Luego de leer cualquier obra suya —una novela, un cuento o una antología de artículos—, me invade siempre la sensación de que la cultura es un alimento del alma (o, si se prefiere, de nuestra mente). Sustento de la personalidad humana, moral e intelectual, la cultura —que no exige sino esfuerzo tenaz cuando es auténtica— nos permite no sólo existir sino vivir —vivir bien, dirían los griegos: alcanzar el florecimiento humano, la eudaimonía—. Esta enseñanza subyace a la obra de Mario Vargas Llosa (1936-2025).En la época moderna, a menudo fría y sin brújulas, el rigor científico desplaza al dogma, y el individualismo a la tradición. Es en este contexto que la cultura (las obras humanas bellas e inteligentes que aguzan la sensibilidad, el juicio crítico y lo que Aristóteles llama phronēsis o sabiduría práctica) se convierte en la religión de quienes no tienen religión. Así fue para Vargas Llosa, agnóstico y librepensador hasta sus últimos días: consagró, al igual que su maestro Flaubert, su vida al culto de la belleza literaria.Pero, por otro lado, desarrolló un firme compromiso (engagement) ilustrado con los asuntos públicos de su tiempo. En esto fue fiel a André Malraux, a Raymond Aron, a Albert Camus y, sobre todo, a su héroe de juventud: Jean-Paul Sartre. Vargas Llosa aunó, pues, la literatura con la crítica política y cultural. Dos actividades que ejerció con una pasión inigualable y que, lejos de contradecirse, se complementaban: la literatura requiere libertad y tolerancia; y la literatura —pienso en la imaginación crítica y moral de la novela moderna— nutre a la vida pública.Contagiosa y exaltante, la devoción que el autor de Conversación en La Catedral (1969) profesaba por la cultura en todas sus formas era patente en sus libros, artículos e intervenciones públicas. Se trata de una suerte de “cocaína espiritual” (como llamó Fernando Savater a El arco y la lira, de Octavio Paz) que nos da el ánimo necesario para lidiar con la miseria y mediocridad de nuestro mundo y entrever una vida más plena y auténtica, como la de aquellas figuras que protagonizan las grandes ficciones que nos entusiasman hasta los huesos: Tirant lo Blanc, D’Artagnan, Jean Valjean, Kyo Gisors, Felícito Yanaqué.Por todo ello, la muerte de Vargas Llosa (el 13 de abril del 2025) es una pérdida irreparable para la cultura latinoamericana o, mejor, universal: “queriendo ser un escritor francés —escribe Carlos Granés en su prólogo a Un bárbaro en París. Textos sobre la cultura francesa (Alfaguara, 2023)—, acabó convirtiéndose en un peruano universal” (p. 18). Fue en París donde Vargas Llosa escribió sus dos primeras novelas y se hizo escritor:“Mis siete años parisinos fueron los más decisivos de mi vida. Aquí me hice escritor, en efecto, aquí descubrí el amor-pasión de que hablaban tanto los surrealistas y aquí fui más feliz, o menos infeliz, que en ninguna otra parte. Aquí me impregné de esa literatura francesa del XIX cuya fulgurante variedad y riqueza —Balzac, Flaubert, Stendhal, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud— todavía me siguen pareciendo sin parangón, ni en su tiempo ni en los venideros.” (p. 21)En una época en que el mundo audiovisual carece de contrapesos —pues incluso las novelas imitan a las series televisivas, y las pantallas corroen la atención de todos: desde los niños que aún no saben leer, hasta sus abuelos jubilados—, la voz del intelectual y del creador que, quijotesca y resueltamente, defiende la primacía de la palabra escrita y hablada resulta más imperiosa que nunca:“Algunos dirán que el cine y la televisión cumplen, en este siglo, la función de las antiguas novelas. (...) Sin desprecio alguno, y reconociendo la gran afición que hay por el cine en nuestro tiempo, es preciso reconocer la superioridad intelectual de la literatura, de las palabras y las ideas sobre las imágenes que dejan una huella bastante pasajera en nuestra mente.” (pp. 265-266)En efecto, leer a Vargas Llosa —y a cualquier clásico literario o filosófico— no es un mero entretenimiento cuyo fin es ahuyentar el tedio (como prender el televisor o revisar las redes sociales). Es una experiencia destinada a enriquecer nuestras vidas.Vargas Llosa enseña, en suma, que defender la cultura —su carácter universal y la lucidez y recogimiento que exige— frente a la dispersión e inmediatez de la imagen y de las redes sociales es preservar lo mejor que la civilización, pese a nuestro persistente tribalismo irracional, ha construido: el espíritu crítico y la pasión por la libertad.