Cultura
Cien ventanas a un siglo de arquitectura
''100 X 100 Arquitectos del siglo XX en México'' es una suerte de diccionario de la especialidad, que acaba de publicar Arquine
GUADALAJARA, JALISCO (11/OCT/2011).- Para los que creen que la arquitectura mexicana se puede explicar con unos cuantos nombres como Luis Barragán, Ricardo Legorreta, Juan O’Gorman y otras pocas figuras destacadas, el libro 100x100 arquitectos del siglo XX en México puede ayudar a desmitificar lo anterior y ampliar los horizontes.
La publicación puede leerse-interpretarse de cuantas maneras se antoje: desde personajes como el italiano Adamo Boari, quien fue el predilecto de Porfirio Díaz (diseñó el Palacio de Bellas Artes y el Expiatorio, en Guadalajara), hasta autores de casas campesinas o de estilo internacional; de la arquitectura del porfiriato a la postrevolucionaria, de las Olimpiadas del 68 al terremoto del 85, “de una arquitectura colorida a la sequía cromática de la generación posterior a los seguidores de Barragán tras el Premio Pritzker”, de Monterrey a la Ciudad de México, o de la industria a la revaloración de lo artesanal…
Fernanda Canales y Alejandro Hernández son los autores de esta investigación que –en sus palabras – se aleja del historicismo, pero intenta tener una lectura desde el siglo XXI de la modernidad arquitectónica en México, trazando líneas temporales y conexiones dinámicas entre los arquitectos, las edificaciones, las escuelas y los vínculos que hubo entre maestros-alumnos.
Se trata, pues, de un vistazo a “una arquitectura a caballo entre la herencia y la vanguardia; la crisis y la exuberancia, una arquitectura tan plástica como simbólica. Tan mitificada como desconocida. Una arquitectura que no cabría en este libro ni en ninguna”, explican en la introducción los dos autores del título editado por Arquine, quienes también aclaran que son conscientes de que muchas figuras importantes quedaron fuera, pero no podían incluir a todos el límite era 100 arquitectos.
Para Fernando González Gortázar, este libro es de esos que “se convierten en indispensables. Desde el placer de irlo viendo y leyendo hasta tener la convicción de que uno habrá de regresar a él una y otra vez por el resto de su vida, no media más que un instante. Es una de esas obras que, al conocerlas, uno pregunta cómo es posible que no se hubiera hecho antes”.
En entrevista telefónica, Fernanda Canales (FC) y Alejandro Hernández (AH) explican algunas de sus conclusiones de lo que sucedió el siglo pasado en el terreno de la arquitectura.
— ¿Qué encuentran en todo un siglo de arquitectura?
— FC: La gran aportación del libro radica en ofrecer una lectura transversal de la historia, me refiero a que, aunque parece una especie de diccionario, va más allá de los 100 personajes, pues se muestra el vínculo entre ellos, y el papel del diseño industrial, el urbanismo y las universidades en el campo de la arquitectura; todo eso permite tener una historia más completa y a la vez más crítica.
— ¿Qué aporta a la historia de la arquitectura?
— FC: Lo interesante es que se rompen los estereotipos de lo que se ha hecho en México, pues siempre se explica desde cinco o 10 nombres destacados. Y la idea de tener a 100 arquitectos en el libro es tener 100 ventanas para contar la historia de la arquitectura de mil maneras distintas. Además, se quitan ideas como que lo mexicano es usar color rosa o naranja, lo monumental o la preocupación por lo local-global. Hay muchos elementos más allá de la forma.
— ¿Existen rasgos comunes de lo que se edificó en México?
— FC: Sí hay temas que se repiten. Hay una cita de un arquitecto argentino, Jorge Moscato, que dice: para un arquitecto colombiano la arquitectura es la materia, para un mexicano es la forma y para un chileno es el paisaje. Entonces, en México sí hay un sobrepeso de aspectos formales, la geometría, los materiales, lo tangible; y una relación entre lo local y lo global, porque desde Porfirio Díaz había muchísima influencia extranjera, la diferencia es que a principios del siglo XX los extranjeros viajaban en barco y ahora vienen en avión.
— ¿Cómo “leer” las ciudades a partir de las escuelas de arquitectura?
— FC: Tratamos de que el libro fuera representativo de lo geográfico, pero vimos que la mayoría de los edificios de autor sucedieron en la Ciudad de México, lo que revela el centralismo de nuestro país. Esto responde a que la mayoría estudió en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y en otras tres o cuatro escuelas del país, como la Universidad de Guadalajara, que tuvieron un papel fundamental en las generaciones de arquitectos. De Monterrey, por ejemplo, no incluimos a ninguno que haya nacido allá, aunque sí hay edificios simbólicos que se realizaron en dicha ciudad porque los arquitectos tenían un movimiento geográfico importante.
— ¿Cuál es el peso de la Escuela Tapatía de Arquitectura?
— FC: Es muchísimo. Es de las escuelas más importantes y de ahí tenemos muchísimos nombres en el libro. Guadalajara fue uno de los primeros polos que importó talento extranjero y eso no se dio en casi ningún lugar. Eso sí marcó a toda una generación y, a la vez, a su ciudad. En la capital de México también hubo muchos exiliados españoles, mientras que en Guadalajara hubo de distintas nacionalidades.
— ¿Qué tanta documentación hay de la historia de la arquitectura en México?
— AH: En general, no estamos acostumbrados ni siquiera a archivar nuestra propia información y eso lo notamos en la investigación que realizamos porque hubo muchos autores de los que no había muchas publicaciones. Y la historiografía ha tendido a lo anecdótico, a la asociación de hechos o a la geografía. Pero no hay muchos trabajos que permitan una lectura más crítica.
— ¿Cómo era la arquitectura a principios y a finales del siglo XX?
— AH: Lo que más me llamó la atención es la recurrencia de la búsqueda local-global, de la búsqueda de identidad. En el Porfiriato ya se preguntaban cómo debía ser la arquitectura, en una época en que lo extranjero era lo deseado, lo cual no me molesta al ver lo que sobrevive de esto en colonias como la Roma o la Juárez (en la Ciudad de México). Tras la Revolución Mexicana surge la pregunta de cómo debe ser lo propio. También encontramos que la mayoría de los arquitectos tuvo dos fases y en algún momento se dejaron llevar por la tentación de acercarse a la identidad de lo local. Muchos hacían arquitectura moderna para un mundo industrializado pero a la hora de hacer sus propias casas, diseñaban con elementos locales. En resumen, uno de los grandes temas ha sido cómo hacernos modernos sin dejar de ser lo que somos, sin dejar de ser mexicanos, cualquier cosa que signifique eso.
La publicación puede leerse-interpretarse de cuantas maneras se antoje: desde personajes como el italiano Adamo Boari, quien fue el predilecto de Porfirio Díaz (diseñó el Palacio de Bellas Artes y el Expiatorio, en Guadalajara), hasta autores de casas campesinas o de estilo internacional; de la arquitectura del porfiriato a la postrevolucionaria, de las Olimpiadas del 68 al terremoto del 85, “de una arquitectura colorida a la sequía cromática de la generación posterior a los seguidores de Barragán tras el Premio Pritzker”, de Monterrey a la Ciudad de México, o de la industria a la revaloración de lo artesanal…
Fernanda Canales y Alejandro Hernández son los autores de esta investigación que –en sus palabras – se aleja del historicismo, pero intenta tener una lectura desde el siglo XXI de la modernidad arquitectónica en México, trazando líneas temporales y conexiones dinámicas entre los arquitectos, las edificaciones, las escuelas y los vínculos que hubo entre maestros-alumnos.
Se trata, pues, de un vistazo a “una arquitectura a caballo entre la herencia y la vanguardia; la crisis y la exuberancia, una arquitectura tan plástica como simbólica. Tan mitificada como desconocida. Una arquitectura que no cabría en este libro ni en ninguna”, explican en la introducción los dos autores del título editado por Arquine, quienes también aclaran que son conscientes de que muchas figuras importantes quedaron fuera, pero no podían incluir a todos el límite era 100 arquitectos.
Para Fernando González Gortázar, este libro es de esos que “se convierten en indispensables. Desde el placer de irlo viendo y leyendo hasta tener la convicción de que uno habrá de regresar a él una y otra vez por el resto de su vida, no media más que un instante. Es una de esas obras que, al conocerlas, uno pregunta cómo es posible que no se hubiera hecho antes”.
En entrevista telefónica, Fernanda Canales (FC) y Alejandro Hernández (AH) explican algunas de sus conclusiones de lo que sucedió el siglo pasado en el terreno de la arquitectura.
— ¿Qué encuentran en todo un siglo de arquitectura?
— FC: La gran aportación del libro radica en ofrecer una lectura transversal de la historia, me refiero a que, aunque parece una especie de diccionario, va más allá de los 100 personajes, pues se muestra el vínculo entre ellos, y el papel del diseño industrial, el urbanismo y las universidades en el campo de la arquitectura; todo eso permite tener una historia más completa y a la vez más crítica.
— ¿Qué aporta a la historia de la arquitectura?
— FC: Lo interesante es que se rompen los estereotipos de lo que se ha hecho en México, pues siempre se explica desde cinco o 10 nombres destacados. Y la idea de tener a 100 arquitectos en el libro es tener 100 ventanas para contar la historia de la arquitectura de mil maneras distintas. Además, se quitan ideas como que lo mexicano es usar color rosa o naranja, lo monumental o la preocupación por lo local-global. Hay muchos elementos más allá de la forma.
— ¿Existen rasgos comunes de lo que se edificó en México?
— FC: Sí hay temas que se repiten. Hay una cita de un arquitecto argentino, Jorge Moscato, que dice: para un arquitecto colombiano la arquitectura es la materia, para un mexicano es la forma y para un chileno es el paisaje. Entonces, en México sí hay un sobrepeso de aspectos formales, la geometría, los materiales, lo tangible; y una relación entre lo local y lo global, porque desde Porfirio Díaz había muchísima influencia extranjera, la diferencia es que a principios del siglo XX los extranjeros viajaban en barco y ahora vienen en avión.
— ¿Cómo “leer” las ciudades a partir de las escuelas de arquitectura?
— FC: Tratamos de que el libro fuera representativo de lo geográfico, pero vimos que la mayoría de los edificios de autor sucedieron en la Ciudad de México, lo que revela el centralismo de nuestro país. Esto responde a que la mayoría estudió en la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y en otras tres o cuatro escuelas del país, como la Universidad de Guadalajara, que tuvieron un papel fundamental en las generaciones de arquitectos. De Monterrey, por ejemplo, no incluimos a ninguno que haya nacido allá, aunque sí hay edificios simbólicos que se realizaron en dicha ciudad porque los arquitectos tenían un movimiento geográfico importante.
— ¿Cuál es el peso de la Escuela Tapatía de Arquitectura?
— FC: Es muchísimo. Es de las escuelas más importantes y de ahí tenemos muchísimos nombres en el libro. Guadalajara fue uno de los primeros polos que importó talento extranjero y eso no se dio en casi ningún lugar. Eso sí marcó a toda una generación y, a la vez, a su ciudad. En la capital de México también hubo muchos exiliados españoles, mientras que en Guadalajara hubo de distintas nacionalidades.
— ¿Qué tanta documentación hay de la historia de la arquitectura en México?
— AH: En general, no estamos acostumbrados ni siquiera a archivar nuestra propia información y eso lo notamos en la investigación que realizamos porque hubo muchos autores de los que no había muchas publicaciones. Y la historiografía ha tendido a lo anecdótico, a la asociación de hechos o a la geografía. Pero no hay muchos trabajos que permitan una lectura más crítica.
— ¿Cómo era la arquitectura a principios y a finales del siglo XX?
— AH: Lo que más me llamó la atención es la recurrencia de la búsqueda local-global, de la búsqueda de identidad. En el Porfiriato ya se preguntaban cómo debía ser la arquitectura, en una época en que lo extranjero era lo deseado, lo cual no me molesta al ver lo que sobrevive de esto en colonias como la Roma o la Juárez (en la Ciudad de México). Tras la Revolución Mexicana surge la pregunta de cómo debe ser lo propio. También encontramos que la mayoría de los arquitectos tuvo dos fases y en algún momento se dejaron llevar por la tentación de acercarse a la identidad de lo local. Muchos hacían arquitectura moderna para un mundo industrializado pero a la hora de hacer sus propias casas, diseñaban con elementos locales. En resumen, uno de los grandes temas ha sido cómo hacernos modernos sin dejar de ser lo que somos, sin dejar de ser mexicanos, cualquier cosa que signifique eso.