Cultura

Una conversación con los difuntos

Cristina Rivera Garza publica ''Los muertos indóciles'', ensayos sobre la influencia de las nuevas tecnologías y el cuestionamiento sobre la importancia del autor

GUADALAJARA, JALISCO (16/JUL/2013).- ¿Qué retos supone para la literatura contemporánea un panorama de violencia y muerte como el del México enfrentado al narcotráfico? ¿Qué desafíos añaden las nuevas tecnologías de la comunicación? La escritora mexicana Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964) reúne en Los muertos indóciles. Necroescrituras y desapropiación ensayos que reflexionan sobre temas en torno a estas dos preguntas y que, al revisar numerosos ejemplos de formas de escritura que pretenden fungir como respuestas, funcionan como diagnósticos a posibilidades estéticas de literatura a su vez desafiantes y cambiantes. ¿No hay que repensar la centralidad del autor, ante numerosas escrituras que son eminentemente dialógicas? ¿Cómo contribuyen escrituras posibles gracias a plataformas como, por ejemplo, la red social Twitter?

Una idea central en el conjunto de ensayos es la de las necroescrituras, un concepto que Rivera Garza desarrolla, entre otros insumos, a partir del de necropolítica, propuesto por el filósofo africano Achille Mbembe: cómo se modifica la acción política cuando quienes detentan el poder ya no sólo gobiernan sobre las vidas de las demás sino, de hecho, sobre sus muertes. La escritora habla de las necroescrituras como aquellas que se desarrollan “en condiciones de extrema mortandad”, pero también las identifica entre prácticas dialógicas, lejos de la idea del autor como productor único.

Rivera Garza lo define como “una invitación a reflexionar acerca de qué le pasa a las escrituras en la época actual” desde dos retos fundamentales: la revolución digital y lo que ella define como “el reto de la mortandad y la violencia que caracteriza a nuestras sociedades postindustriales, en el que México ha jugado un papel espectacularmente triste”. Así, en medio de la guerra contra el narco, un reto para los escritores contemporáneos sería “que juntos produzcamos el tipo de lenguaje que encarne la urgencia de lo que enfrentamos como ciudadanos y como creadores”.

Rivera Garza revisa distintos campos de acción de las escrituras contemporáneas: las de las plataformas digitales, los textos que se escriben en traducción, las escrituras con base en fuentes documentales y el regreso de las “literaturas del yo”, entre otras. Y lo primero que advierte es que no es importante, afirma, discutir si merecen o no la categoría de literatura: “Tenemos una proliferación de escrituras y nos toca dirimir qué se queda con nosotros, qué no, cuáles van a ser nuestros parámetros de lectura, de uso, sobre estos términos. El libro es una invitación a que, en lugar de salir corriendo y darle la espalda a estas formas culturales, las veamos con la mirada más crítica posible, sin la necesidad de celebraciones acríticas; están sucediendo, analicémoslas”.

 —Los textos del libro hablan, entre otro temas, acerca de cómo las tecnologías digitales favorecen escrituras que dialogan con otros textos, o que se construyen de manera colectiva. ¿Tenemos que pensar en “escritores colectivos” o en textos que no pertenecen a nadie?

—La escritura siempre es un asunto de otros, siempre es un ejercicio dialógico; cualquiera que tenga roces con el lenguaje está en un proceso de socialidad: siempre estamos en diálogo con otros textos, nos encontramos socialmente en el lenguaje. Los instrumentos de los que nos valemos hoy dejan ver esa raíz comunitaria de la escritura con mayor claridad. No que lo estemos inventando: siempre que tocamos el lenguaje estamos tocando una conversación; el lenguaje es un bien común, nos pertenece a todos. La idea es enfatizar algo que ya viene de suyo en la escritura y cómo, en este momento, ese tipo de instrumentos nos permite subvertir, jugar.

—Usted revisa también la idea de las necroescrituras, y sugiere que es posible pensar que los lectores siempre estamos leyendo a “muertos”, como si fuéramos peritos forenses.


—Es una idea viejísima; lo que importa es qué hacemos cuando esto ya no es asunto teórico, una imagen, una metáfora, cuando estamos viviendo en estas condiciones de extrema mortandad, como México, que es tristemente espectacular.

—Los textos de su libro insisten en desmontar el mito de autor como una figura genial y original. Usted, como autora, ¿se reconoce en la descripción de un profesional del lenguaje que se dedica a “conectar” textos entre sí, a “desenterrar cadáveres”?


—Me gusta esa descripción, verme como una trabajadora, porque eso creo que son los escritores: trabajadores en relación directa con el lenguaje. Claro que me reconozco como autora, firmo mis libros con mi nombre, pero muchos de mis libros y novelas siempre subrayan la relación dialógica con otros textos, con autorías prestigiosas, y tengo novelas que están directamente relacionadas con otros autores. La idea de esta autoría comunal, dialógica, que no se ve a sí misma aislada en una torre de marfil, ese tipo de acción no sólo forma parte de mi proceso de trabajo y de cómo veo la escritura; estamos reconsiderando, insisto, de manera crítica, qué es lo que hacemos cuando ponemos nuestro nombre en ciertos textos. Creo que nuestro gran reto de ahora en adelante, especialmente ante las nuevas tecnologías, es construir textos y escrituras que honren esas presencias múltiples en todo lo que hacemos.

 —Otra idea en algunos de los textos es que no sólo hay que pensar dos veces en la idea del autor, sino también en la del escritor como artista, o incluso como intelectual.


—A mí me parece que cuando estamos escribiendo no se trata solamente de estar contando algo. Contar es algo que todo el mundo hace, es lo que hacemos para volvernos entes sociales. A los escritores nos toca pensar críticamente sobre nuestra relación con el lenguaje y entre éste y la sociedad. En ese sentido, un escritor por supuesto que es un artista y un intelectual, alguien que está reflexionando y mirando críticamente.

 —¿Usted diría que vivimos en una “necropolítica”, en una época de cadáveres, y que los autores mexicanos tienen un lenguaje para narrarla?

—Algunos de los libros que menciono y algunas de las estrategias a las que pongo atención serían algunos ejemplos: (la obra de teatro) Antígona González, de Sara Uribe; (los poetas) Óscar de Pablo, Paula Abramo, Maricela Guerrero, etcétera. Se trata de producir ese lenguaje que verdaderamente dé como resultado escrituras que sean relevantes para nosotros. Creo que hay un esfuerzo, hay una conciencia crítica, sobre todo de parte de poetas, para realmente articularse al discurso más amplio de la cultura; en la narrativa, quizá no tan amplio.

 —La narrativa suele ser vista como un espacio más comercial; ¿por qué no vemos estos procesos también en ella?

—Debe de ser eso, ¿no? La poesía es el lenguaje con el que investigamos el lenguaje, y muchos de los primeros ejercicios, de las vanguardias, de las exploraciones más críticas, se llevan a cabo usualmente en este campo. No está cerrado a la narrativa, es y puede ser un campo de acción crítica. Pero que las novelas circulen con mayor facilidad, como mercancía, facilita que no haya allí un proceso tan drástico, tan radical como en la poesía.

PERFIL
Referencia literaria


Cristina Rivera Garza nació en la frontera noreste de México (Matamoros, 1964). Doctora en Historia Latinoamericana, ha sido profesora de varias universidades en México y Estados Unidos. Es una de las escritoras mexicanas más relevantes en la actualidad. Ha escrito, entre otros: La cresta de Ilión (Andanzas, 2002), Lo anterior (Andanzas, 2004), La muerte me da (Andanzas, 2007) y Verde Shanghai (Andanzas, 2011).  Ha sido traducida al inglés, al portugués, al alemán, al italiano y al coreano.

FRASE

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Un escritor por supuesto que es un artista y un intelectual, alguien que está reflexionando y mirando críticamente "

Cristina Rivera Garza,
escritora

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