Cultura
El fracaso y el éxito hilados en escena
La obra de teatro Más pequeños que el Guggenheim invita a la reflexión a través de la comedia
GUADALAJARA, JALISCO (11/ABR/2011).- Son cuatro personas en escena, pero pueden ser ocho o hasta 16 personajes al mismo tiempo. “A veces nada el pato”, dice uno de los personajes que no entiende el significado del refrán popular porque no tiene la otra parte, el complemento que cita: “y otras ni agua bebe”. La posibilidad de poder reinventarse en menos de 90 minutos ocurre en la obra de teatro Más pequeños que el Guggenheim, que fue presentada el pasado sábado en el Teatro Experimental de Jalisco. Una pieza que invita a una tierna reflexión del mundo del teatro, de la vida, de la amistad y sobre todo de la sobrevivencia.
Dialogada y narrada a partir de dos localidades dispares, España y México, y por los personajes Sunday y Gorka, interpretados por Adrián Vázquez y Austin Morgan respectivamente, encuentran en el teatro la única salida para ver desde fuera sus vidas. Después, entran otros dos personajes, Jam y Al, interpretados por Hamlet Ramírez y Miguel Corral. Los cuatro necesitan recrear sus historias arriba de un escenario. En el proceso, sin darse cuenta El Experimental también forma parte del ciclo.
La historia es sencilla, la realidad no. Gorka es un treintañero rozando los límites de la juventud. Sunday también. Gorka es un dramaturgo que ha curtido su talento entre los pasillos de limpieza y los estantes de libros en un Walt Mart.
Sunday es su mejor amigo, y también lo fue en España, pero después del fracaso en las tierras ibéricas se han dejado de ver 10 años. Gorka, quien recibió ese nombre porque su papá era un vasco que quería que su primogénito llevase el nombre de Jorge en la lengua de sus ancestros, ahora está deprimido. Tiene que ganar una beca para jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) para producir una obra de teatro que hable sobre el fracaso de dos teatristas en su viaje a España.
“Teatro significa sacrificio… viene del latín, o bueno, del griego; tea es sacri y tro es ficio; teatro sacrificio, ¿entienden?” con esas líneas es como Gorka intenta seducir a Jam y Al para que participen en un proyecto que no tiene final. Una obra que Gorka ha escrito para contar lo que paso hace una década, este hombre necesita recrear lo que sucedió en ese viaje a España, donde acompañado de Sunday conoció el Museo Guggenheim.
“Cuando la realidad se acaba, lo único que nos queda es vivir en los sueños”, dice uno de los personajes ya casi al final de la obra, cuando el espectador ha reído, ha llorado, ha reflexionado pero también ha sido parte de ese proyecto, de esa obra que nunca existió más que en la mente de dos personajes, o quizá de cuatro, o tal vez ocho o 16; nadie lo sabe. Todo se reinventa pero queda la idea de que la muerte no está cuando una noche se termina la vida, sino cuando empieza la soledad.
Más pequeños que el Guggenheim habla de lo insignificante que se puede ser, pero también de lo gigante que se puede llegar a sentirse una persona cuando está acompañada.
La obra es un proyecto producido por el colectivo teatral Los Guggenheim formado por las compañías La talacha teatro, Los tristes tigres y Embalaje teatral. Escrito y dirigido por Alejandro Ricaño, Más pequeños que Guggenheim demostró la noche del sábado con un teatro lleno que las artes escénicas necesitan un poco más de reflexión sobre su propia insignificancia para entender que a veces nada el pato, pero otras ni agua bebe.
Dialogada y narrada a partir de dos localidades dispares, España y México, y por los personajes Sunday y Gorka, interpretados por Adrián Vázquez y Austin Morgan respectivamente, encuentran en el teatro la única salida para ver desde fuera sus vidas. Después, entran otros dos personajes, Jam y Al, interpretados por Hamlet Ramírez y Miguel Corral. Los cuatro necesitan recrear sus historias arriba de un escenario. En el proceso, sin darse cuenta El Experimental también forma parte del ciclo.
La historia es sencilla, la realidad no. Gorka es un treintañero rozando los límites de la juventud. Sunday también. Gorka es un dramaturgo que ha curtido su talento entre los pasillos de limpieza y los estantes de libros en un Walt Mart.
Sunday es su mejor amigo, y también lo fue en España, pero después del fracaso en las tierras ibéricas se han dejado de ver 10 años. Gorka, quien recibió ese nombre porque su papá era un vasco que quería que su primogénito llevase el nombre de Jorge en la lengua de sus ancestros, ahora está deprimido. Tiene que ganar una beca para jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca) para producir una obra de teatro que hable sobre el fracaso de dos teatristas en su viaje a España.
“Teatro significa sacrificio… viene del latín, o bueno, del griego; tea es sacri y tro es ficio; teatro sacrificio, ¿entienden?” con esas líneas es como Gorka intenta seducir a Jam y Al para que participen en un proyecto que no tiene final. Una obra que Gorka ha escrito para contar lo que paso hace una década, este hombre necesita recrear lo que sucedió en ese viaje a España, donde acompañado de Sunday conoció el Museo Guggenheim.
“Cuando la realidad se acaba, lo único que nos queda es vivir en los sueños”, dice uno de los personajes ya casi al final de la obra, cuando el espectador ha reído, ha llorado, ha reflexionado pero también ha sido parte de ese proyecto, de esa obra que nunca existió más que en la mente de dos personajes, o quizá de cuatro, o tal vez ocho o 16; nadie lo sabe. Todo se reinventa pero queda la idea de que la muerte no está cuando una noche se termina la vida, sino cuando empieza la soledad.
Más pequeños que el Guggenheim habla de lo insignificante que se puede ser, pero también de lo gigante que se puede llegar a sentirse una persona cuando está acompañada.
La obra es un proyecto producido por el colectivo teatral Los Guggenheim formado por las compañías La talacha teatro, Los tristes tigres y Embalaje teatral. Escrito y dirigido por Alejandro Ricaño, Más pequeños que Guggenheim demostró la noche del sábado con un teatro lleno que las artes escénicas necesitan un poco más de reflexión sobre su propia insignificancia para entender que a veces nada el pato, pero otras ni agua bebe.