Internacional

El conservador en una era de polarización

Se hace llamar el antídoto de Barack Obama, una mezcla de conservadurismo jacobino, extrema religiosidad y pragmatismo

ESTADOS UNIDOS (27/DIC/2011).- Es sabido que las precampañas en Estados Unidos sacan el lado más extremista de los políticos. El coqueteo con los ultras de los partidos es ineludible y el centro político comienza a difuminarse hasta parecer un lugar odiado y repudiado en favor de la pureza ideológica. Tanto los republicanos como los demócratas, buscan parecer la opción de la transformación, el candidato que sacará a Washington de su perversión y el pragmatismo que lo envilece.

Sin embargo, los debates entre republicanos antes de las primarias, que están a la vuelta de la esquina, han dejado joyas que seguramente marcarán a los candidatos. Desde “saquemos a los talibanes de Libia” hasta “se puede reducir el déficit reduciendo impuestos”, los republicanos han demostrado que las ideas y la ciencia no son precisamente su carta a mostrar al electorado. Dentro de este debate, aunque Newt Gingrich no es el más radical, sí ha cuidado parecerse al estadounidense común, ese habitante que desprecia el poder central, que valora el esfuerzo individual y que identifica en el intelectual una figura peligrosa. Para no ir más lejos, el votante medio del partido republicano, una agrupación conservadora que es escéptica de la ciencia, descansa su credo ideológico en valores religiosos, que incluso en algunos extremos, pueden erigirse por encima de la misma constitución.

Gingrich, con una inmensa trayectoria política que habría que remontarla a finales de los setenta, se ha convertido en el nuevo fenómeno de la clase política republicana. Ante el desplome de los posibles candidatos republicanos que parecían mejor posicionados, Mitt Romney y Rick Perry, Gingrich ha sabido encontrar un discurso que lo acerca a los extremos, pero que lo posiciona ampliamente en la opinión pública. Su relación con el Partido del Té es sabida, sus vínculos con el pensamiento conservador, son claros; sin embargo, es el que ha resultado más sólido en su argumentación para enfrentar a Barack Obama. Un hombre que se jacta de intelectual, que profesa una evidente doble moral y que, ante todo, se alinea a la narrativa puritana que tanto atrae en el mercado electoral de los Estados Unidos. La combinación de estos elementos, lo tiene con una ventaja en la primaria republicana nada despreciable: 17 puntos sobre Mitt Romney, su más cercano perseguidor.

Los republicanos no han escondido que su batalla es contra Barack Obama, personalmente. La idea de que los demócratas dejen la presidencia, es secundaria; “las intenciones son asesinas”, como lo apuntara con claridad el ex Premio Nobel de Economía, Paul Krugman. Los republicanos han establecido su piso de batalla: la lucha contra el antiamericanismo “confeso” del inquilino de la Casa Blanca. Las medias tintas y el debate moderado no son las llaves para la candidatura. El socialista debe ser expulsado para regenerar a Washington, que es presa de intereses que se alejan del credo histórico de la sociedad americana. En estos términos, Newt Gingrich ha sabido jugar, empleando un discurso que lo coloca como la opción para derrotar al “ilegítimo”, para forzar la justicia.

Uno de los elementos más enfatizados por Gingrich, es también un ícono identitario de los americanos: la creencia firme en la cultura del esfuerzo, esa idea de que el hombre “se hace por sí mismo”, en donde las estructuras sociales juegan un papel limitado a la voluntad de la persona. El mismo Gingrich ha señalado múltiples veces que “desde su infancia él supo que había nacido para cambiar el mundo, para dejar su huella”. Así, su tendencia a puntualizar el lenguaje de la automotivación es evidente, un hombre que ha escrito más de un veintena de libros con la firme de idea de inspirar. Títulos como “los cinco principios para una vida exitosa”, constituyen el eje de su predicación habitual.  No es extraño verlo citando autores a diestra y siniestra, ante sus competidores que inermes no logran rebatir los postulados de Gingrich. Esa mezcla de un hombre lejano a la aristocracia, que identifica en la cultura del esfuerzo uno de los valores esenciales y que afirma su convicción integra en los designios divinos, es un fuerte imán para un Partido Republicano que ha hecho de la calumnia y la ausencia de propuestas viables, una conducta cotidiana.

Sin embargo, a pesar del tono iracundo propuesto por la derecha norteamericana, los vuelos bajos de Obama conceden oportunidad de arrebatarle la presidencia más poderosa del mundo. Nunca un mandatario de los Estados Unidos se ha reelegido con tasas de desempleo tan altas como las que experimenta la economía más grande del mundo. Pero para lograr ser competitivo en las elecciones, los moderados republicanos saben que conquistar al votante independiente es clave. El establishment republicano, los encumbrados líderes de la derecha estadounidense, temen que la personalidad y la ideología de Gingrich no alcance para este propósito. Las tendencias libertarias del precandidato puntero, que bien podrían ser calificadas como casi anarquistas, lo alejan del votante independiente. El propio Gingrich ha calificado la administración de Obama como “radical”, una etiqueta exagerada para las políticas públicas y programas gubernamentales que ha promovido el primer presidente de raza negra de la historia estadunidense.

La personalidad de Gingrich está constantemente impregnada de escándalos. Fue un ferviente enjuiciador del caso Mónica Lewinsky que puso contra las cuerdas a Bill Clinton. Sin embargo, después se descubrió que en aquellos días, cuando Gingrich fungía como el líder de la minoría republicana en la Cámara de Representantes, también tenía líos amorosos con una colaboradora suya llamada Callista. Como señala El País, Callista ejerce gran influencia sobre el comportamiento del precandidato, al grado de convencerlo de optar por la fe católica. En el mismo tenor, el propio Gingrich ha estado envuelto en conflictos de intereses por asesoramiento a grandes firmas bancarias y empresariales.

Gingrich es una figura que polariza a los públicos. Su afán de protagonismo y su búsqueda permanente por plataformas políticas que consoliden su estrategia discursiva, lo han puesto en una situación política que luce contradictoria. Por un lado, ha logrado conquistar al voto conservador que juzga de centrismo a otros precandidatos como Mitt Romney. Sin embargo, por el otro lado, su vínculo con el pensamiento libertario lo aleja del centro y ha prendido las alarmas en el ala moderada del republicanismo, que ve con malos ojos el radicalismo del, hasta el día de hoy, puntero en las primarias republicanas.

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