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A Dios rogando...
Una de las formas más elevadas de oración es la meditación
La oración es un diálogo profundo con Dios, y, como en todo diálogo, se hace imprescindible la escucha, la actitud abierta y receptiva hacia Aquel de quien lo esperamos todo, en quien confiamos y a quien entregamos nuestra vida. De este modo en la oración, como comunicación con el Señor, hemos de tener en cuenta que más importante que lo que nosotros digamos es lo que Dios nos transmite (1 Sam 3, 1-10) y hemos de tener en cuenta que toda comunicación tiene mayor valor en tanto favorezca el encuentro de los interlocutores, por lo que la mejor finalidad de la oración será procurar el encuentro íntimo y personal con el Padre. Escuchádolo es como recibimos su amor misericordioso, su llamado a vivir cerca de Él y su invitación a colaborar con la misión de Jesús. La otra parte de la oración es nuestra respuesta a Su mensaje, la cual no se da solamente en el momento de la oración, sino que se extiende a lo largo de toda nuestra vida.
Una de las formas más elevadas de oración es la meditación. Cuando se reza el rosario siempre se hace alusión a los misterios que han de meditarse. Sin embargo, debemos hacer una clara distinción entre la meditación del misticismo pagano oriental y la meditación cristiana, pues la primera ha sido rechazada por la Iglesia desde hace muchos años. En 1993, el Papa Juan Pablo II escribió a los obispos que esas ideas “se abren caminos en la predicación, la catequesis, los congresos y los retiros, y así llegan a influir incluso en los católicos practicantes que tal vez no son conscientes de que estas ideas son incompatibles con la fe de la Iglesia” (A los Obispos, 28 de mayo. 1993).
La Mística Cristiana se refiere principalmente a dos formas de oración mental, es decir, no verbalizada, las cuales son: (a) la meditación cristiana propiamente dicha, en la que se contempla mentalmente un pasaje de la Escritura o una verdad de nuestra fe, para tratar de ver qué nos dice Dios a través de ese pasaje o de esa verdad, y para descubrir Su Voluntad. (b) Oración Contemplativa en la que el orante no razona acerca de Dios, sino que se queda a solas con Dios en silencio. Se entra en una comunión de amor con el Dios Uno y Trino, y es una comunión que no puede lograrse a base de técnicas, ni puede lograrse con esfuerzo ni a voluntad, pues la Contemplación es un don de Dios y, como todo don de Dios, es dado por Él a quien a quién quiere, cómo quiere y cuándo quiere. Sin embargo, como parte de nuestra oración podemos --y debemos-- desearla y buscarla, pidiéndole a Dios que nos la otorgue (Mt 7, 7). Así, en la oración cristiana, ya sea vocal, de meditación o de contemplación, el orante busca a Dios para pedirle o para adorarle, para conocer Su Voluntad (Sal 40 (39, 9) o para dejar que vaya moldeándolo de acuerdo con Su Voluntad (Jer 18, 1-6), para manifestarle su amor y para dejarse amar por Él (Mt 22, 37-38).
En la oración cristiana el orante busca a Dios y lo deja actuar en su alma, la cual es transformada por la Gracia Divina; es decir, Dios es quien hace y la persona se deja hacer. Pero no hay irresponsabilidad aquí, sino una gran dosis de entrega y abandono en Dios, sabiendo que Dios es el que hace en nosotros. La transformación total en Dios a la que se refiere San Juan de la Cruz no se da por “fusión” con la divinidad, sino por “posesión”: el alma se entrega totalmente a Dios que la posee, tomando la dirección de toda su vida e inspirándola en cada uno de sus actos, y la criatura posee a su Dios, que mora en ella y que la vivifica, la mueve y la gobierna. Por eso San Pablo describe esta etapa así: “Ya no soy yo quien vivo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2, 20).
Orar es buscar a Dios y encontrarlo. Y cuando se da ese encuentro con el Dios Vivo, se descubre el verdadero sentido de la oración, de manera que se convierte en el momento más buscado, en la actividad más importante del día, pues nos nos encontramos con el Amor, el verdadero Amor que todos añoramos. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
Una de las formas más elevadas de oración es la meditación. Cuando se reza el rosario siempre se hace alusión a los misterios que han de meditarse. Sin embargo, debemos hacer una clara distinción entre la meditación del misticismo pagano oriental y la meditación cristiana, pues la primera ha sido rechazada por la Iglesia desde hace muchos años. En 1993, el Papa Juan Pablo II escribió a los obispos que esas ideas “se abren caminos en la predicación, la catequesis, los congresos y los retiros, y así llegan a influir incluso en los católicos practicantes que tal vez no son conscientes de que estas ideas son incompatibles con la fe de la Iglesia” (A los Obispos, 28 de mayo. 1993).
La Mística Cristiana se refiere principalmente a dos formas de oración mental, es decir, no verbalizada, las cuales son: (a) la meditación cristiana propiamente dicha, en la que se contempla mentalmente un pasaje de la Escritura o una verdad de nuestra fe, para tratar de ver qué nos dice Dios a través de ese pasaje o de esa verdad, y para descubrir Su Voluntad. (b) Oración Contemplativa en la que el orante no razona acerca de Dios, sino que se queda a solas con Dios en silencio. Se entra en una comunión de amor con el Dios Uno y Trino, y es una comunión que no puede lograrse a base de técnicas, ni puede lograrse con esfuerzo ni a voluntad, pues la Contemplación es un don de Dios y, como todo don de Dios, es dado por Él a quien a quién quiere, cómo quiere y cuándo quiere. Sin embargo, como parte de nuestra oración podemos --y debemos-- desearla y buscarla, pidiéndole a Dios que nos la otorgue (Mt 7, 7). Así, en la oración cristiana, ya sea vocal, de meditación o de contemplación, el orante busca a Dios para pedirle o para adorarle, para conocer Su Voluntad (Sal 40 (39, 9) o para dejar que vaya moldeándolo de acuerdo con Su Voluntad (Jer 18, 1-6), para manifestarle su amor y para dejarse amar por Él (Mt 22, 37-38).
En la oración cristiana el orante busca a Dios y lo deja actuar en su alma, la cual es transformada por la Gracia Divina; es decir, Dios es quien hace y la persona se deja hacer. Pero no hay irresponsabilidad aquí, sino una gran dosis de entrega y abandono en Dios, sabiendo que Dios es el que hace en nosotros. La transformación total en Dios a la que se refiere San Juan de la Cruz no se da por “fusión” con la divinidad, sino por “posesión”: el alma se entrega totalmente a Dios que la posee, tomando la dirección de toda su vida e inspirándola en cada uno de sus actos, y la criatura posee a su Dios, que mora en ella y que la vivifica, la mueve y la gobierna. Por eso San Pablo describe esta etapa así: “Ya no soy yo quien vivo, sino es Cristo quien vive en mí” (Gal. 2, 20).
Orar es buscar a Dios y encontrarlo. Y cuando se da ese encuentro con el Dios Vivo, se descubre el verdadero sentido de la oración, de manera que se convierte en el momento más buscado, en la actividad más importante del día, pues nos nos encontramos con el Amor, el verdadero Amor que todos añoramos. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx