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A Jesús por María

El pueblo está de fiesta. México está de fiesta.

     Hoy, domingo 12 de diciembre, no será para nosotros los mexicanos el tercer domingo de adviento; no el color morado, signo de austeridad. Hoy es día de gloria, día de alegría. Hoy desde el amanecer en todo México, desde el Bravo hasta el Suchiate, se echan a vuelo las campanas en un repique de gloria para anunciar, para despertar, para avivar la alegría porque es el día nacional, es el día más tierno de todos porque es el día de la Madre María de Guadalupe.

     Estallan en las alturas los cohetes y bañan de colores los cielos, mientras los aires vibran con músicas y cantos. El pueblo está de fiesta. México está de fiesta. Es el día más largo del año. Empieza al amanecer y concluye  con las últimas músicas de las serenatas en las ciudades, en las aldeas, en las rancherías, en torno a los juegos pirotécnicos, porque dondequiera es fiesta.

“¿De dónde a mí que la Madre de mi Señor haya venido a visitarme?”

     Feliz el pueblo mexicano porque puede exclamar, como el grito jubiloso de Isabel cuando vio a la puerta de su casa a su prima María Santísima: “¿De dónde a nosotros que la Madre de Dios haya venido a visitarnos?”.

    “Era la mañana del 9 de diciembre de 1531...”.  Con estas palabras comienza el documento Nicán Mopohua, fruto del testimonio de Antonio Valeriano, un indígena evangelizado en Tlaltelolco que había adquirido sabiduría: hablaba latín, castellano y su idioma nativo el náhuatl. Fue regidor para los naturales de la Ciudad de México y tuvo larga vida. Murió octogenario en 1606. Es el heraldo, el mensajero de este portento. Escribió esa bella narración del milagro del Tepeyac, que aconteció cuando él tenía 15 años de edad. De este documento se conservan en la Biblioteca de Nueva York tres ejemplares auténticos, con papel, tinta y grafía del siglo XVI. Gracias a él y otros documentos fidedignos se tiene la noticia de esta maravilla.

De Cuautitlán a Tlatelolco

     Juan Diego, un natural de Cuautitlán , salió muy de mañana el sábado 9 de diciembre de 1531 con dirección a Tlatelolco para instruirse en la doctrina cristiana, pues había abrazado la nueva fe; había recibido la gracia del bautismo y quería saber más y más de las maravillas de Dios en la fe que ahora lo llenaba de gozo.

     Al pasar por la colina del Tepeyac, al norte de la ciudad de México, escuchó el canto como de muchos pajarillos --así lo dice en su sencillez y en el lenguaje de los naturales--. Se quedó absorto y contempló toda la colina iluminada; los nopales, las zarzas, los arbustos, el cielo mismo todo luminoso. Y se frotaba los ojos y se preguntó: “¿En dónde estoy? Será ya el paraíso del que nos hablan nuestros padres?”.

     

“Hijito mío, Juan Dieguito, ¿para donde vas?”

     Aún no salía del primer asombro cuando vio a una Señora muy bella y escuchó esas palabras dulces, tiernas, dirigidas por ella a él. Sacudido por el prodigio, no sabía qué hacer. Y ella, la Señora, con dulce voz le dijo: “Yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios Creador de todas las cosas”. Así con esta presentación le manifestó: “Es mi deseo que en este lugar se me construya un templo, como madre piadosa tuya y de tus semejantes, para darles compasión y alivio”. Y a él, que era un hombrecillo, que era nada, se le encomendaba una gran misión: ir al obispo y llevarle el deseo de la Señora.

     Así empezó esta historia tan bella que lleva casi 479 años, de un suave amor entre la Madre de Dios y el pueblo mexicano. Pidió un templo y la geografía patria se ha llenado de templos, y muchos corazones de mexicanos y extranjeros han recibido con gozo a la Madre de Dios. ¿Quién que sea mexicano, no ama a la Santísima Virgen en su advocación de Guadalupe?      

     Hoy, al celebrar el bicentenario de la independencia de México, recordamos que Don Miguel Hidalgo y Costilla no encontró mejor  lábaro patrio que un estandarte con la imagen de la Guadalupana. Don José María Morelos y Pavón pedía como señal para todos sus soldados, una imagen de la Virgen de Guadalupe prendida en sus sombreros.

     En el correr de la historia patria no se puede pensar en México sin la imagen bellísima de María de Guadalupe envuelta en un resplandor, sus manos juntas, sus ojos bajos y la luna bajo sus pies, que es símbolo de nuestra nacionalidad.

     El poeta Guillermo Prieto, autor de “El Romancero Nacional” y cantor de la patria, dedica un tierno poema a la Santísima Virgen de Guadalulpe; y, cosa extraña, un pensador, orador y poeta, Ignacio Ramírez “El Nigromante”, que hacía alarde de su jacobinismo, también tomó la pluma para cantarle a la Santa Madre de los mexicanos, para pedirle que alcanzara la paz nuestro país.

La Santísima Virgen de Guadalupe es símbolo de unión de México

     Cuando unos hombres blancos y barbados bajaron de sus naves en las arenas desiertas un Viernes Santo, y clavando una cruz en la playa llamaron aquel lugar el Puerto de la Vera Cruz, este país ahora llamado México era un mosaico de pueblos, de razas, de lenguas, de costumbres, de religiones, sin ningún parentezco ni similitud; esos pueblos que habitaban estas tierras entre el Atlántico y el Pacífico, hablaban más de sesenta idiomas y más de doscientos dialectos.

     Al correr de los siglos unifica al país la bandera tricolor con el águila en el blanco del medio, pero también incluye la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe.

     Cinco años después de la llegada de los conquistadores --hombres armados violentos, buscadores de oro, de poder, de riquezas materiales--, subieron desde el Atlántico hasta la gran Tenochtitlan fundada sobre una laguna, otros doce conquistadores audaces, sin armas que vomitaban fuego, sin espadas, sin caballos ni armaduras. Buscaban la mayor riqueza: las almas de los mexicanos.

     A la difícil tarea de evangelizar ese mosaico de pueblos, con tal diversidad de ideologías, lenguas y costumbres, se lanzaron esos doce, pero vino en su auxilio la Madre de Dios.

     No se puede pensar que fuera posible sin el auxilio divino, la conversión de las multitudes hacia la fe en Cristo. Uno solo de ellos, fray Toribio de Benavente --que se había llamado “Motolinía” por su pobreza--, con su propia mano derramó el agua bautismal en más de cuatrocientas mil cabezas, después de la debida evangelización y de aceptar una nueva vida a la luz de la buena nueva.

12 de diciembre de 2010

      Ante la Virgen Morena han desfilado desde anoche los sabios y los ignorantes, los artistas, los intelectuales, los toreros, los cantantes; todos han llevado arte, alegría, inspirados en el tierno amor a la Madre. “Levanta tus ojos y mira en derredor, todos estos se han congregado y han venido por ti. Tus hijos vienen de lejos”. Como desde lejos, desde la Ciudad del Vaticano, en sus visitas a nuestro país, el admirado Papa Juan Pablo II (qepd) acudió gustoso a patentizar su fe y su amor a la Santísima Virgen de Guadalupe.    

“Mil gracias derramando,
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura”.

     Esta lira, inspiración de San Juan de la Cruz, es la historia de cuatro siglos y medio, porque el pueblo cristiano, desde antes de la emancipación del trono hispano, desde las luchas libertarias y en el fragor de la batalla en las luces fratricidas de la revolución, ha caminado bajo la mirada amorosa de una Madre universal. “No estoy yo aquí, que soy tu Madre? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta?”.

     Ante el altar de la Madre, este día cuajado de luces y de flores, la plegaria del pueblo es: “Madre, pídele a tu Hijo, Rey de la Paz, ese don, esa gracia anhelada por todos los mexicanos en estos días de angustia. El pueblo mexicano quiere justicia, el pueblo mexicano quiere paz. Que en todos los hogares brote la sonrisa porque hay pan, porque viven en el amor, porque los inspira la justicia, porque quieren ser una sola familia. Y allí que no esté ausente el Rey de la Paz, cuyo nacimiento celebra el pueblo cristiano en este mes. ¡Paz a los hombres de buena voluntad!”.

José R. Ramírez Mercado

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