Cultura
El Mundo Alucinante
Hermosos y malditamente caros
GUADALAJARA, JALISCO (25/SEP/2011).- Hace unos días comenté, en un espacio radiofónico en el que colaboro, los pormenores de una novela británica, que en México sólo se consigue importada de España. El precio de lista del volumen en la cadena especializada más grande del país es de 480 pesos. “Ponte a trabajar en vez de recomendar libros caros”, me reprochó un indignado radioescucha. “Por eso no se lee en México”, agregó otro, aventurándose a los terrenos de la sociología. ¿Qué podía responderles? La realidad es que tuve acceso a la novela porque el departamento de prensa de su editorial, muy amablemente, me envió un ejemplar. Yo tampoco hubiera podido permitírmela. “Para eso, mejor cerrar la boca”, me amonestó un conocido.
Sí. Me temo que a mí también me parecen caros muchos libros, en especial las novedades atractivas. Como todo padre de familia, siento que me sacan la piel a tiras cada vez que piso una librería. Saco cuentas y los precios dan la impresión de ser adecuados solamente para que los pague el sultán de Brunei, el propietario de una telefónica, un futbolista o un narcotraficante. Con el matiz añadido –y deprimente- de que ninguno de tales seres compra libros.
Hagamos el tradicional ejercicio de los periodistas para calcular si algo es caro: un trabajador que perciba el salario mínimo tendría que dedicar nueve días íntegros de sus ingresos mensuales a la compra del libro que comenté, en el supuesto de que ni él ni sus hipotéticos hijos coman o beban y su casa sea propia. Puesto así, la obra es prácticamente un yate y resulta de un gusto pésimo haberla citado: contar dinero enfrente de los pobres, le dicen.
Ahora bien: en el mismo espacio radiofónico –y en otros muchos- se hacen continuamente comentarios sobre productos tecnológicos –tanto aparatejos como programas y aplicaciones para los mismos- sin que nadie proteste ni se rasgue los trapos. No es imposible que el radioescucha que criticó la selección del título lo hiciera desde un chunche de siete mil pesos con un acceso a internet de mil al mes.
Son caros los libros, pero mucho más lo es la multitud de porquerías electrónicas que la gente compra por miles de pesos sin chistar y sin acordarse del salario mínimo. ¿Cuántos días debería trabajar un asalariado común, por ejemplo, para comprar una MacBookPro que, en su modalidad más onerosa, termina por costar lo mismo que un automóvil? Un año o dos, si no cae muerto de hambre.
“Te reto a que te comas un libro”, me espetó uno de los comentadores, en el fragor de la discusión. Yo lo reto a que se desayune el celular touch desde el que me amonestó.
Sí. Me temo que a mí también me parecen caros muchos libros, en especial las novedades atractivas. Como todo padre de familia, siento que me sacan la piel a tiras cada vez que piso una librería. Saco cuentas y los precios dan la impresión de ser adecuados solamente para que los pague el sultán de Brunei, el propietario de una telefónica, un futbolista o un narcotraficante. Con el matiz añadido –y deprimente- de que ninguno de tales seres compra libros.
Hagamos el tradicional ejercicio de los periodistas para calcular si algo es caro: un trabajador que perciba el salario mínimo tendría que dedicar nueve días íntegros de sus ingresos mensuales a la compra del libro que comenté, en el supuesto de que ni él ni sus hipotéticos hijos coman o beban y su casa sea propia. Puesto así, la obra es prácticamente un yate y resulta de un gusto pésimo haberla citado: contar dinero enfrente de los pobres, le dicen.
Ahora bien: en el mismo espacio radiofónico –y en otros muchos- se hacen continuamente comentarios sobre productos tecnológicos –tanto aparatejos como programas y aplicaciones para los mismos- sin que nadie proteste ni se rasgue los trapos. No es imposible que el radioescucha que criticó la selección del título lo hiciera desde un chunche de siete mil pesos con un acceso a internet de mil al mes.
Son caros los libros, pero mucho más lo es la multitud de porquerías electrónicas que la gente compra por miles de pesos sin chistar y sin acordarse del salario mínimo. ¿Cuántos días debería trabajar un asalariado común, por ejemplo, para comprar una MacBookPro que, en su modalidad más onerosa, termina por costar lo mismo que un automóvil? Un año o dos, si no cae muerto de hambre.
“Te reto a que te comas un libro”, me espetó uno de los comentadores, en el fragor de la discusión. Yo lo reto a que se desayune el celular touch desde el que me amonestó.