Viernes, 17 de Octubre 2025
Suplementos | Juan el Bautista es el primero y último profeta del Nuevo Testamento

Vino a dar testimonio de la luz

La profecía es un hecho divino, que se fue manifestando por medio de los profetas del Antiguo Testamento

Por: EL INFORMADOR

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En este año 2012,  el nacimiento y el bautismo de San Juan el Bautista han tenido más importancia para el pueblo cristiano de estos días, que la liturgia dominical (domingo XII ordinario).

La figura de Juan el Bautista tiene un lugar preeminente en la Historia de la Salvación. En los planes divinos, el anuncio de un Mesías salvador se fue manifestando en el pueblo escogido, Israel, con la espera de los patriarcas y la palabra de los profetas.

La palabra griega prophetes significa portavoz: el profeta habla por otro, en el nombre de Dios. Profetizar es, bajo la influencia de un poder divino, manifestar un mensaje a la comunidad; se le llama carisma, porque es un don para algunos singularmente llamados.

La profecía es un hecho divino, que se fue manifestando por medio de los profetas del Antiguo Testamento. Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros Padres, por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo (Hb 1, 1-2). Así, en la carta a los Hebreos queda en claro que con la venida del Verbo de Dios tenían que quedar en desuso los profetas.    

Juan el Bautista es el primero y último profeta del Nuevo Testamento. Su voz clama en el desierto: “¡Preparen el camino del Señor!”. Su brazo se levanta y su mano señala a Jesús afirmando: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

Es tan majestuosa su figura, que creen que Juan es el Mesías esperado, mas él responde humildamente: “Yo soy la voz que clama en el desierto. Después de mí viene alguien, y ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias”. Le preguntan: “¿Por qué, si no eres el Mesías, bautizas?”, y responde: “Yo bautizo con agua, pero el  que viene detrás de mí los bautizará con fuego y Espíritu Santo”.

A Juan le ha tocado la dicha de derramar el agua sobre la cabeza de Cristo y ser testigo estremecido de la Epifanía, de la manifestación de la majestad de Dios, revelado en la voz del Padre, la presencia de Jesús en las aguas y el Espíritu Santo visible a sus ojos en forma de paloma.

Juan cumplió su misión y sabiamente supo retirarse: “Conviene que Él crezca y yo mengüe”. ¿Qué esperaba al Bautista? Culminar su obra con el martirio. En la cárcel del rey Herodes, cayó sobre su cuello el hacha del verdugo y su cabeza rodó.

Hoy la Iglesia celebra no ese martirio, sino la llegada al mundo, a la vida terrena, de este profeta, envuelta en el misterio: El ángel se aparece al sacerdote Zacarías y le anuncia que él y su anciana esposa, Isabel, tendrán un hijo. De espanto, Zacarías pierde la voz. El profeta estaba en el seno materno de Isabel, y en él saltó de gozo cuando María, la Madre del Redentor, les llevó la alegría de su visita. Al nacer pretendieron ponerle por nombre Zacarías, como su padre, mas éste tomó una tablilla y escribió: “Juan”. Allí se le soltó la lengua.

Hoy la Iglesia celebra este glorioso nacimiento. Hoy la Iglesia se alegra por el testimonio del gran profeta que, vestido con una piel de camello, se retiró al desierto con la misión de preparar los caminos del Señor.

José R. Ramírez Mercado     

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