Cultura

Un piano en una isla

Llama la atención la misteriosa aparición de un piano de cola en Cayo Vizcaíno

Joven de 16 años dejó piano 'como obra de arte'
'Aparece' piano de cola en medio del mar

GUADALAJARA, JALISCO (29/ENE/2011).- Entre todas las noticias que han surgido en esta agitada semana, desde locales hasta internacionales y, por qué no dado que se han hecho descubrimientos en el espacio exterior noticias extraterrestres, una en especial me ha llamado la atención e inspirado de manera notable.

La noticia se remite a la misteriosa aparición de un piano de cola en una isleta de arena frente a las costas de Cayo Vizcaíno, allá en los territorios del vecino del norte.

Al principio hubo quienes se adjudicaron indebidamente el hecho, al final, el jueves 27 de este mes de enero apareció alguien que con documentación innegable: un video del momento en que depositaba el piano, pudo demostrar plenamente el hecho y además, explicó la motivación tras de él.

En lo personal, hubiera preferido no enterarme de quien lo hizo, aunque su motivación fue exquisita: un “art performance” pensando en ingresar a la escuela de artes. Varios años de guardar el piano en el garage de la abuela, unos vándalos que lo tomaron y lo lanzaron a un canal de agua tras prenderle fuego, el rescate, el transporte en lancha hasta su locación final.

Prefiero no pensar más y sumergirme en el universo de la imaginación, pensar que muchas personas consideraran ese piano como algo depositado por un bromista sin más deseo que reír con quienes especularan con el origen de el hecho y su motivación.

Otros más secos habrán pensado en un pobre padre de familia con una esposa y algunos hijos e hijas obstinados en aporrear el teclado sin el menor asomo de la aptitud musical que haría de eso algo menos monótono o incluso escandaloso. Exiliar al piano lejos del hogar suele ser más económico que los divorcios.

También habrá quienes piensen que alguien decidió quen era más digno de un instrumento musical terminar sus días como refugio de la fauna, aunque tengo mis dudas sobre la visión de un polluelo de ave enredado en las cuerdas del piano, o imaginar la madera de sus patas, vencida por la sal y la intemperie, cediendo en el momento menos adecuado para la pobre creatura que sólo quería algo de sombra. No, definitivamente la belleza de este instrumento, obra del hombre para su placer artístico y expresión artística por sí mismo, debe estar ahí por una razón más noble.

La visión de el instrumento: viejo, pero todavía digno y bello, reposando en una isleta asimétrica, incluso con una forma que combina artísticamente con la de la caja del piano, rodeado de las aguas salvajes e inquietas, pero nobles y plenas de vida del océano, me inspira a pensar que pocos instrumentos musicales podrían haber aspirado a terminar sus días de forma más digna, más bella, fundiéndose con un arpegio de las olas, recibiendo la frescura de la brisa en su teclado, así como recibió la frescura de la inspiración alguna vez.

Me da por pensar: ¿Será así el cielo de los pianos?.

Un lugar donde la música sea diferente, pero más perfecta, eterna, constante... cambiante pero para los oídos profanos monótona, sin llegar a serlo jamás, por supuesto.

Un lugar donde el cielo, las estrellas, la lluvia y la marea canten una tonada eterna, y los pianos escuchen, se alegren y de vez en cuando, cuando caiga un guijarro o un trozo de estrella en sus cuerdas, aporten una nota pequeña, pero que hace la gran diferencia para toda la eternidad.

Ese piano debe haber sido bueno, artista, noble, paciente y dueño de una gran inspiración. Seguramente ese es el Paraíso para los pianos que mueren mereciendo la vida eterna, la dicha.

Ojalá nadie toque jamás esas teclas, que no profanen el eterno descanso en la dicha de un piano que debe haber merecido esa distinción. Esa isla, ese mar, ese murmullo de las olas es lo que todos quisiéramos tener en nuestro último y eterno destino.

EL INFORMADOR / Adrián Castañeda Fonseca

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