Internacional
Ashton Carter es confirmado como secretario de defensa de EU
El Senado lo elige con una mayoría de 93 votos a favor y sólo cinco en contra
WASHINGTON, ESTADOS UNIDOS (12/FEB/2015).- Ashton Carter será probablemente el último de los cuatro secretarios de Defensa del presidente Barack Obama y el encargado de perfilar su legado, plagado de crisis en Oriente Medio, Europa y con promesas por cumplir como el cierre de la
prisión de Guantánamo.
Carter, confirmado hoy por el Senado, no tiene los perfiles políticos de sus antecesores: Chuck Hagel, Leon Panetta y Robert Gates, pero cuenta a su favor con una larga carrera de tecnócrata en el Pentágono que lo convierten en un candidato perfecto para abordar tanto los desafíos de seguridad como la compleja tarea de que el mayor empleador del mundo no sea un sumidero de recursos.
Este doctor en física teórica por Oxford, que ha pasado por Harvard, Yale, Stanford y el MIT, abandonó en octubre de 2013 su puesto de número dos del Pentágono porque sus ambiciones apuntaban mucho más alto y sus ganas de cambio no fueron satisfechas con Hagel, que cayó por su incapacidad de mantener un trato fluido con los asesores de la Casa Blanca.
Carter, un académico y un gestor de 60 años curtido en la telaraña organizativa del Departamento de Defensa, escribía hace un año en la revista Foreign Affairs: "El Pentágono está muy mal equipado para hacer frente a las necesidades urgentes que aparecen en tiempo de guerra".
Esas crisis repentinas, como el avance inesperado del Estado Islámico (EI) en Iraq y Siria o el terreno ganado por los separatistas prorrusos en Ucrania, serán los más acuciantes desafíos para Carter, que a menos de dos años de que Obama abandone el Despacho Oval será clave en el desenlace de los dos mandatos del presidente.
Ese papel indispensable del secretario de Defensa no ha evitado que durante el mandato de Obama los jefes del Pentágono hayan acusado al círculo cercano al presidente de ejercer un control excesivo, de intromisión y de querer imponer sus plazos por motivos de agenda política.
El tiempo en el Pentágono y el estamento militar no es el mismo que para los estrategas políticos de la Casa Blanca y eso ha creado tensiones. El último episodio por las presiones para que Defensa acelerara las transferencias de presos de Guantánamo, cárcel que Obama prometió cerrar al llegar al poder y aún sigue operativa.
Tampoco son iguales los métodos. Algo que podría cristalizar en problemas para Carter durante la misión contra los yihadistas del EI en Iraq y la presión de los militares para dejar abierta la posibilidad de poner tropas de combate sobre el terreno en escenarios puntuales, como la inevitable toma de Mosul.
La Casa Blanca no quiere hablar de tropas en otro rol que no sea el de asesoramiento en Iraq por el coste político, mientras que los comandantes saben que esa posibilidad es poco realista.
"Yo no descartaría tropas estadounidenses en el campo de batalla, al menos en momentos puntuales, aunque claramente no debería volverse a una presencia a largo plazo", explicó hoy James Jeffrey, analista del Washington Institute.
En este tira y afloja será clave la relación personal entre Carter y Susan Rice, la asesora de Seguridad Nacional de Obama, una de las personas más influyentes del gobierno estadounidense y conocida por su fuerte temperamento.
Panetta explicaba recientemente en una entrevista cuáles son las dinámicas del poder en la era Obama: "Hay que ser muy honesto sobre cuál es el mejor camino y pelear por ello".
Otra de las inminentes "peleas" que tendrá que librar Carter estará centrada en el debate sobre si proveer a Ucrania con armamento defensivo para hacer frente a los separatistas apoyados por Rusia, lo que podría desencadenar una escalada pese a la firma de un nuevo acuerdo de paz en Minsk.
Carter se mostró durante su audiencia de confirmación en el Senado a favor de ayudar con armas a Kiev y prometió dar su consejo franco a Obama pese a que sus ideas se opongan a las de la guardia pretoriana del presidente.
A largo plazo, el nuevo secretario de Defensa será un socio indispensable para que Obama pueda cerrar su presidencia cumpliendo sus promesas de una Defensa más pragmática, menos onerosa, supeditada a la diplomacia y acabar así con "el estado de guerra perpetua" al que se habían acostumbrado en el Pentágono.
Carter, confirmado hoy por el Senado, no tiene los perfiles políticos de sus antecesores: Chuck Hagel, Leon Panetta y Robert Gates, pero cuenta a su favor con una larga carrera de tecnócrata en el Pentágono que lo convierten en un candidato perfecto para abordar tanto los desafíos de seguridad como la compleja tarea de que el mayor empleador del mundo no sea un sumidero de recursos.
Este doctor en física teórica por Oxford, que ha pasado por Harvard, Yale, Stanford y el MIT, abandonó en octubre de 2013 su puesto de número dos del Pentágono porque sus ambiciones apuntaban mucho más alto y sus ganas de cambio no fueron satisfechas con Hagel, que cayó por su incapacidad de mantener un trato fluido con los asesores de la Casa Blanca.
Carter, un académico y un gestor de 60 años curtido en la telaraña organizativa del Departamento de Defensa, escribía hace un año en la revista Foreign Affairs: "El Pentágono está muy mal equipado para hacer frente a las necesidades urgentes que aparecen en tiempo de guerra".
Esas crisis repentinas, como el avance inesperado del Estado Islámico (EI) en Iraq y Siria o el terreno ganado por los separatistas prorrusos en Ucrania, serán los más acuciantes desafíos para Carter, que a menos de dos años de que Obama abandone el Despacho Oval será clave en el desenlace de los dos mandatos del presidente.
Ese papel indispensable del secretario de Defensa no ha evitado que durante el mandato de Obama los jefes del Pentágono hayan acusado al círculo cercano al presidente de ejercer un control excesivo, de intromisión y de querer imponer sus plazos por motivos de agenda política.
El tiempo en el Pentágono y el estamento militar no es el mismo que para los estrategas políticos de la Casa Blanca y eso ha creado tensiones. El último episodio por las presiones para que Defensa acelerara las transferencias de presos de Guantánamo, cárcel que Obama prometió cerrar al llegar al poder y aún sigue operativa.
Tampoco son iguales los métodos. Algo que podría cristalizar en problemas para Carter durante la misión contra los yihadistas del EI en Iraq y la presión de los militares para dejar abierta la posibilidad de poner tropas de combate sobre el terreno en escenarios puntuales, como la inevitable toma de Mosul.
La Casa Blanca no quiere hablar de tropas en otro rol que no sea el de asesoramiento en Iraq por el coste político, mientras que los comandantes saben que esa posibilidad es poco realista.
"Yo no descartaría tropas estadounidenses en el campo de batalla, al menos en momentos puntuales, aunque claramente no debería volverse a una presencia a largo plazo", explicó hoy James Jeffrey, analista del Washington Institute.
En este tira y afloja será clave la relación personal entre Carter y Susan Rice, la asesora de Seguridad Nacional de Obama, una de las personas más influyentes del gobierno estadounidense y conocida por su fuerte temperamento.
Panetta explicaba recientemente en una entrevista cuáles son las dinámicas del poder en la era Obama: "Hay que ser muy honesto sobre cuál es el mejor camino y pelear por ello".
Otra de las inminentes "peleas" que tendrá que librar Carter estará centrada en el debate sobre si proveer a Ucrania con armamento defensivo para hacer frente a los separatistas apoyados por Rusia, lo que podría desencadenar una escalada pese a la firma de un nuevo acuerdo de paz en Minsk.
Carter se mostró durante su audiencia de confirmación en el Senado a favor de ayudar con armas a Kiev y prometió dar su consejo franco a Obama pese a que sus ideas se opongan a las de la guardia pretoriana del presidente.
A largo plazo, el nuevo secretario de Defensa será un socio indispensable para que Obama pueda cerrar su presidencia cumpliendo sus promesas de una Defensa más pragmática, menos onerosa, supeditada a la diplomacia y acabar así con "el estado de guerra perpetua" al que se habían acostumbrado en el Pentágono.