Cultura
Humor y algo de perversión, con Mariscal
A sus 62 años, durante el recorrido por la exposición, se mostró fiel a su personaje: desplegó humor y crítica, y no faltó algo de esa perversión que, como ha escrito su colega Juli Capella, impregna toda su obra
MADRID, ESPAÑA (20/JUN/2012).- Al mal tiempo, Mariscal ha decidido ponerle buena cara. Su estudio en Barcelona se ha visto menguado a la mitad de personal, que era como una familia, y los encargos también. Pero él ahora está en Madrid con la exposición Mariscal en el Museo ABC, abierta hasta mediados de septiembre, en la que se hace un sucinto recorrido por su historia de enfant y diseñador terrible. A sus 62 años, durante el recorrido por la exposición, se mostró fiel a su personaje: desplegó humor y crítica, y no faltó algo de esa perversión que, como ha escrito su colega Juli Capella, impregna toda su obra “apta para menores, y sin embargo tan perversa”.
Comenzó el recorrido con una confesión: “Desde pequeño supe que era disléxico y me agarré al dibujo como un medio para sobrevivir. Estaba en la cocina y dibujaba hasta la cafetera, y así, dibujando los objetos, empecé a entender la vida”. Nació en Valencia en 1950, pero se fue a Barcelona porque “olía a imprenta”. Y debutó, con Nazario, haciendo cómics, porque no tenía un duro y era lo más fácil, según contó. “Publicamos historietas y los vendíamos en los bares por la noche. Era una manera de conectar con el público, que era lo que me interesaba’.
Luego vendría una de las carreras más polifacética y reconocida en el mundo del diseño, en la que no faltó de nada: portadas de discos, del New Yorker o etiquetas corporativas; libros, mobiliario, pintura, escultura...
Delante de una pared con algunos de sus personajes míticos de la colección de los Garriris (1999-2010), explicó algunos de los gajes de su oficio. “Siempre juego con la perspectiva, creo que es la manera más sofisticada de mirar, jugando. Si odio tanto a las universidades es porque son centros que tapan a la gente esa capacidad de jugar”.
Luego sacó de su bolsillo un iPhone y reflejó su empeño en poner al día el lenguaje gráfico. “Nunca he sabido a qué día del mes estamos o si hoy es martes o viernes. Y ahora sé por el teléfono”. Así que no tardó en adoptar el iPad para su trabajo. “Con algunas de sus aplicaciones dibujo con el dedo. Puedes llegar a hacer dibujos muy sofisticados, por ejemplo, en un rato de espera en el aeropuerto. La semana que viene sale en la portada del New Yorker una ilustración que hice con él en casa de una amiga de Madrid”.
¿Y qué es lo que más le gusta dibujar? “Las mujeres y más, desnudas. Es de las cosas más bonitas que hay”. Así que no lo dudó. Miró a su alrededor e invitó (finamente) a las periodistas a desnudarse. “Algunas os desnudáis y os hago un dibujo. Esto os da la risa, pero desnudas soléis estar mucho más guapas”.
La identidad corporativa (“darle alma e identidad a las empresas”) es otra faceta esencial del diseñador gráfico. ¿Los mejores en esto? “La Iglesia de Roma, son los que más saben, cuando cogen un pan de hostia y dicen que se convierte en cuerpo de Cristo, ¿qué mejor marketing? Es muy necesario nombrar a las cosas”. Y así en la exposición desfilan sus trabajos para Bancaja (“hoy Bankia”, dijo sin esquivarlo); para el hotel Puerta de América; las bolsas de Vinçon, “un elemento fundamental de comunicación”; las portadas de los CD Lágrimas negras o Chico y Rita; las etiquetas del vino Espelt, “que hace poco vino, pero muy bueno y barato”, o la imagen del hospital infantil de Sant Juan de Dèu. En este caso, la función del diseño es ayudar. En otros, como el libro 1,080 recetas de cocina, de Simone Ortega (Phaidon), es “explicar la manera de vivir”.
¿Y qué es lo que más le gusta dibujar? “Las mujeres y más, desnudas. Es de las cosas más bonitas que hay”
Con información de El País
Comenzó el recorrido con una confesión: “Desde pequeño supe que era disléxico y me agarré al dibujo como un medio para sobrevivir. Estaba en la cocina y dibujaba hasta la cafetera, y así, dibujando los objetos, empecé a entender la vida”. Nació en Valencia en 1950, pero se fue a Barcelona porque “olía a imprenta”. Y debutó, con Nazario, haciendo cómics, porque no tenía un duro y era lo más fácil, según contó. “Publicamos historietas y los vendíamos en los bares por la noche. Era una manera de conectar con el público, que era lo que me interesaba’.
Luego vendría una de las carreras más polifacética y reconocida en el mundo del diseño, en la que no faltó de nada: portadas de discos, del New Yorker o etiquetas corporativas; libros, mobiliario, pintura, escultura...
Delante de una pared con algunos de sus personajes míticos de la colección de los Garriris (1999-2010), explicó algunos de los gajes de su oficio. “Siempre juego con la perspectiva, creo que es la manera más sofisticada de mirar, jugando. Si odio tanto a las universidades es porque son centros que tapan a la gente esa capacidad de jugar”.
Luego sacó de su bolsillo un iPhone y reflejó su empeño en poner al día el lenguaje gráfico. “Nunca he sabido a qué día del mes estamos o si hoy es martes o viernes. Y ahora sé por el teléfono”. Así que no tardó en adoptar el iPad para su trabajo. “Con algunas de sus aplicaciones dibujo con el dedo. Puedes llegar a hacer dibujos muy sofisticados, por ejemplo, en un rato de espera en el aeropuerto. La semana que viene sale en la portada del New Yorker una ilustración que hice con él en casa de una amiga de Madrid”.
¿Y qué es lo que más le gusta dibujar? “Las mujeres y más, desnudas. Es de las cosas más bonitas que hay”. Así que no lo dudó. Miró a su alrededor e invitó (finamente) a las periodistas a desnudarse. “Algunas os desnudáis y os hago un dibujo. Esto os da la risa, pero desnudas soléis estar mucho más guapas”.
La identidad corporativa (“darle alma e identidad a las empresas”) es otra faceta esencial del diseñador gráfico. ¿Los mejores en esto? “La Iglesia de Roma, son los que más saben, cuando cogen un pan de hostia y dicen que se convierte en cuerpo de Cristo, ¿qué mejor marketing? Es muy necesario nombrar a las cosas”. Y así en la exposición desfilan sus trabajos para Bancaja (“hoy Bankia”, dijo sin esquivarlo); para el hotel Puerta de América; las bolsas de Vinçon, “un elemento fundamental de comunicación”; las portadas de los CD Lágrimas negras o Chico y Rita; las etiquetas del vino Espelt, “que hace poco vino, pero muy bueno y barato”, o la imagen del hospital infantil de Sant Juan de Dèu. En este caso, la función del diseño es ayudar. En otros, como el libro 1,080 recetas de cocina, de Simone Ortega (Phaidon), es “explicar la manera de vivir”.
¿Y qué es lo que más le gusta dibujar? “Las mujeres y más, desnudas. Es de las cosas más bonitas que hay”
Con información de El País