Cultura

Desastres

No es extraño que sea, sí, es extraño que lo diga: mi cuerpo me hace falta, esos miedos que vienen sin aviso a cualquier hora

Viene la pregunta y la dejo estar junto a mi pecho, la aprieto contra mí: ¿Por qué todos tienen que tener un amor? ¿Por qué esa hambre de pertenecer? Yo no quiero decir nombres, pero los nombres me traspasan, atraviesan mi cuerpo con sus significados volátiles, se quedan aquí, envolviendo con su aura de cosa lejana mi cuerpo que se mueve solo, con sus dedos de las manos y sus pies, este cuerpo que es testigo y teatro, fotografía móvil de mí misma y barco que zarpa cada mañana hacia lo que se debe hacer. Mi cuerpo, lugar donde vivo. Nadie nos enseñó que esta fortaleza nos pertenece por entero, por eso sus jardines de cabello agreste que caen sobre los ojos deberían ser debidamente cultivados, por eso lo profundo de las entrañas, debiera ser limpio lugar, pero es desastre imposible de describir sin horror, debería ser un distinto sitio, uno, donde se pudiera ir a morir en paz.

Este lugar que soy, la concreta manera en que la piel cubre mis huesos y mis músculos, no es signo de nada, es solo ser. Esto soy, y la mano que mi mano derecha busca, debería ser la izquierda pegada a mi brazo izquierdo. No es extraño que sea, sí, es extraño que lo diga: mi cuerpo me hace falta, esos miedos que vienen sin aviso a cualquier hora, algo dicen de él que todavía no sé, tan acostumbrada como estoy a verlo siempre en el espejo, tan igual que me habita cada que lavo mis pantorrillas, y lo veo y me veo. Sé que no es un juego de espejos, es más bien una colección de poleas, una fábrica de elementos químicos, un pretexto para hacerme ver por los demás, no talismán ni símbolo (insisto), sino este concreto sitio que se mueve con mi nombre y mis pensamientos siempre.

Conoce lo sagrado, está en la sed que acalora los labios, en el cansancio en la espalda, lo sagrado lo toca porque se cree inconcreto a pesar de todo. La inconcreción le viene de la muerte, a la que mi cuerpo no teme, simplemente no cree que exista; con esa certeza camina y se duerme siempre.

Mi cuerpo está conmigo y a nadie pertenece. Lo dice mi mirada que contempla mis manos bajo el sol de vidrio que se come la oscuridad a puños.

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