Entretenimiento

La vida en shuffle: De pusilánimes, elevadores e izquierda

Pero en los próximos años aprenderemos a incluir en nuestras vidas al elevador como medio de transporte. Por lo pronto, baste decir que no, el botón de Cerrar Puertas en los elevadores no funciona.

Por: Eduardo Castañeda H.

Nuestra cada vez más normada convivencia social puede llegar a extremos donde el control de lo que hasta ese momento era permitido, de pronto se vea con malos ojos o en definitiva como una falta grave que amerite sanción.

El valor que se le ha dado a lo políticamente correcto en los últimos tiempos nos ha llevado a que un negro no sea un negro, un ciego no sea un ciego, un minusválido no lo sea, y que tampoco a un viejo se le nombre como tal o incluso las nalgas suenen innombrables. Hemos encontrado cada vez más palabras para no decir lo que es, sino decirlo de otra forma que se parezca con el objetivo de no herir susceptibilidades.

Puede que esté bien y ha resultado en un trato más igualitario en el caso de minorías raciales, sobre todo en países donde históricamente ha habido problemas. Sin embargo, como dicen por ahí, usar eufemismos para no mentar las cosas por su nombre no hace que quien los utilice no deje de pensar la palabra más directa. La hipocresía se nos ha inculcado y la aceptamos en cada vez más ámbitos de la vida.

Leía al escritor Javier Marías en su columna de El País Semanal, donde hace una sabrosa y ácida disección de la formación de pusilánimes en la sociedad. Él hablaba teniendo como referencia a su vez un artículo de The New York Times que abordaba el tema de las “tácticas de intimidación en el puesto de trabajo”.

Ese texto le sirvió a Marías para comentar cómo estamos acostumbrándonos a ser hipersensibles frente a las actitudes de otros. La actitud de alguien frente a mí en el trabajo, por ejemplo, puede lastimarme y herirme, por lo tanto eso no debe estar permitido y hasta debe ser castigado, como podría comenzar a debatirse en Nueva York.

“El mundo está lleno de personas timoratas y acomplejadas que ‘sufren’ por cualquier cosilla, esto es, por las cosas normales de la vida” , dice Javier Marías.

No se trata de los casos en que alguien, en efecto, se ensaña con otro subordinado o colega en el trabajo o en otro contexto (el llamado acoso moral), sino en los momentos en que alguien demuestra a otro que algo no le parece, que está a disgusto, o que llanamente no lo soporta.

“Es algo corriente que uno caiga mal a unos y bien a otros, y que ambos grupos se lo hagan notar de alguna manera. (...) Lo que decimos u opinamos le puede parecer idiota a cualquiera, y están en su derecho de hacérnoslo saber, o de hacérnoslo ver como mínimo. Eso no supone que nos estén ‘acosando’ o ‘intimidando’, por caridad. Sino que forma parte, tan solo, de las circunstancias de la vida. Pero ya se ve, que con tanta panema, lo que hoy tiende a formarse son individuos tan débiles y sensibles que resulten incapacitados para lo único y fundamental, es decir, para andar por esta vida”. Impecable.

Sube y sube

Ahora que Guadalajara se está yendo para arriba, que salen como hongos torres de departamentos en todo el poniente de la ciudad, resultó muy interesante la lectura de un reportaje sobre elevadores publicado en The New Yorker (Up and the down. The lives of elevators. 21 de abril de 2008. www.newyorker.com)

El texto es una historia hilvanada con la desventura de un periodista de Business Week que pasó 41 horas atrapado en el elevador de una de las torres del Rockefeller Center de Nueva York, en 1999. Nadie lo vio, nadie supo qué pasó. Él terminó por demandar, por no regresar a su trabajo y seguir desempleado ahora. Un elevador le cambio la vida.

Pero si bien la experiencia de Nicholas White merece conocerla, el reportaje está lleno de datos y de reflexiones sobre lo que los elevadores representan en una ciudad hecha de rascacielos; lo que representan para el desarrollo de una urbe cualquiera; lo que implican en términos de infraestructura; y cuáles son las nuevas tecnologías aplicadas a este enigmático, objeto de tantas fantasías y pesadillas, transporte vertical.

En Guadalajara no tenemos cultura de elevador. Son pocos los edificios que los necesitan en una ciudad que todavía se mira en 360 grados subiendo apenas a un sexto piso. Pero en los próximos años aprenderemos a incluir en nuestras vidas al elevador como medio de transporte. Por lo pronto, baste decir que no, el botón de Cerrar Puertas en los elevadores no funciona. ¡Nunca ha funcionado! Es una ilusión creada para nuestra tranquilidad.

Ideas para la izquierda

Podría parecer soberbio para algunos que una publicación identificada en general con posiciones ideológicas más bien de derechas, dedique buena parte de su espacio a proponer “Ideas para la izquierda”. Pero para como están las cosas con el remedo de izquierda (al menos la partidista) que tenemos en México, y las pocas nuevas luces que aparecen en el debate de las ideas de izquierda que se aplican en el mundo, el número de mayo de Letras Libres aporta a la discusión.

Temas

Sigue navegando