Cultura
Se acabaron los gurús
Martín Acosta, uno de los pilares de los escenarios en el país, reconoce el trabajo de los jóvenes
GUADALAJARA, JALISCO (10/OCT/2012).- Martín Acosta es uno de los directores más prolíficos del teatro en México. Ha dirigido más de setenta obras y aunque han pasado más de quince años, fue su Carta al artista adolescente el trabajo escénico que marcó toda una época y a toda una generación. Ha recibido numerosos premios nacionales y reconocimientos internacionales. Nació en Guanajuato, en 1964 y creció viendo cine. Fue quizá el trabajo de Wielopole, de Tadeusz Kantor o El enemigo de la clase, de Peter Stein, lo que le impulsó a crear su propia discurso. El trabajo de Mauricio Jiménez influyó en su imaginario y gracias a La secreta obscenidad de cada día recibió la beca para la residencia en Art Awareness en Nueva York con un proyecto sobre Joyce. Lo demás, es historia.
Martín hoy puede hablar en retrospectiva, sin dejar de apuntar a la construcción de su trabajo de madurez. “ A mí me relajó mucho el hecho de saber que no iba a ser Peter Brook... claro, después de una profunda depresión”, señala divertido. “Hay un código al cual ya no pertenezco, como el lenguaje de Viqueira”.
Es miembro del Sistema Nacional de Creadores y su trabajo está enfocado a los dramaturgos menores de treinta años, porque “la idea generacional me choca, me hace sentir institucional y no lo soy. Necesito enfrentarme a textos provocadores, porque tienen eso de la irresponsabilidad juvenil que es algo que me gusta en Enrique Olmos de Ita”. Autor de El amor como un simio, que se presentará en breve en Santader, bajo la dirección de Acosta, se une a esa voz nacional que subraya a Legom como un motor que abrió nuevos caminos.
Recientemente dirigió Timbuctú, de Ricaño, obra producida por la Universidad de Guadalajara, que se presentó en Los Angeles, California y también en Guadalajara, a donde volverá en marzo del 2013. Por lo pronto y entre otras cosas, trabaja un texto con David Gaitán.
—Teatro para jóvenes ¿dónde sitúa el poder de los jóvenes en el mundo?
—Siempre en cualquier momento histórico son los que tienen la capacidad del cambio y también la curiosidad y la mirada puesta en otro lugar. Son el factor del cambio en todos los sentidos, a favor y en contra.
—¿Y dónde sitúa el poder del teatro?
—En el teatro confluyen muchas fuerzas; lo nuevo y la tradición. El teatro es un arte de tradición, no es un arte propiamente vanguardista. Nos molesta decirlo. Yo soy maestro y convivo con los jóvenes y cuando hablamos de técnica versus talento parece que es irritante, como si el teatro surgiera de la inspiración pura. En el teatro es raro que surjan genios. Hay un código al cual yo ya no pertenezco, al lenguaje de Viqueira yo ya no tengo acceso, vi Desaire de Elevadores, de Alberto Villarreal y me parece que está en el pináculo de su creatividad, tiene una capacidad y una energía impresionante.
—Martín Acosta es punto de referencia, de arranque, de ruptura, de negación. Has marcado a mucha gente ¿qué haces con eso?
—Sí me doy cuenta pero no lo busqué. Creo que en el teatro de este país hubo un bache entre Mendoza, Gurrola, Margules, Luis de Tavira, entre todos ellos y mi generación, la de los cincuenta años, hay un vacío de 15 años de directores. Luego vienen ahora Alberto Villarreal o un Hugo Arrevillaga con toda su obra y con Incendios.
—Hemos traspasado la era de la información, el mundo virtual ¿para qué vamos al teatro?
—Pues es una pregunta bien ochentera. Tiene que ver con la reflexión que Luis de Tavira hace sobre la decadencia de la humanidad, no es el teatro el que está en crisis, es la humanidad. Creo que el público va al teatro porque es un paliativo de la soledad. Vamos a un espacio a ponernos en contacto con el ser humano.
—Decía Peter Brook que la catarsis es un concepto que hemos comenzado a olvidar ¿Crees que el espectador de hoy está dispuesto a la catarsis?
—Yo creo que sí, yo creo que la necesitamos muchísimo. Incendios es la prueba de eso. Fue la obra que me permitió ver a los espectadores.
—La crisis ¿nos hará mejores?
—Siempre, la crisis nos mejora, lo cual me da coraje. Las economías de avanzada no tienen el mejor teatro, Inglaterra tiene un teatro aburridísimo, pero por otro lado Alemania tiene un teatro maravilloso.
—¿Para que sirve la libertad?
—La libertad nos emborracha y nos hace tontos, creo que la única libertad que tenemos que respetar es la de nuestra conciencia. Con frecuencia echamos la culpa a los demás de lo que no quisimos hacer.
Los gurús se acabaron. Yo seguí a Barba por años. Ahora está más repartido.
Se han roto paradigmas
FRASE
"La libertad nos emborracha y nos hace tontos, tenemos que respetar nuestra conciencia "
Martín Acosta, director escénico
Martín hoy puede hablar en retrospectiva, sin dejar de apuntar a la construcción de su trabajo de madurez. “ A mí me relajó mucho el hecho de saber que no iba a ser Peter Brook... claro, después de una profunda depresión”, señala divertido. “Hay un código al cual ya no pertenezco, como el lenguaje de Viqueira”.
Es miembro del Sistema Nacional de Creadores y su trabajo está enfocado a los dramaturgos menores de treinta años, porque “la idea generacional me choca, me hace sentir institucional y no lo soy. Necesito enfrentarme a textos provocadores, porque tienen eso de la irresponsabilidad juvenil que es algo que me gusta en Enrique Olmos de Ita”. Autor de El amor como un simio, que se presentará en breve en Santader, bajo la dirección de Acosta, se une a esa voz nacional que subraya a Legom como un motor que abrió nuevos caminos.
Recientemente dirigió Timbuctú, de Ricaño, obra producida por la Universidad de Guadalajara, que se presentó en Los Angeles, California y también en Guadalajara, a donde volverá en marzo del 2013. Por lo pronto y entre otras cosas, trabaja un texto con David Gaitán.
—Teatro para jóvenes ¿dónde sitúa el poder de los jóvenes en el mundo?
—Siempre en cualquier momento histórico son los que tienen la capacidad del cambio y también la curiosidad y la mirada puesta en otro lugar. Son el factor del cambio en todos los sentidos, a favor y en contra.
—¿Y dónde sitúa el poder del teatro?
—En el teatro confluyen muchas fuerzas; lo nuevo y la tradición. El teatro es un arte de tradición, no es un arte propiamente vanguardista. Nos molesta decirlo. Yo soy maestro y convivo con los jóvenes y cuando hablamos de técnica versus talento parece que es irritante, como si el teatro surgiera de la inspiración pura. En el teatro es raro que surjan genios. Hay un código al cual yo ya no pertenezco, al lenguaje de Viqueira yo ya no tengo acceso, vi Desaire de Elevadores, de Alberto Villarreal y me parece que está en el pináculo de su creatividad, tiene una capacidad y una energía impresionante.
—Martín Acosta es punto de referencia, de arranque, de ruptura, de negación. Has marcado a mucha gente ¿qué haces con eso?
—Sí me doy cuenta pero no lo busqué. Creo que en el teatro de este país hubo un bache entre Mendoza, Gurrola, Margules, Luis de Tavira, entre todos ellos y mi generación, la de los cincuenta años, hay un vacío de 15 años de directores. Luego vienen ahora Alberto Villarreal o un Hugo Arrevillaga con toda su obra y con Incendios.
—Hemos traspasado la era de la información, el mundo virtual ¿para qué vamos al teatro?
—Pues es una pregunta bien ochentera. Tiene que ver con la reflexión que Luis de Tavira hace sobre la decadencia de la humanidad, no es el teatro el que está en crisis, es la humanidad. Creo que el público va al teatro porque es un paliativo de la soledad. Vamos a un espacio a ponernos en contacto con el ser humano.
—Decía Peter Brook que la catarsis es un concepto que hemos comenzado a olvidar ¿Crees que el espectador de hoy está dispuesto a la catarsis?
—Yo creo que sí, yo creo que la necesitamos muchísimo. Incendios es la prueba de eso. Fue la obra que me permitió ver a los espectadores.
—La crisis ¿nos hará mejores?
—Siempre, la crisis nos mejora, lo cual me da coraje. Las economías de avanzada no tienen el mejor teatro, Inglaterra tiene un teatro aburridísimo, pero por otro lado Alemania tiene un teatro maravilloso.
—¿Para que sirve la libertad?
—La libertad nos emborracha y nos hace tontos, creo que la única libertad que tenemos que respetar es la de nuestra conciencia. Con frecuencia echamos la culpa a los demás de lo que no quisimos hacer.
Los gurús se acabaron. Yo seguí a Barba por años. Ahora está más repartido.
Se han roto paradigmas
FRASE
"La libertad nos emborracha y nos hace tontos, tenemos que respetar nuestra conciencia "
Martín Acosta, director escénico