Jalisco

Las diálisis de don Roberto: menos mal que hay Seguro

Roberto Aguilar Vázquez, casi septuagenario, víctima de la diabetes, afronta su enfermedad en el desempleo virtual

GUADALAJARA, JALISCO.- Adepto, como millones de mexicanos, a conocer la información del país a través de uno de los dos noticieros más vistos en horario nocturno, Roberto Aguilar ancla su mirada en la pantalla de su televisor;  a la espera de que su hija Mónica prepare el vehículo, modelo 87, para trasladarlo desde Villas de la Hacienda, en Tlajomulco de Zúñiga, hasta Guadalajara, en donde tres noches por semana, se somete a la hemodiálisis que lo mantienen con vida desde hace un año y ocho meses.

La habitación principal de su casa, la sala, es preñada con el grito de sus nietos. Juguetes esparcidos sin orden ni discriminando espacios como la cocina, se abalanzan entre papeles de cobranza de tiendas departamentales. Los primeros –dice la esposa del señor Roberto- dan aliento y colorido, ni siquiera estorban. Los que estorban son los otros, los papeles que delatan deudas adquiridas desde hace cuatro años  y que no se agotan, como la rutina por la que todos los días la familia pretende sacar adelante a los niños.

El interior de la casa es cálido, se respira un vaho emanado de lo que casi metafísicamente se nombra en México como “calor de hogar”.  La noche allá fuera es hostil. Los resguardan de esa gran inmensidad suburbana unos delgados muros que conforman una más de las miles de casas ingeniadas ante la nueva dinámica poblacional que en los precipitados momentos de la industrialización del país, en este caso en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), encontró en Talojomulco de Zúñiga, su mejor satélite de hacinamiento.

-“Cuidado con el catéter, ¿ya subieron la silla de ruedas? A ver, tráite la cobija.  ¿Quién va a acompañar a mi papá?”


Se discute sin afán de objetar, sólo agilizar un proceso que a pesar de los meses de rutina, no termina de ser exacto. A veces sutiles incidencias, como una descompostura del vehículo, se cuelan golpeando de frustración los ojos de la familia Aguilar. Por lo pronto, el viaje de poco más de una hora se emprende sin contingencias. El destino es la clínica 46 del Instituto Mexicano del Seguro Social ( IMSS) erguida sobre las avenidas Lázaro Cárdenas y 8 de Julio.

Acostumbrado a recorrer largas distancias, Roberto Aguilar Vázquez llegó del centro del país, “de San Juan Bosco”, por la primavera del 2003 o 2004, para ofrecerle mejores condiciones de vida a su familia. “Pero la enfermedad pudo más, y pues no tenemos por ahora entradas, más que las de mi hija Mónica, que todas las noches me trae al hospital”. En el trayecto se escucha la radio, (“¡Aquí, la Voz de Guadalajara X… E… H… K…!”, retumba en las bocinas del auto la voz del legendario locutor Nacho Cárdenas, quien en los años 50 hacía popular la identificación de esa estación, ahora conocida por los chavos, y los no tanto, como rockerona); se habla de los temas de preocupación común que afectan a la colonia; “saber de la vida escolar de los niños siempre es grato”. Todo, menos el motivo del viaje, es mencionado.

“Bienvenidos a Guadalajara


El letrero es visto con desencanto. No como la primera vez. El señor Roberto, técnico en refrigeración, y que entonces tenía 62 años de edad, se enfrentó, como millones de personas del país, a una jubilación insuficiente. En búsqueda de oportunidades, llegó con su esposa, dos hijos, y cinco nietos a la ciudad de Guadalajara, en donde ya tenía un predio apartado en Talojomulco. Lejos de haber mejorado su situación económica, afrontó que los bienes y servicios otorgados en este lugar, y que considera más costosos que en el centro del país, apenas pueden ser pagados por quien no tiene un salario fijo. No obstante, el precio de la casa fue suficiente para quedarse.

A  seis años de distancia, no hay motivos para arrepentirse. “los niños están en la escuela, y como sea sorteamos el gasto diario”.

Por el cristal del vehículo que recorre ya la avenida 8 de julio, y que no ha sido totalmente absorbida de los bienes y servicios del municipio de Guadalajara, se descomponen las luces que irradia la ciudad en el rostro de Roberto y su hija Mónica. A escasos minutos de distancia del hospital, la densa noche no alcanza a cubrir los obstáculos en el camino que la rutina ha identificado.

“¿Cómo percibo esta crisis? Pues como un abismo. No hay para dónde hacerse, estamos acorralados, y la verdad sin esperanzas de que esto cambie. A ver si el nuevo Gobierno en turno, por lo menos realiza mejoras a nivel municipal. El transporte, los productos, todo está muy caro.

“La verdad no se compara, durante la crisis de los años setentas, y aun la de 1994, cuando se iba Salinas de Gortari; en esos momentos no había un encarecimiento de productos básicos como lo vivimos ahora; y había menos trabas para acceder a la seguridad social. Había más certeza laboral, por lo menos eran soportes que amortiguaban la devaluación del dinero”.

Lector asiduo de periódicos, el señor Aguilar Vázquez, considera que la responsabilidad de la situación económica actual no se debe a la administración pública federal que encabeza Felipe Calderón Hinojosa, pero sí cree que a nivel de Gobierno se pueden diseñar estrategias para que la población no sea severamente sacudida por los efectos de la crisis. “Como se está haciendo en Chile, ¿no?”, dice con la autoridad de un ciudadano enterado.

Área  de urgencias (11:46 PM)


Como el señor Roberto, decenas de usuarios de la clínica 46, escoltados por sus familiares, ingresan al edificio bordeado de personas que esperan a más personas, y pernoctan en las banquetas que circundan la zona de ambulancias, aguardando noticias que mitiguen el enemigo del sueño: la desesperación.

“Hemos llegado”, refiere el señor,  y narra que “en 1944 nació la primera administración del IMSS, ese año nací yo”.  Con trabajos, el motor del vehículo enfrenta la rampa de ambulancias, y sube para después bajar, no sin menos trabajos, a don Roberto e ingresarlo al hospital. Se encuentra con otros pacientes conocidos y los saluda con una sonrisa a la altura de las circunstancias en que cruza por el “Área de Choque”. Lo acompaña una de sus nietas.

Su hija Mónica aguarda afuera del hospital. Quiere comprar un café que cuesta 12 pesos. Dice en sus adentros: “Sigue la mejor parte, la diálisis y el regreso a casa, a las 4:30 de la mañana”.

Don Roberto sonríe y se despide. Detrás del cristal queda plasmado el rostro, uno de los rostros de la crisis.

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