Conflicto en la UdeG

El prestigio académico y la solidez institucional de la Universidad de Guadalajara (UdeG) nunca han estado en duda, y sería una insensatez desconocer los logros que ha alcanzado en las décadas recientes, con el desarrollo de su estructura, con la certificación de sus programas, con la suma de investigadores de primer nivel, y con su participación en la extensión y difusión cultural.

La UdeG se ha ganado a pulso reconocimientos a nivel nacional y en otras latitudes, porque muchos de quienes en ella trabajan se han esforzado en hacer aportaciones que la proyecten como una institución de calidad. Los distintos paquetes económicos que componen su presupuesto anual, que superará este año los siete mil millones de pesos, se han alcanzado en buena medida porque en muchos rubros se ha dado una correcta aplicación en sus funciones sustantivas como son la educación y la investigación científica.

Ahora la máxima casa de estudios de Jalisco se encuentra cruzada por una serie de conflictos que han salido a la luz pública, merced a señalamientos que se han hecho desde distintos ámbitos de la institución. Funcionarios de primer orden se han enfrascado en acusaciones que han llegado a la descalificación personal, sin dejar de mostrar hechos y omisiones en los que se involucran los que ahora se están exhibiendo como adversarios.

Se habla de “poderes fácticos” o de un “poder tras el trono”; se vierten expresiones que acusan al otro de incapacidad, de protagonismo, de afanes patrimonialistas, de ambiciones personales, de prácticas viciadas, de temores ante la transparencia… Los medios de comunicación se han convertido en la arena que sirve de escenario para protagonizar episodios sucesivos en los que el objetivo parece ser únicamente desnudar las miserias del contrincante, dejando de lado la discusión serena, el debate con argumentos, y sobre todo las propuestas de cómo llevar a la UdeG a un nuevo estado de desarrollo que atienda, de fondo, las exigencias de la comunidad universitaria y no sólo de los cuadros dirigentes.

Hasta ahora se vislumbran horizontes en los que podría haber muchos perdedores, pero no se atisba cómo podrían las grandes legiones de estudiantes, los amplios cuadros académicos, las estructuras del personal administrativo, salir gananciosos de esta situación que algunos han calificado como una crisis al interior de la institución. Se reduce entonces la confrontación de dos bandos a la búsqueda de cómo dejar al otro fuera de combate, sin mirar que la universidad tiene alcances que trascienden, con mucho, las trayectorias personales.

Parece haber llegado la hora en que los actores de este conflicto ofrezcan propuestas de cómo avanzar y dotar a la UdeG de herramientas y recursos para la competencia mundial por la mejor exploración y el desarrollo del conocimiento. No se merece esta institución tan prestigiada, con una historia tan rica en la que muchísimos personajes han dejado su vida por la academia, padecer, así sea temporalmente, una lucha de intereses personales.

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