Jalisco

Festejo pasado por agua

Un intenso aguacero enmarcó la ceremonia del Grito de Independencia en el Centro de la ciudad

GUADALAJARA, JALISCO (16/SEP/2012).- Los truenos se sumaron a la incertidumbre. Familias enteras no temieron que la lluvia cancelara el tan esperado Grito de Independencia. Antes de las 20:00 horas, el Centro Histórico de Guadalajara se bañó, literalmente, de una constante lluvia, que al filo de las 22:00 horas incrementaba su intensidad.

El colorido adorno de los visitantes, ataviados de prendas verdes, blancas y rojas, fue opacado ante los paraguas que protegían de las gordas y frías gotas de lluvia. Sin embargo, los tradicionales bigotes lucían en todo su esplendor dando paso a jolgorios patrióticos que recurrían a famosas frases nacionalistas.

“Viva México ca...”, gritaban a una sola voz un grupo de jovencitos que buscaban sedientos algún vendedor de “rusas”, la bebida de sabor toronja con tintes de chamoy y tequila se ofertaba al por mayor servida en vasos de un litro con un costo de 20 pesos.

Por su parte, la señora Rosa Mendoza, que venía desde la Colonia Santa Cecilia, se mojó de pies a cabeza. Su maquillaje tricolor, que en las mejillas presumía un águila y el Lábaro Patrio, se desvaneció mientras corría presurosa a la carpa de los “Ricos huaraches”, comercio que no detuvo la vendimia de antojitos mexicanos ante el inclemente aguacero.

“Emilio (el gobernador) tiene que salir, a menos de que él esté cobijado y acostadito ya en su cama”, decía al calor de la broma doña Rosa, quien acompañada por su familia, esperaba el fin de la lluvia.

“A 10, a 10, a 10 el impermeable”, gritaba una mujer que movía rápidamente la mirada para identificar a un posible cliente necesitado de protección para la lluvia. El éxito de la venta estaba asegurado al instante en que decidió acercarse a los portales de la Presidencia tapatía, ahí, personas esperaban el momento perfecto de huir, pues la celebración y la fiesta vernácula destacaban en Plaza de la Liberación.

La lluvia no cesó, y el pequeño Yahir, de 10 años de edad, atendía con velocidad: “Un huarache de pastor, uno de adobada y uno sin crema”, repetía al momento en que unas bolsas rodeaban sus zapatos que intentaban esquivar los enormes charcos postrados en el concreto tapatío.

La música calló, pero la fiesta no. Un pequeño puesto causaba alboroto. La lotería era la causa. Entre semillas de maíz, una garganta potente anunciaba las cartas como si nada más importara, como si la lluvia no estuviera.

Los truenos siguieron acompañados de aire. Faltaba un escaso cuarto de hora para que desde el balcón de Palacio de Gobierno se diera inicio a la ceremonia; a la gente ya poco le importaba que el Grito se diera, lo urgente era que el aguacero cediera para retornar a la tranquilidad del hogar.

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