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Aprender de ellos

Martita: genuino deleite espiritual

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALSICO (21/MAY/2010).-Comparto narrando una más de las numerosas experiencias vividas a lo largo de los 31 años con Martita, mi hija, una chica con discapacidad intelectual de nacimiento. Muy probablemente encontraran esta colaboración ausente de prudencia adjetival, es un fenómeno ineluctable provocado por el inmenso amor que le profeso a mi hijita, sé que sabrán entenderlo. Eso sí, contundentemente aseguro que lo que ahora comparto no es producto de estados de sueño, vigilia, fiebre o imaginación; es la docta realidad que me produce un genuino deleite espiritual.

Hace 25 años nos asistía familiarmente en labores domésticas un hombre joven que, nacido en una pequeña localidad del Estado, cuasi “ranchería”, decidió buscar en Guadalajara mejores opciones de vida para él y su familia. Lo logró después de muchos esfuerzos y sacrificios. Eleazar de nombre, “Chelelo” de cariñoso apodo, de vez en vez llevaba a Martita a clases de terapia, simpático y parlante se ganó el cariño de Martita y ella le correspondió haciendo su perfecta labor de encantadora a encantatoria.

Después de casi 15 años de acompañarnos, dejó de colaborar con nosotros; puso un negocio y pocas veces lo volvió a ver Martita, cuando le preguntábamos por Chelelo, invariablemente mi hija decía que estaba en el rancho. Eventualmente Eleazar llamaba por teléfono, lo primero que hacia era preguntar por ella.

Hace un par de meses recibí una llamada, sentí la arritmia de la pena cuando me enteré que Chelelo había muerto; un infarto segó su vida intempestivamente. Ese día, todo el día, desde las tundras de mi memoria acudieron los recuerdos del fiel colaborador. Por la noche, al depositar el beso cotidiano en la frente de mi hija aún despierta, le pregunté ¿Bella, en donde esta Chelelo? Con su confuso pero poético lenguaje me contestó: ¡En el cielo! Un escalofrío ruborizante recorrió todo mi ser, años sin verlo y Martita jamás le perdió la pista: ahora sabe que Chelelo ya esta en el cielo. Martita y su milagroso anecdotario dije para mis adentros.

Como en otras ocasiones -algunas veces ha hecho predicciones- la respuesta de mi hija me condujo a interrogantes: ¿son seres que saben todo de todo? ¿Martita, como muchos, camina de la discapacidad a la misteriosa sabiduría? ¿Son seres de sabiduría callada y compensaciones no descubiertas? ¿Son vidas que pasan caminando hacia un más allá espiritual?

Sea lo que sea -y aunque no sea lo que sea-, son anécdotas con sentido mayéutico que entre otras cosas nos deben servir como un argumento más para improbar la discriminación, esa bestial agresión que afecta más que la propia discapacidad.

Para Martita es una anécdota más en su tratado de soteriología, tratado de ella para el mundo; para mí, la ratificación, admirable e inolvidable, de la perfecta estampa de espiritualidad que percibo de Martita cuando absorto la contemplo. Espiritualmente hablando: ¡aleluya! y amén de los amenes.

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