Jalisco
Vigilantes de ferrocarril sufren robos de ''empistolados''
Trabajadores confirman que la zona Ciénega, es de las más peligrosas para ellos
OCOTLÁN, JALISCO (23/SEP/2013).- Llegaron dos "empistolados", lo metieron en un cuarto y permaneció encerrado seis días. Eso vivió "K", uno de los dos vigilantes de la estación Ocotlán del
ferrocarril, quien prefirió no dar su nombre.
Cuenta que estaba cumpliendo su horario de trabajo en la estación Santa Cruz, un poblado ubicado entre Ocotlán y Poncitlán. El lugar está alejado de las pocas casas que hay, en medio de una larga planicie con vegetación corta que sólo es interrumpida por la madera y el metal de las vías.
Ahí se armaba el ferrocarril, vagón tras vagón se unía para trasladar la mercancía. Al lugar se acercaron un par de individuos con armas largas, lo sometieron. Después se acercaron otras 15 personas armadas. Encerraron a "K" mientras robaban equipos de cómputo. "Te quitan los equipos, celulares y todo (...) Vienen y encañonan o llegan a la brava". Al final otros trabajadores lo sacaron.
Los vigilantes portan de manera deshilachada su camisa del uniforme de seguridad privada, cualquiera que los viera pensaría que son vecinos de la zona, así lo delatan sus pantalones de mezclilla y sus tenis enterregados. No portan armas de fuego ni algún objeto que les sirva para defenderse. De los policías municipales o estatales aseguran que "ni se paran en la zona", sólo los federales.
Su compañero "Ñ" lo mira. Ahora les tocó vigilar la estación Ocotlán sucia y con muros derruidos. Sus turnos son de 24 horas de trabajo y 24 de descanso. Al fondo el escenario muestra casas hechas con vagones abandonados y completadas hacia la puerta con lonas. Se le cuestiona a "Ñ" si le ha pasado algo, "pues una vez de los machetazos", pero no continúa con la narración, se niega a hablar.
Se le pregunta si las vías donde pasa el ferrocarril en la zona Ciénega (Poncitlán, Ocotlán y La Barca), existe más delincuencia en comparación de Irapuato, zona donde los mismos directivos de Ferromex mencionan que ha subido sensiblemente la cantidad de robos; "Ñ" sólo responde "allá están perros", con una sonrisa de nervios demostrando que lo que sucede allá no merece ni mencionarse.
Los asalta trenes también van por el maíz, dicen los trabajadores de seguridad. De hecho presumen dos costales recuperados que guardan en una oficina de la estación aún más sucia que el exterior. Después el tiempo los presiona, cierran la puerta con un candado pequeño donde la chapa debería estar.
Dicen que lavarán su camioneta prestada por la empresa de seguridad privada, la cual, coherentemente con sus trajes, está enterregada. Suben con prisa dan la media vuelta y se van.
Ahora la estación es custodiada por un anciano que ve pasar las horas en la desolada colonia Ferrocarril.
Cuenta que estaba cumpliendo su horario de trabajo en la estación Santa Cruz, un poblado ubicado entre Ocotlán y Poncitlán. El lugar está alejado de las pocas casas que hay, en medio de una larga planicie con vegetación corta que sólo es interrumpida por la madera y el metal de las vías.
Ahí se armaba el ferrocarril, vagón tras vagón se unía para trasladar la mercancía. Al lugar se acercaron un par de individuos con armas largas, lo sometieron. Después se acercaron otras 15 personas armadas. Encerraron a "K" mientras robaban equipos de cómputo. "Te quitan los equipos, celulares y todo (...) Vienen y encañonan o llegan a la brava". Al final otros trabajadores lo sacaron.
Los vigilantes portan de manera deshilachada su camisa del uniforme de seguridad privada, cualquiera que los viera pensaría que son vecinos de la zona, así lo delatan sus pantalones de mezclilla y sus tenis enterregados. No portan armas de fuego ni algún objeto que les sirva para defenderse. De los policías municipales o estatales aseguran que "ni se paran en la zona", sólo los federales.
Su compañero "Ñ" lo mira. Ahora les tocó vigilar la estación Ocotlán sucia y con muros derruidos. Sus turnos son de 24 horas de trabajo y 24 de descanso. Al fondo el escenario muestra casas hechas con vagones abandonados y completadas hacia la puerta con lonas. Se le cuestiona a "Ñ" si le ha pasado algo, "pues una vez de los machetazos", pero no continúa con la narración, se niega a hablar.
Se le pregunta si las vías donde pasa el ferrocarril en la zona Ciénega (Poncitlán, Ocotlán y La Barca), existe más delincuencia en comparación de Irapuato, zona donde los mismos directivos de Ferromex mencionan que ha subido sensiblemente la cantidad de robos; "Ñ" sólo responde "allá están perros", con una sonrisa de nervios demostrando que lo que sucede allá no merece ni mencionarse.
Los asalta trenes también van por el maíz, dicen los trabajadores de seguridad. De hecho presumen dos costales recuperados que guardan en una oficina de la estación aún más sucia que el exterior. Después el tiempo los presiona, cierran la puerta con un candado pequeño donde la chapa debería estar.
Dicen que lavarán su camioneta prestada por la empresa de seguridad privada, la cual, coherentemente con sus trajes, está enterregada. Suben con prisa dan la media vuelta y se van.
Ahora la estación es custodiada por un anciano que ve pasar las horas en la desolada colonia Ferrocarril.