Jalisco

'Las flores nomás cuando me muera'

En el Día de las Madres, una hormigueante y desesperada multitud asistió a comprar flores para consentir a 'la jefa'

GUADALAJARA, JALISCO (11/MAY/2012).- Con paso cansino, lentísimo, sosteniendo cuidadosamente con ambos brazos un racimo de flores como si de un bebé recién nacido se tratara, las hermanas Villalpando, "Las Tres Villalpando", cruzan la agolpada, caliente e intratable Avenida Federalismo, rumbo al Panteón de Mezquitán. Son las 12:00 horas. Hace tres meses, a los 93 años de edad, su madre falleció de muerte natural, "le falló su corazoncito". María Luisa, Gloria Alejandra y María Eugenia, de 65, 62 y 55 años de edad, buscan esquivar el calor al acercarse a una sombra que se recorta sobre el asfalto. Cargan un ramo de crisantemo, nube y leonor envueltos en astroso papel de celofán. Gastaron alrededor de cien pesos en los tres paquetes pero eso no importa tanto como que hoy le cumplen un deseo a su madre, pues cuando vivía, no era asidua fanática de las flores: "Las flores nomás cuando me muera", recuerda María Luisa cuando su madre se lo dijo con tono admonitorio. "El corazón se le apachurraba. Sentía feo".

Al igual que las hermanas Villalpando, en el Día de las Madres, una hormigueante y desesperada multitud asistió a comprar flores para consentir a "la jefa". En los mercados de flores había jóvenes que discutían con un comerciante de bigotes desgreñados el costo de un arreglo: "No seas abusivo, ¿no tienes mamá? Otros simplemente preguntaban con timidez por las flores de colores amables, suaves a la mirada y eran repelidos con una frase: "150 pesos, joven".

Recargado sobre la tumba que guarda los restos de su madre muerta desde hace ocho años, Manuel Palafox clava los ojos en la superficie lisa que acaba de limpiar, arreglar, para "que se sienta acompañada" y luego los pasa sobre el nombre "Eraclea": "Cuando falta la madre hace falta todo, y, más que nada, la unión familiar. Es como un pilar", dice el odontólogo de 46 años mientras se pasa con pesadez el envés de la mano derecha por los ojos ya con la telaraña roja que los invade previo al llanto.

El titular de la Dirección de Panteones del Ayuntamiento tapatío, Samuel Héctor Zamora Vázquez, informó que se esperaba una afluencia de al menos 250 mil visitantes a los panteones de la ciudad incluyendo el domingo pasado y el que viene. Agregó que el año pasado se recibieron unas 250 mil 500 personas.

El funcionario dijo que en el operativo que se montó se coordinaron con 21 instancias de Gobierno. Se registró a los niños para evitar extravíos. Se otorgaron sillas de ruedas. Obsequiaron agua y se dieron a conocer medidas de seguridad, como no ingresar con bebidas alcohólicas ni mascotas, no subirse a las criptas y no prender fogatas.

A unos metros de donde se encuentra Manuel, con paso zigzagueante, apretando las mandíbulas, Cristopher, un estudiante de primaria de 12 años de edad, carga un pesado balde amarillo que contiene agua que adquirió de una de las fuentes cercanas. Además, Cristopher lleva un bote de plástico en cuyo interior se agita un líquido negruzco y una escoba de cerdas color naranja.

Avanza por el estrecho pasillo flanqueado por árboles de frondas espigadas. Lleva puesta una holgada playera roja y pantalones de mezclilla con las perneras arremangadas. Los tenis negros supuran la suciedad de sus calcetines mojados. Tiene el rostro sucio. Costras en los brazos. Asistió a trabajar junto con su hermano seis años mayor que él luego de ir a visitar la tumba de su abuela. Apenas lleva 20 pesos en el bolsillo, más tarde serán 15, 10... hasta rebasar los 600 pesos que el otro año le regaló a su mamá.

Cristopher llega a la tumba de su cliente número dos. Con la escoba retira las hojas y la basura acumuladas tras el olvido. Sin mirar a la señora y a la niña que lo miran hacer su trabajo, reparte el agua en la superficie color hueso. La talla. En su rostro se dibuja una mueca extraña. Sigue tallando, el agua le baña los pies. Vuelve a esparcir el agua del bote sobre la loza y retira con la escoba el caldo negro que se pega a las tumbas aledañas. Le pagan con unas monedas que se guarda en una de las bolsas mojadas. Sin ver. No le gusta mirar: "Casi no me gusta mirar a la gente, me da lástima cuando veo que vienen a ver a sus mamás".

En el 10 de mayo las personas ven la oportunidad de mejorar sus ingresos económicos de alguna manera. Irma Esther López, de 52 años, está trabajando "para sacar pa' comer". Aunque hace lo mismo que Cristopher, ella apenas saca 300 pesos durante todo el día. Acompañada por su esposo que la presiona para que vayan a buscar más gente, mientras ella está sentada sobre un balde de pintura, espera que al final del día, junto con sus tres hijos de 15, 16 y 17 años, la lleven a comer caldo de res y algún día le regalen orquídeas cuyo precio se alzó hasta los 190 pesos por ramo en el mercado de Mezquitán.

A los maridos también les toca consentir. Carlos Cedeño es florista desde hace 38 años. Él fue uno de los primeros que arribó al mercado. Es jovial y platicador a pesar que comenzó a trabajar desde hace días y esta vez hizo 100 arreglos florales. Carlos introduce el tallo de una rosa -regalo tradicional a las madres, dice- en un oasis puesto al interior de una base de cerámica y le quita las hojas sobrantes y las espinas con una filosa navaja. En minutos, lo que era material virgen se volverá una, dos, diez torres florales. Espada, solidago, liatris, lili... Carlos lleva una cinta color verde oscuro envuelta en el dedo índice y el pulgar para evitar lastimarse con las espinas. Aunque su madre ya falleció, le llevará a su esposa, Antonia, unas 100 rosas rojas como cada año de los 27 que llevan casados.

En donde trabaja Carlos, los arreglos más baratos cuestan alrededor de 150 pesos y los más caros mil, mil 500. Pero en el negocio de Héctor, de arreglos más modernos y estilizados, pueden llegar hasta los cinco mil pesos. De 24 años de edad, a Héctor le gusta su trabajo porque se gana bien. En su negocio la densidad opresiva se acentúa al pasar por flores que plagan el pequeño local. Orquídeas, peonias, tulipanes a los que agrega fruta y las monta en una base de madera color chocolate. Las ventas en este día se incrementan alrededor de 90 por ciento en su negocio.

Leonor Romero (ex esposa de Juan E. Vargas, compositor de la canción Mi pecado, interpretada por Javier Solís y Pepe Jara) llegó al panteón metida en un vestido de manta con detalles florales. Hoy visita a su madre, le pide que la siga cuidando. Le reza. Rompe en llanto. Llegó a la tumba y vio polvo. Vio seco. Llamó a un joven al que le dio 30 pesos por limpiar, trabajo que ella ya no puede hacer a sus 80 años de edad. Leonor Romero dice que seguirá viniendo al panteón hasta que la muerte le toque el hombro y sus hijos hagan lo mismo que ella hace para evitar olvidar.

EL INFORMADOR / GONZALO JÁUREGUI

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