México
Urgen gravar más a salarios de ricos para reducir desigualdad
El investigador del ITESO, Ignacio Román, identifica en la desproporcionalidad de los salarios una causante de la disparidad social
GUADALAJARA, JALISCO (07/DIC/2011).- Es difícil hablar de democracia sin igualdad. Es difícil hablar de justicia sin igualdad. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), la desigualdad ha crecido a nivel mundial en los últimos años. Y, puntualmente en México, ha llegado a los niveles de asimetría de 1985.
El desmantelamiento del Estado de Bienestar, la red de seguridad social, la apertura comercial y la depresión salarial están en el origen del problema.
Sin embargo la estructura fiscal es fundamental para explicar la desigualdad en México. En opinión de Ignacio Román, académico e investigador del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), el énfasis en los impuestos al consumo antes de privilegiar el impuesto al salario y a las ganancias, genera desigualdades.
“Por supuesto, la estructura fiscal en México posee efectos regresivos muy claros, se ha privilegiado el impuesto al consumo, mientras que el impuesto a los salarios se ha mantenido intacto. Una familia de clase media puede pagar en Impuesto Sobre la Renta (ISR), prácticamente lo mismo que las personas más ricas del país, esto crea desigualdades basadas en el máximo de 35% de ISR”.
No es una sorpresa sostener que las asimetrías nacen desde la cuna, desde el nacimiento. La herencia familiar, los ámbitos de socialización, los recursos materiales, el capital social y cultural, son elementos que diferencian a las personas. De esta manera, la educación se ha convertido en uno de los ejes privilegiados por el Estado y las familias para “igualar a los desiguales”.
La frase, muy enunciada en México, de que la única herencia para los hijos será su educación, surge del consenso en la población mexicana en torno a que la educación representa movilidad social.
Sin embargo, como sostiene Román, la educación posee, también, desigualdades amplias que no permiten que la enseñanza sea por sí misma un elemento igualador.
“El problema de la educación es la diferencia entre planteles y entornos educativos, de lo rural a lo urbano o por tipo de educación; muchas veces la desigualdad se reproduce más ampliamente en la escuela”.
En la misma línea, los salarios siguen constituyendo un factor profundo de desigualdad entre los habitantes de México.
La diferencia entre los que más ganan y el sueldo mínimo es abismal. “La diferencia de los salarios en México es muy grande, algunos salarios de altos ejecutivos rondan los cientos de miles de pesos, mientras que el salario mínimo no llega a los dos mil pesos; estos últimos ni en todo una vida pueden alcanzar lo que ganan los altos ejecutivos”.
Urge reforma fiscal
Según la OCDE, en México es necesaria una reforma fiscal que grave a los que más tienen en más proporción.
La base fiscal mexicana contiene agujeros fiscales que provocan desigualdad. De la misma manera, la aplicación en políticas públicas tampoco impacta positivamente en la reducción de la desigualdad. Un ejemplo es el subsidio a la gasolina que beneficia en mayor medida a los más pudientes en perjuicio de los que menos tienen.
En ese tenor, el estudio ¿Creciendo desigual? la distribución de la desigualdad y la pobreza en la OCDE considera que es necesario que México emprenda una reforma profunda de la base tributaria, privilegiando la redistribución de la riqueza. Para el organismo internacional, los impuestos son una fuente fundamental de igualdad, si son aplicados correctamente.
México es uno de los países que menos recauda impuestos a nivel mundial. La importancia del petróleo para las finanzas públicas nacionales ilustra con claridad la ausencia de una base fiscal que imprima fortaleza al presupuesto.
Asimismo, es una de las naciones que menos cobra a los que más tienen, ya que la tasa de imposición máxima del Impuesto Sobre la Renta (ISR) es de 35%, mientras que en países europeos llega hasta 50% o incluso un poco más.
Al respecto, Román opina que más que gravar el consumo, estrategia para recaudar más que se ha seguido en México, lo fundamental es aumentar los impuestos a los salarios más altos en México.
Algunas otras políticas públicas que sugieren organismos internacionales y expertos son: poner el acento en la calidad de la educación pública; el fortalecimiento de las instancias nacionales, estatales y municipales de seguridad social; atacar monopolios y mercados dominados por pocos agentes económicos; apoyar a las empresas que generan la mayoría de los trabajos (micro y pequeñas); apoyos sectoriales que abonen a la competitividad de sectores estratégicos del país.
CLAVES
Factores de desigualdad
1 Estructura fiscal regresiva.- En México no pagan más los que más tienen, muchas veces se invierte la relación, privilegiando a los deciles más pudientes del país.
2 Educación contrastante.- Las diferencias entre la educación que reciben los mexicanos es amplia. Existen desigualdades no sólo en el tipo de educación, sino en el ambiente en donde se forman los alumnos.
3 Disparidad salarial.- Los más ricos han crecido vertiginosamente sus ingresos en los últimos 25 años, mientras que el poder adquisitivo de los que menos ganan ha sufrido pocas alteraciones. Hoy la diferencia entre un segmento y otro es de 26 veces, cuando la media en la OCDE es de nueve veces.
4 Falta una red sólida de seguridad social.- Se ha desmantelado la red universal de seguridad social y las opciones privadas se han vuelto más caras y e inaccesibles para la mayoría.
ANÁLISIS
Impuestos, la revolución del siglo XXI
Enrique Toussaint
No utilizo la palabra revolución a la ligera. Conozco sus alcances y profundidades. Y, sin embargo, no encuentro un concepto más dotado de sentido para definir la batalla contra la desigualdad. El reciente estudio publicado por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), resulta preocupante: el mundo es cada vez más dispar. No se han logrado acortar las distancias entre pobres y ricos, por el contrario, se incrementan velozmente.
El neoliberalismo comienza su hegemonía a finales de los setentas tras el debilitamiento del sistema de bienestar en Europa y del modelo de desarrollo interno que fue privilegiado por las naciones en la posguerra. La apertura indiscriminada al comercio exterior, a través de la idea de la eficiencia y la ventaja comparativa, pauperizó a naciones con atrasos tecnológicos y comerciales, dificultando su posibilidad de competir en igualdad de condiciones en el mercado global.
Asimismo, la competencia entre naciones del tercer mundo para recibir los beneficios de las inversiones extranjeras, los llevó a desmantelar las redes de protección laboral, privilegiando los esquemas de flexibilización de la mano de obra y, por otro lado, a un continuo proceso de depresión salarial que impactó a la clase trabajadora principalmente.
La unión de todas esas causas explica la disparidad tan abrumadora que se ha ido gestando entre las ganancias de 1% de la población, como dirían los indignados de Nueva York, y el resto de la población que, prácticamente, ha visto su ingreso congelado en los últimos 25 años.
La cultura y las instituciones también son fundamentales para entender la desigualdad rampante en este mundo globalizado. La libertad ganó terreno aceleradamente como uno de los principios irrenunciables en las sociedades, despojando ampliamente a la igualdad como prioridad de las políticas públicas.
Así, las sociedades han optado por el principio anglosajón de “la igualdad de oportunidades”, como la alternativa más legítima de justicia social.
Las redes de seguridad social universales de protección son menos atractivas debido a los sacrificios de altas tasas fiscales y control centralizado del aparato del Estado. Se necesita mucho más que la construcción de oportunidades similares para equiparar a los desiguales.
El mérito, que como señala Francois Dubet constituye una noción de justicia sumamente debatible, se arraigó no sólo en naciones con esa tradición (Estados Unidos, Australia y, en menor medida, Canadá), sino también en América Latina y en la Europa profunda como Francia o España.
Durante décadas la apuesta para países como México fue el crecimiento económico. Sin embargo, esta meta sólo puede ser el primer paso. El Producto Interno Bruto de México es ya uno de los más grandes y su PIB Per Cápita no es despreciable. No obstante, su proceso de distribución fiscal es regresivo, con privilegios y con huecos que favorecen a los deciles con ingresos más holgados y no permiten que las mayorías disfruten de acceso a los beneficios del crecimiento económico.
A pesar de esta realidad de desigualdad impositiva, ni siquiera la izquierda se pronuncia por una reforma fiscal profunda y estructural, que le dé viabilidad financiera al país, y que logre reducir los alarmantes niveles de desigualdad. La apuesta ya no tiene que ser el crecimiento, sino la distribución de la riqueza.
La única manera de acortar la brecha en un país con tales diferencias, es mediante los impuestos. Los impuestos nunca han sido una alternativa popular para los candidatos y gobernantes; sin embargo, el costo social de evitar una reforma fiscal de calado, es altísimo. Los impuestos deben retomar su visión colectivista, igualadora, distributiva y su fundamento constructivo. No pueden seguir siendo vistos como fondos a expensas de intereses políticos y corporativistas. Por ello, una reforma fiscal amplia debe venir acompañada de procesos más efectivos de rendición de cuentas que impriman certidumbre a la aplicación de los fondos públicos.
Apostar por los impuestos implica emprender batallas culturales, políticas y sociales. Implica dejar de lado la rentabilidad electoral y la visión cortoplacista de la siguiente elección. Implica enfrentarse a intereses económicos y sectoriales que se benefician de la actual estructura fiscal. Sin embargo, el retorno del Estado es única opción ante los alarmantes niveles de desigualdad que ha dejado más de un cuarto de siglo de Consenso de Washington.
El desmantelamiento del Estado de Bienestar, la red de seguridad social, la apertura comercial y la depresión salarial están en el origen del problema.
Sin embargo la estructura fiscal es fundamental para explicar la desigualdad en México. En opinión de Ignacio Román, académico e investigador del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), el énfasis en los impuestos al consumo antes de privilegiar el impuesto al salario y a las ganancias, genera desigualdades.
“Por supuesto, la estructura fiscal en México posee efectos regresivos muy claros, se ha privilegiado el impuesto al consumo, mientras que el impuesto a los salarios se ha mantenido intacto. Una familia de clase media puede pagar en Impuesto Sobre la Renta (ISR), prácticamente lo mismo que las personas más ricas del país, esto crea desigualdades basadas en el máximo de 35% de ISR”.
No es una sorpresa sostener que las asimetrías nacen desde la cuna, desde el nacimiento. La herencia familiar, los ámbitos de socialización, los recursos materiales, el capital social y cultural, son elementos que diferencian a las personas. De esta manera, la educación se ha convertido en uno de los ejes privilegiados por el Estado y las familias para “igualar a los desiguales”.
La frase, muy enunciada en México, de que la única herencia para los hijos será su educación, surge del consenso en la población mexicana en torno a que la educación representa movilidad social.
Sin embargo, como sostiene Román, la educación posee, también, desigualdades amplias que no permiten que la enseñanza sea por sí misma un elemento igualador.
“El problema de la educación es la diferencia entre planteles y entornos educativos, de lo rural a lo urbano o por tipo de educación; muchas veces la desigualdad se reproduce más ampliamente en la escuela”.
En la misma línea, los salarios siguen constituyendo un factor profundo de desigualdad entre los habitantes de México.
La diferencia entre los que más ganan y el sueldo mínimo es abismal. “La diferencia de los salarios en México es muy grande, algunos salarios de altos ejecutivos rondan los cientos de miles de pesos, mientras que el salario mínimo no llega a los dos mil pesos; estos últimos ni en todo una vida pueden alcanzar lo que ganan los altos ejecutivos”.
Urge reforma fiscal
Según la OCDE, en México es necesaria una reforma fiscal que grave a los que más tienen en más proporción.
La base fiscal mexicana contiene agujeros fiscales que provocan desigualdad. De la misma manera, la aplicación en políticas públicas tampoco impacta positivamente en la reducción de la desigualdad. Un ejemplo es el subsidio a la gasolina que beneficia en mayor medida a los más pudientes en perjuicio de los que menos tienen.
En ese tenor, el estudio ¿Creciendo desigual? la distribución de la desigualdad y la pobreza en la OCDE considera que es necesario que México emprenda una reforma profunda de la base tributaria, privilegiando la redistribución de la riqueza. Para el organismo internacional, los impuestos son una fuente fundamental de igualdad, si son aplicados correctamente.
México es uno de los países que menos recauda impuestos a nivel mundial. La importancia del petróleo para las finanzas públicas nacionales ilustra con claridad la ausencia de una base fiscal que imprima fortaleza al presupuesto.
Asimismo, es una de las naciones que menos cobra a los que más tienen, ya que la tasa de imposición máxima del Impuesto Sobre la Renta (ISR) es de 35%, mientras que en países europeos llega hasta 50% o incluso un poco más.
Al respecto, Román opina que más que gravar el consumo, estrategia para recaudar más que se ha seguido en México, lo fundamental es aumentar los impuestos a los salarios más altos en México.
Algunas otras políticas públicas que sugieren organismos internacionales y expertos son: poner el acento en la calidad de la educación pública; el fortalecimiento de las instancias nacionales, estatales y municipales de seguridad social; atacar monopolios y mercados dominados por pocos agentes económicos; apoyar a las empresas que generan la mayoría de los trabajos (micro y pequeñas); apoyos sectoriales que abonen a la competitividad de sectores estratégicos del país.
CLAVES
Factores de desigualdad
1 Estructura fiscal regresiva.- En México no pagan más los que más tienen, muchas veces se invierte la relación, privilegiando a los deciles más pudientes del país.
2 Educación contrastante.- Las diferencias entre la educación que reciben los mexicanos es amplia. Existen desigualdades no sólo en el tipo de educación, sino en el ambiente en donde se forman los alumnos.
3 Disparidad salarial.- Los más ricos han crecido vertiginosamente sus ingresos en los últimos 25 años, mientras que el poder adquisitivo de los que menos ganan ha sufrido pocas alteraciones. Hoy la diferencia entre un segmento y otro es de 26 veces, cuando la media en la OCDE es de nueve veces.
4 Falta una red sólida de seguridad social.- Se ha desmantelado la red universal de seguridad social y las opciones privadas se han vuelto más caras y e inaccesibles para la mayoría.
ANÁLISIS
Impuestos, la revolución del siglo XXI
Enrique Toussaint
No utilizo la palabra revolución a la ligera. Conozco sus alcances y profundidades. Y, sin embargo, no encuentro un concepto más dotado de sentido para definir la batalla contra la desigualdad. El reciente estudio publicado por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), resulta preocupante: el mundo es cada vez más dispar. No se han logrado acortar las distancias entre pobres y ricos, por el contrario, se incrementan velozmente.
El neoliberalismo comienza su hegemonía a finales de los setentas tras el debilitamiento del sistema de bienestar en Europa y del modelo de desarrollo interno que fue privilegiado por las naciones en la posguerra. La apertura indiscriminada al comercio exterior, a través de la idea de la eficiencia y la ventaja comparativa, pauperizó a naciones con atrasos tecnológicos y comerciales, dificultando su posibilidad de competir en igualdad de condiciones en el mercado global.
Asimismo, la competencia entre naciones del tercer mundo para recibir los beneficios de las inversiones extranjeras, los llevó a desmantelar las redes de protección laboral, privilegiando los esquemas de flexibilización de la mano de obra y, por otro lado, a un continuo proceso de depresión salarial que impactó a la clase trabajadora principalmente.
La unión de todas esas causas explica la disparidad tan abrumadora que se ha ido gestando entre las ganancias de 1% de la población, como dirían los indignados de Nueva York, y el resto de la población que, prácticamente, ha visto su ingreso congelado en los últimos 25 años.
La cultura y las instituciones también son fundamentales para entender la desigualdad rampante en este mundo globalizado. La libertad ganó terreno aceleradamente como uno de los principios irrenunciables en las sociedades, despojando ampliamente a la igualdad como prioridad de las políticas públicas.
Así, las sociedades han optado por el principio anglosajón de “la igualdad de oportunidades”, como la alternativa más legítima de justicia social.
Las redes de seguridad social universales de protección son menos atractivas debido a los sacrificios de altas tasas fiscales y control centralizado del aparato del Estado. Se necesita mucho más que la construcción de oportunidades similares para equiparar a los desiguales.
El mérito, que como señala Francois Dubet constituye una noción de justicia sumamente debatible, se arraigó no sólo en naciones con esa tradición (Estados Unidos, Australia y, en menor medida, Canadá), sino también en América Latina y en la Europa profunda como Francia o España.
Durante décadas la apuesta para países como México fue el crecimiento económico. Sin embargo, esta meta sólo puede ser el primer paso. El Producto Interno Bruto de México es ya uno de los más grandes y su PIB Per Cápita no es despreciable. No obstante, su proceso de distribución fiscal es regresivo, con privilegios y con huecos que favorecen a los deciles con ingresos más holgados y no permiten que las mayorías disfruten de acceso a los beneficios del crecimiento económico.
A pesar de esta realidad de desigualdad impositiva, ni siquiera la izquierda se pronuncia por una reforma fiscal profunda y estructural, que le dé viabilidad financiera al país, y que logre reducir los alarmantes niveles de desigualdad. La apuesta ya no tiene que ser el crecimiento, sino la distribución de la riqueza.
La única manera de acortar la brecha en un país con tales diferencias, es mediante los impuestos. Los impuestos nunca han sido una alternativa popular para los candidatos y gobernantes; sin embargo, el costo social de evitar una reforma fiscal de calado, es altísimo. Los impuestos deben retomar su visión colectivista, igualadora, distributiva y su fundamento constructivo. No pueden seguir siendo vistos como fondos a expensas de intereses políticos y corporativistas. Por ello, una reforma fiscal amplia debe venir acompañada de procesos más efectivos de rendición de cuentas que impriman certidumbre a la aplicación de los fondos públicos.
Apostar por los impuestos implica emprender batallas culturales, políticas y sociales. Implica dejar de lado la rentabilidad electoral y la visión cortoplacista de la siguiente elección. Implica enfrentarse a intereses económicos y sectoriales que se benefician de la actual estructura fiscal. Sin embargo, el retorno del Estado es única opción ante los alarmantes niveles de desigualdad que ha dejado más de un cuarto de siglo de Consenso de Washington.