Jalisco

Pelean zona de miseria en Zapopan

Dos mil personas viven ilegalmente en un predio cercano a El Colli, donde un grupo agresor exige pagos por agua y energía eléctrica

ZAPOPAN, JALISCO.- Por la calle del Tutelar se llega a una especie de campo de refugiados o de favela, con las mismas escenas de miseria que las proyectadas por la película “Ciudad de Dios”.

Al internarse en las calles de tierra, entre letrinas y casas de lámina o madera, cubiertas con plásticos y cobijas, y con carteles que invitan a adherirse al programa federal Oportunidades, se encuentran igual migrantes purépechas que muchachos mestizos alrededor de una fogata con las ropas manchadas y la “mona” (estopa empapada en thiner) pegada a la cara. Todos son invasores de un predio ubicado en el municipio de Zapopan.

El sueño de crear una nueva colonia llamada Valle de La Primavera inició en la iglesia de la colonia 12 de Diciembre, donde un tal Ramiro organizó a vecinos y a gente sin “techo” (migrantes de Michoacán, principalmente) para tomar el terreno ejidal en el que habría espacio para 640 lotes de seis por 15 metros.

El 7 de noviembre fue el día que decidieron plantarse: deslindaron las tierras siguiendo un plano, y cada quien comenzó a levantar su nuevo hogar, a cambio de pagar el derecho de piso (de 700 pesos para arriba, cuenta la gente).

Con tal de hacer guardia por un pedacito de tierra, dejaron hasta su trabajo por unos días.

El plano parecía el de un fraccionamiento residencial, con calles trazadas, áreas verdes y una zona para una escuela. Pero quedaron tantos fuera del proyecto, que todas las supuestas áreas públicas terminaron invadidas.

El sueño marchaba en calma, hasta que llegaron los “Guerreros de Dios”, encabezados por “El Padrino”, líder de un centro de rehabilitación que se ubicaba en Avenida Guadalupe. Con su tropa armada hasta los dientes, amenazó a todos para que se fueran; los adictos recién llegados aseguraban ser los propietarios de la tierra.

Invasores crean nueva colonia en Zapopan

El sueño de encontrar nuevas oportunidades para mejorar su calidad de vida, orilló a varias personas a asentarse en un predio que es propiedad del Gobierno del Estado, ubicado en el municipio de Zapopan, en el Cerro del Colli.

En medio de la miseria, alrededor de dos mil personas conviven día a día con la inseguridad, el vandalismo y la carencia de servicios, con la esperanza de que algún día su situación se regularice.

Teniendo que pagar derecho de piso por un pedazo de tierra para levantar sus viviendas, algunos habitantes fueron desalojados por la fuerza por un grupo denominado los “Guerreros de Dios”, que argumentaron ser los propietarios del terreno.

El líder, llamado Armando Plasencia Dávalos, comenzó a vender lotes por aquí y por allá y en la noche sacaba a patadas a los primeros invasores, para meter a su gente.  En uno de los tantos enfrentamientos a balazos de la guerra entre bandos, prendieron fuego y un plástico ardiendo le cayó a una niña que vivía por Volcán Fujimaya. La familia renunció a su pedacito de tierra.

El resto sigue ahí, midiendo fuerzas con el otro grupo y con el Ayuntamiento de Zapopan, que les permitió asentarse, robarse los servicios de agua y luz, y tener letrinas colectivas para las alrededor de dos mil personas que, como por acto de magia, crearon una nueva colonia entre la 12 de Diciembre y La Floresta, muy cerca de prolongación Avenida Guadalupe y del sitio arqueológico El Grillo.

Todos quieren un espacio


María (nombre ficticio) bajó de la Sierra de Tapalpa y se asentó en la colonia 12 de Diciembre, pero ya no hay espacio para su hijo, así que aprovecharon un nuevo huequito en lo que antes era un lote baldío.

“Pero fíjese que hay muchos que tienen necesidad y otros que no”, confiesa la mujer, que vende ropa de segunda en un tianguis.

Con lo que gana jamás podría comprar una tierrita. Pero aclara: “No quiero hacer concha, que quien sea el dueño nos lo venda, pero con facilidades”.

Su esposo tiene 74 años. En ese momento no está en casa, pues salió a juntar cartón y fierrito, “y de eso vamos comiendo poco a poco”.

Otra mujer con los dientes carcomidos, negros, no alcanzó nada en la repartición. Pero ahí está a media calle, “en mi chocita, donde están los palos saliéndose sobre la calle”, porque no tiene para pagar una renta. Lo que le da coraje es que a muchos “avorazados” les tocó suerte y no tenían necesidad.

Para saber


Si todo sale como lo planean los vecinos, la nueva colonia permanecerá entre las calles Volcán Fujiyama, Bugambilias, Azucena y Puerto Tampico, y ensanchará el cinturón de pobreza de Zapopan, donde llegan los grupos indígenas huyendo de la miseria, los expulsados del campo laboral, que tienen que mezclarse –porque no hay de otra– con adictos como los “Guerreros de Dios”.

En busca de un futuro mejor

Los habitantes provienen de diferentes entidades del país

Es viernes a las 8:00 horas, apenas se asoma el Sol y un par de señores llegan a la tiendita de abarrotes, construida con madera, para comprar sus refrescos de cola, con los que iniciarán el día.

Más adelante, en la supuesta calle, se encuentran sillones despedazados y una fogata en el centro. Cuatro hombres están disfrutando el aire fresco de la mañana, con mugre acumulada en la cara y en el resto del cuerpo. Vigilan a los extraños y murmuran detrás de ellos.

De repente, se escucha la campana del camión de la basura, porque uno de los líderes de los “paracaidistas” ya logró que el Ayuntamiento les ofrezca el servicio.

La sensación es que entre todos los rincones, los triques, las casas de campaña y las “chocitas”, hay alguien vigilando.
Salen mujeres por todos lados con sus residuos, muchas de ellas recién llegadas de pueblos de la zona purépecha de Michoacán y del Estado de México. Una de ellas carga a su bebé, y al quererle sacar plática, pone la cara de asombro: “No hablo”, dice con trabajos.

Así como hay quien viene huyendo del hambre de sus pueblos, hay otros que hasta tienen camionetas. “Es pura avaricia de muchos que vivían aquí en los alrededores”, cuenta uno de los invasores, quien prefiere, como todos, el anonimato. Porque aquí la pelea por la tierra puede costar la vida.

Otra mujer originaria de Puebla viene de la colonia 12 de Diciembre. Hace 15 años llegó a Guadalajara, porque en su pueblo apenas ganaban 25 pesos en el jornal. Está dura la vida por acá, pero prefiere batallarle en la ciudad a regresar a pasar hambre. Su casa es de dos cuartos y ya no cabía con tantos hijos y sus familias. Cuando escucharon de la nueva oportunidad, se unieron a la invasión para asegurarle una casita a su hija.

“Acá estamos pura gente trabajadora. Del otro lado están puros cholos, con el ‘toncho’, con tatuajes, son violentos. Dicen que somos iguales, pero no es verdad, porque nosotros somos pobres, pero no delincuentes”, reflexiona la mujer, que ha trabajado desde recogiendo basura, hasta en una maquila.

Las casas están cercadas con hilos, alambres. Tapadas con cobijas, lonas azules, carteles de las Chivas o de ex candidatos de la elección pasada. “God Bless this home”, dice en una casa de campaña nada barata, con un holograma del Espíritu Santo a un lado. Al interior de las casas hay pedaceras de todo tipo (puertas, juguetes, sillas), fogones para el frijol y niños chamagosos con manchas en la cara por la mala alimentación. En la calle hay hasta un pato que se llama “Caldo”, para que se acostumbre a su futuro.

Las colonias de los alrededores iniciaron del mismo modo hace más de 10 años. Organizaban principalmente a migrantes expulsados por la pobreza de sus zonas rurales, les cobraban un pedacito de tierra –que antes pertenecía al ejido de Santa Ana Tepetitlán—y los dejaban a la buena de Dios, hasta que el Ayuntamiento de Zapopan los regularizaba.  Muchos de estos “paracaidistas” viven encima de alrededor de 90 hectáreas de lo que era el sitio arqueológico Los Padres.

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