Cultura

Los autores que cuentan historias son sospechosos, dice Orejudo

Califican ''Ventajas de viajar en tren'', del escritor español, Antonio Orejudo, como una ''obra maestra''

CIUDAD DE MÉXICO (13/FEB/2013).- Acostumbrados como estamos a escuchar cómo intentan vendernos todo lo que se publica en la otrora llamada Madre Patria como si de Premios Nobel se tratara, un asunto que tiene que ver más con el negocio editorial -cuyos hilos castizos se tejen, como es sabido, en Barcelona y Madrid- que con la verdadera calidad literaria, es poco lo que nos sorprende de aquellos lares.

Con el extraordinario momento que vive la literatura mexicana contemporánea, con Argentina, Colombia y Chile surtiendo siempre de grandes plumas al acervo de la narrativa en español, ¿para qué necesitamos lo nuevo de un escritor tan menor como Quim Monzó?

Ni Javier Cercas, ni siquiera el archipublicitado y sobrevalorado Enrique Vila-Matas, justifican el reinado de la narrativa española en nuestros territorios. La verdadera literatura en ese idioma se cuece muy lejos de Madrid y de Barcelona, digan lo que digan los mercaderes.

Por eso celebramos con bombos, platillos y euforia de grada futbolera hallazgos tan gratos como el de Antonio Orejudo (Madrid, 1963).

La verdad es que pocas veces llegan a nuestras manos novelas tan poderosamente adictivas como esta obra que ha hecho del español, sin duda, el narrador más interesante de su generación.

Ventajas de viajar en tren (Tusquets), que Juan José Millás ha calificado con justicia como “una obra maestra”, no es su trabajo reciente. De hecho, en octubre pasado el autor estuvo en México para presentar Un momento de descanso (Tusquets).

Publicada en 2000, este trabajo de un autor que no es prolífico (ni falta que hace) revivifica el placer de leer mediante una narrativa al servicio de la imaginación más febril y esclava de la verdadera realidad, es decir, ese hiperrealismo absurdo llamado existencia humana donde todo puede suceder, menos lo esperado, jamás lo previsible.

Ese poder para captar la tragicomedia de la cotidianeidad sin verse compelido a seguir una narrativa lineal con el afán de “contarnos una historia”, hace de Orejudo un escritor distinto a la vieja usanza: el humor es un motor encendido en el borde de la muerte, en las simientes del horror, al pie siempre de la locura.

Lo nauseabundo, lo feo, lo deforme, lo podrido conviven con nosotros mucho más de lo que cualquiera de nosotros se animaría a admitir. Y Ventajas de vivir en tren, una novela coprofílica y demente, regala sin embargo lucidez y buen sabor de boca por los cuatro costados.

La sumisión a seres crueles que en nombre del amor nos cuelgan un collar y nos hacen comer en el piso, el desprecio de los exitosos y de quienes “lograron algo en la vida” hacia los que se salen del carril o simplemente no muestran interés por las zanahorias de la realización personal que nos clavan la publicidad y los jefes, devienen en gran parábola de la existencia humana en estos tiempos febriles.

De la basura saca Orejudo su gran oda de solidaridad con la especie. Y leerlo, en el medio de las arcadas y del asco más burdo, nos da esperanza, nos da alegría.

La intelectualidad, las historias, los sospechosos de siempre

“Se ha intelectualizado tanto la literatura que los narradores puros, es decir, los autores que quieren contar y disfrutan contando, se ven con cierta sospecha”, dice el escritor en entrevista con SinEmbargo.

“Narrar es lo que sé hacer, no quiero reflexionar mucho al respecto y si hay reflexión que nazca de la propia peripecia”, agrega.

- Peripecia es una buena palabra comenzar a hablar de Ventajas de viajar en tren. ¿Te salieron las historias tan fáciles como resultan al ser leídas?

- De ninguna manera (risas). Mi manera de trabajar es bastante caótica. No soy de ese tipo de escritores, que los hay y también admiro, que antes de ponerse a escribir tienen el mapa completo. Empiezo sin preocuparme demasiado hacia dónde voy. Al cabo de un año o un año y medio, el resultado de eso es un material voluminoso pero incongruente, sin sentido. Entonces paso a una segunda etapa, que me gusta mucho más por cierto, es más descansada. Porque lo que me agota es inventar. En esa segunda etapa, suprimo, cambio, “cocino” el material y hay un momento en que eso que era una masa informe y sin sentido, cobra sentido y ya, he montado la novela. Es cuando descubro lo que quería contar con ella.

- Ventajas de viajar en tren parece una novela del siglo XIX. Es decir, por un lado es una novela muy moderna que transcurre en un paisaje antiguo. En ese sentido, una de las reflexiones que convoca es el hecho de que estamos rodeados de lo horrible, de lo feo, mucho más de lo que nos animamos a admitir. Y en medio de lo feo, queremos vivir de todos modos. Es una novela esperanzadora, por tanto…

- Sí, creo que sí, pese a los episodios oscuros que narra se trata de una novela alegre. Los hechos son lóbregos, barrocos en el peor sentido de la palabra, pese a lo cual tanto Ventajas de viajar en tren como Un momento de descanso, son novelas alegres que celebran la narración, el modo de contar.

- Ese modo de sacar de la mierda lo que somos también en un punto es un testimonio de vitalidad plena.

- Defiendo siempre que el lugar de la novela es el realismo…

- El hiperrealismo…

- Totalmente. Viendo la prensa, por ejemplo, me he encontrado con episodios que superan en crece a los narrados en mis novelas.

Una elegía alegre por el mundo que se va

- Por nombrar a un escritor que dijiste admirar como Roberto Bolaño, creo que hasta 2666 no pensábamos que la universidad iba a volver a ser un tema literario tan generoso. Un momento de descanso es la vida y la muerte en la universidad…

- ¿Sabes lo que pasa con la universidad española? No sé si con la latinoamericana también, pero lo dice uno de los personajes de Un momento de descanso: “el problema de novelizar la universidad es que en la realidad es tan disparatada, que si la trasladas a una novela te sale una astracanada”, es decir, algo absurdo.

- Y con ese pasado universitario que tienes y te condena, ¿realmente ser escritor es un fracaso, según el punto de vista de los académicos?

- Bueno, creo que el gran fracaso de las humanidades en nuestra educación, no se puede achacar únicamente a la ignorancia de la gente y a la barbarie reinante, sino también a que los humanistas hemos fracasado en nuestra manera de enseñarla. No conozco ninguna disciplina que se enseñe igual durante un siglo y la literatura en nuestras universidades se imparte igual que cuando lo hacía Menéndez Pelayo en el siglo XIX.

- Un momento de descanso es también una novela sobre la derrota, ¿verdad?

- Creo que es una elegía alegre por un mundo que se va y por una actitud cada vez más extendida, que es la claudicación, la traición a tus propios principios. Mi país se ha ido al carajo entre otras cosas por la corrupción, pero la corrupción no es solamente recibir un cheque por debajo, la corrupción se da también a cambio de una cátedra universitaria.

- En ese contexto, uno entiende la renuncia final del profesor…es un poco como decir, bueno, no viene mal relajarse un poco, parar…

- Yo he renunciado a pequeñas cosas también y creo que todos en cierto momento renunciamos a algo y quiero aprender de Cervantes a tener esa mirada comprensiva hacia la miseria humana, esa mirada no juzgadora.

- El humor de tus novelas no es cínico, es buscar la risa abierta, contagiosa…no debe de ser nada fácil transmitir ese humor…

- El humor es algo individual y la tragedia algo universal, por eso es más difícil hacer reír. Tengo mucho respeto por el humor y lamento mucho que en la tradición literaria española el humor esté tan desprestigiado, cuando en realidad muchos de nuestros libros son humorísticos. Empieza por el Libro del bueno amor, La Celestina, que se explica muy mal a los niños, pero es un libro muy desvergonzado, El Quijote, El Lazarillo de Tormes, en fin…

Con información de Agencia Sinembargo.mx

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