó cuál era su equipo favorito, se arrancó con la anécdota, “en Toluca me llevaron por primera vez al estadio Nemesio Diez, donde jugó Pelé y de ahí viene la afición”.
Horas “pico”
Con el regreso a clases, las horas “pico” en la tienda de don Cecilio son entre las 8:00 y 9:00 de la mañana, y de 1:00 a 3:00 de la tarde, que es cuando llega su esposa María del Carmen. Luego cierran a las 3:00 y media, abren a las 6:00 y media y cierran después de las 10:00. “Este es un negocio de primera necesidad, se vende muy bien la leche, los bolillos, el jamón y últimamente se ha reflejado mucho el consumo del jamón de pavo, la gente ha tomado conciencia de la alimentación, ya no es como a mí me tocó, antes llegaban las mamás de los niños de la primaria por papas, refresco de cola y ‘vámonos a la escuela’, ahora vienen por yogurt, una manzana o plátano... ha sido un cambio drástico, yo no soy afecto a vender muchas frituras, trato de tener alimentos sanos”.
Entre las 8:50 y 9:10 de la noche, don Cecilio atiende a dos clientes por minuto. Las caras de los compradores son de todo tipo: de agobio, enfado, alegría... amas de casa, estudiantes, niños con lista en la mano para no olvidarse de lo que les encargó la mamá... Paquete de bolsas con tres litros leche, espirales mata-mosquitos, el trapito amarillo sobre el mostrador para limpiar el agua que dejan los artículos fríos, don Cecilio pide: “Richard, medio kilo de huevo”... Amas de casa apresuradas: “Oiga, ¿hoy no le trajeron semitas?”... Mientras tanto, más bolsas con leche desfilan...
De pronto, aparece un hombre con el rostro desorbitado, tambaleante. Sin que dijera una palabra, y como un acto de adivinación mental por parte de “Don Chechilio”, dice: “No se te vaya olvidar ¿eh?, Richard dale un barrilito”.
El hombre mudo se va. “Es que anda a medias, a veces viene bien tomado y le fío refrescos, hoy no anda tanto pero le tengo que recordar que me pague, ¿que si fío? Bueno pues hay gente de muy buena voluntad que sí paga y claro, hay que tener confianza”.
No faltó mucho tiempo en que llegara una señora pidiendo jamón, birote y unos sobrecitos con shampoo. La cuenta no fue como ella esperaba. “Don Cecilio, ¿le doy los 20 mañana?”.
Y ahí estaba... el cuaderno tamaño profesional con la lista de las personas a las que se les fía.
-¿Cuál cree que sea el éxito de un negocio como estos?
-“Constancia y una buena administración, cuánto vendo, cuánto tomo para el doctor, el dentista... lo que se necesite”.
La clase de spinning terminó, “Richard” acomoda producto, don Cecilio sigue cobrando. Son casi las 10:00 de la noche. Así es esto del abarrote.