Hay de tormentas a tormentas
Las excusas pueden ser muchas, sin embargo los resultados son desastrosos cada que una nueva tormenta cae aquí, allá o acullá; el caso es que las pérdidas millonarias aparecen por todos lados y las autoridades sólo atinan a decir que cada una de éstas es la más fuerte en la última década, en los últimos 20 o 30 años, aunque en realidad lo mismo da, pues nadie parece hacer nada por evitar las costosas y dolorosas inundaciones.
Afortunadamente aún no se habla de personas que hayan perdido la vida —como sí sucedió en otros años—, pero definitivamente no podemos seguir con el mismo ritmo de inundaciones (y todo lo que éstas conllevan), porque resulta angustiante y triste ver cómo miles de personas pierden lo mucho o lo poco con que cuentan, no debido a la abundancia de lluvias, sino a la falta de prevención de las autoridades de los tres niveles de Gobierno.
La “pecata minuta” de todo este húmedo sainete pueden ser los atascamientos sufridos durante horas; sí, leyó usted bien, durante horas, simple y sencillamente porque las calles y avenidas se inundan por completo y provocan la descompostura de autos, lo que a su vez trae consigo accidentes que van desde ligeros alcances hasta verdaderas carambolas, y éstos a su vez provocan filas de automóviles de varios kilómetros, con gente a bordo que pasa de la desesperación al coraje y de la impotencia al miedo de ser literalmente arrastrados por las fuertes corrientes que se acumulan en determinados puntos de la ciudad.
Por ejemplo, hace semana y media el Norte de la ciudad (Periférico y el camino a San Isidro) se vio afectado por algo así como tres horas, luego de que el retorno subterráneo se inundó y no apareció poder humano alguno que sirviera como facilitador ante los cientos de niños, adolescentes y universitarios que se quedaron varados e incluso a escasos 100 o 200 metros de distancia de sus centros escolares, pero la fuerza y tamaño de la corriente propició que los padres de familia decidieran quedarse dentro de los autos, hasta que el agua se empezó a colar por la parte baja de los mismos y entonces sí cundió el pánico.
Vale la pena mencionar que previamente a la construcción de dicho retorno, vecinos de aquellos rumbos les hicieron ver a las “autoridades” que dicha medida sería contraproducente; les señalaron las desventajas, incluso desde el punto de vista económico, y sin embargo lo hicieron, argumentando la experiencia de sus expertos en la materia; los resultados ahí están, son más que evidentes a diario (con lluvia y sin ella).
Pero no vaya usted a creer que se trata de un caso aislado de nuestra ciudad, pues antenoche le tocó al Sur. El área de Patria, Plaza del Sol, Chapalita, Lázaro Cárdenas y López Mateos, con todo y sus puentes inundados hasta por lo menos metro y medio de altura, estuvo a punto de causas tragedias que lamentar.
¿Hasta cuándo?
Las excusas pueden ser muchas, sin embargo los resultados son desastrosos cada que una nueva tormenta cae aquí, allá o acullá; el caso es que las pérdidas millonarias aparecen por todos lados y las autoridades sólo atinan a decir que cada una de éstas es la más fuerte en la última década, en los últimos 20 o 30 años, aunque en realidad lo mismo da, pues nadie parece hacer nada por evitar las costosas y dolorosas inundaciones.
Afortunadamente aún no se habla de personas que hayan perdido la vida —como sí sucedió en otros años—, pero definitivamente no podemos seguir con el mismo ritmo de inundaciones (y todo lo que éstas conllevan), porque resulta angustiante y triste ver cómo miles de personas pierden lo mucho o lo poco con que cuentan, no debido a la abundancia de lluvias, sino a la falta de prevención de las autoridades de los tres niveles de Gobierno.
La “pecata minuta” de todo este húmedo sainete pueden ser los atascamientos sufridos durante horas; sí, leyó usted bien, durante horas, simple y sencillamente porque las calles y avenidas se inundan por completo y provocan la descompostura de autos, lo que a su vez trae consigo accidentes que van desde ligeros alcances hasta verdaderas carambolas, y éstos a su vez provocan filas de automóviles de varios kilómetros, con gente a bordo que pasa de la desesperación al coraje y de la impotencia al miedo de ser literalmente arrastrados por las fuertes corrientes que se acumulan en determinados puntos de la ciudad.
Por ejemplo, hace semana y media el Norte de la ciudad (Periférico y el camino a San Isidro) se vio afectado por algo así como tres horas, luego de que el retorno subterráneo se inundó y no apareció poder humano alguno que sirviera como facilitador ante los cientos de niños, adolescentes y universitarios que se quedaron varados e incluso a escasos 100 o 200 metros de distancia de sus centros escolares, pero la fuerza y tamaño de la corriente propició que los padres de familia decidieran quedarse dentro de los autos, hasta que el agua se empezó a colar por la parte baja de los mismos y entonces sí cundió el pánico.
Vale la pena mencionar que previamente a la construcción de dicho retorno, vecinos de aquellos rumbos les hicieron ver a las “autoridades” que dicha medida sería contraproducente; les señalaron las desventajas, incluso desde el punto de vista económico, y sin embargo lo hicieron, argumentando la experiencia de sus expertos en la materia; los resultados ahí están, son más que evidentes a diario (con lluvia y sin ella).
Pero no vaya usted a creer que se trata de un caso aislado de nuestra ciudad, pues antenoche le tocó al Sur. El área de Patria, Plaza del Sol, Chapalita, Lázaro Cárdenas y López Mateos, con todo y sus puentes inundados hasta por lo menos metro y medio de altura, estuvo a punto de causas tragedias que lamentar.
¿Hasta cuándo?