Jalisco
Las historias entre tumbas
La contingencia sanitaria provocó que las personas fueran recibidas con gel antibacterial
GUADALAJARA, JALISCO.- Antes de las ocho de la mañana, decenas de personas se encontraban afuera del Panteón de Mezquitán con la intención de visitar las tumbas de sus deudos. Para las 10 de la mañana, miles de personas entraban y salían, lo que anunciaba un Día de Muertos bastante concurrido.
Sin embargo, este año algo lucía diferente. La contingencia sanitaria a causa de la influenza humana y el dengue, provocó que todos los visitantes fueran recibidos con gel antibacterial y se les ofreciera un cubrebocas, medida que sólo algunos de los visitantes adoptaron.
A pesar de las recomendaciones emitidas por las autoridades para evitar su asistencia, niños y adultos mayores acudieron al panteón de igual o en mayor medida que el año pasado.
Después de 68 años de casado, José Cruz Banda Mendoza visitó por primera ocasión, en Día de Muertos, la tumba de su esposa fallecida hace no más de un mes. A José Cruz le acompañaban ocho de sus 22 hijos, algunos de sus 65 nietos y 55 bisnietos y uno de sus tres tataranietos.
Mientras escuchaba la canción “Perfume de gardenias”, que interpretaba un mariachi al pie de la lápida, José Cruz recordaba la memoria de su esposa con un cigarro y un vaso de tequila en la mano. Visiblemente conmovido, parecía no importarle que el Sol de la tarde pegara con firmeza en su rostro.
Ángeles Banda Orta, quien acompañaba a su padre José Cruz, refiriéndose a su madre, señaló con nostalgia: “Nosotros venimos a ponerle flores y le rezamos su rosario, limpiamos su lápida y queremos que así sea por siempre, no nomás en estos días”.
En contraste, Leonor Romero viuda de Vargas, se encontraba de visita en la tumba de su esposo: “Vine a ver la tumba de mi esposo que mandé ‘azulejear’ y quedó muy bonita, y ahí está el retrato de mi esposo que fue compositor y le grabaron la canción de mi pecado, que fue una canción que me compuso cuando éramos novios. Y se la grabó Pepe Jara y Javier Solís. Todos tenemos el recuerdo de lo entusiasta que él fue, muy buen esposo”.
Las flores de cempasúchil, los crisantemos, los claveles, las gladiolas, las morelianas, los nardos y los cordones de obispo, entre otras flores que llevaban los visitantes, daban vida a los reducidos pasillos del panteón, que por única ocasión en el año, lucían tan llenos de vida.
“Lo malo es que las flores están caras porque nosotros hemos estado viniendo cada 15 días y nunca hemos comprado las flores tan caras. Las compré a 150 pesos y nos dieron un manojo, cuando nosotros las comprábamos en 50 pesos”, lamentó Luisa Mendoza Pérez, quien se encontraba de visita con su familia en la tumba de su hermano José. “Ahora hicieron más pequeño el manojo y anteriormente era uno grande; ahora ese manojo lo hicieron como en tres y aún así cuesta 150”.
Mariachis, conjuntos norteños, tríos de música romántica y algunos trovadores, afinaban sus instrumentos a la espera de algún cliente, que en promedio pagaban hasta 250 pesos por tres canciones.
Todavía hasta después de las seis de la tarde, hora del cierre del Panteón de Mezquitán, la gente seguía llegando. Finalmente, cerró sus puertas poco antes de las siete de la noche.
EL INFORMADOR/ Rafael Alejandro Zapata Romano
Sin embargo, este año algo lucía diferente. La contingencia sanitaria a causa de la influenza humana y el dengue, provocó que todos los visitantes fueran recibidos con gel antibacterial y se les ofreciera un cubrebocas, medida que sólo algunos de los visitantes adoptaron.
A pesar de las recomendaciones emitidas por las autoridades para evitar su asistencia, niños y adultos mayores acudieron al panteón de igual o en mayor medida que el año pasado.
Después de 68 años de casado, José Cruz Banda Mendoza visitó por primera ocasión, en Día de Muertos, la tumba de su esposa fallecida hace no más de un mes. A José Cruz le acompañaban ocho de sus 22 hijos, algunos de sus 65 nietos y 55 bisnietos y uno de sus tres tataranietos.
Mientras escuchaba la canción “Perfume de gardenias”, que interpretaba un mariachi al pie de la lápida, José Cruz recordaba la memoria de su esposa con un cigarro y un vaso de tequila en la mano. Visiblemente conmovido, parecía no importarle que el Sol de la tarde pegara con firmeza en su rostro.
Ángeles Banda Orta, quien acompañaba a su padre José Cruz, refiriéndose a su madre, señaló con nostalgia: “Nosotros venimos a ponerle flores y le rezamos su rosario, limpiamos su lápida y queremos que así sea por siempre, no nomás en estos días”.
En contraste, Leonor Romero viuda de Vargas, se encontraba de visita en la tumba de su esposo: “Vine a ver la tumba de mi esposo que mandé ‘azulejear’ y quedó muy bonita, y ahí está el retrato de mi esposo que fue compositor y le grabaron la canción de mi pecado, que fue una canción que me compuso cuando éramos novios. Y se la grabó Pepe Jara y Javier Solís. Todos tenemos el recuerdo de lo entusiasta que él fue, muy buen esposo”.
Las flores de cempasúchil, los crisantemos, los claveles, las gladiolas, las morelianas, los nardos y los cordones de obispo, entre otras flores que llevaban los visitantes, daban vida a los reducidos pasillos del panteón, que por única ocasión en el año, lucían tan llenos de vida.
“Lo malo es que las flores están caras porque nosotros hemos estado viniendo cada 15 días y nunca hemos comprado las flores tan caras. Las compré a 150 pesos y nos dieron un manojo, cuando nosotros las comprábamos en 50 pesos”, lamentó Luisa Mendoza Pérez, quien se encontraba de visita con su familia en la tumba de su hermano José. “Ahora hicieron más pequeño el manojo y anteriormente era uno grande; ahora ese manojo lo hicieron como en tres y aún así cuesta 150”.
Mariachis, conjuntos norteños, tríos de música romántica y algunos trovadores, afinaban sus instrumentos a la espera de algún cliente, que en promedio pagaban hasta 250 pesos por tres canciones.
Todavía hasta después de las seis de la tarde, hora del cierre del Panteón de Mezquitán, la gente seguía llegando. Finalmente, cerró sus puertas poco antes de las siete de la noche.
EL INFORMADOR/ Rafael Alejandro Zapata Romano