Suplementos | texto: alejandro gonzález gortázar Vida contemplativa El río Por: EL INFORMADOR 7 de febrero de 2009 - 07:34 hs Estar en Varanasi, la legendaria Benarés, es haber llegado -de alguna manera- al corazón místico de la India. Esta ciudad intemporal, la más venerada por los hinduistas, ha atraído desde épocas lejanas a peregrinos de todo el subcontinente, para llevar a cabo el ritual de sumergirse en el Ganges, su río sagrado, o mejor aún, para morir en él. Ermitaños semidesnudos, los Sadhus que habitan en cuevas perdidas del Himalaya, bajan a este lugar al menos una vez en la vida, su tradición de Yoguis renunciantes que dedican la totalidad de su energía a la meditación, el ayuno y el silencio, en las condiciones más adversas, desafía toda lógica occidental, y las emociones que aquí se sienten son tan fuertes que realmente logran conmover. En el centro del fascinante barrio antiguo, se erige monumental el templo de Vishvanatha, también conocido como el Templo de Oro por su gran cúpula forrada de láminas de cobre dorado, donde se venera el “lingam” o símbolo fálico de Shiva. Desde ahí, a través de un laberinto de callejuelas, se desemboca en las plataformas sobre las que se realizan las cremaciones, rito funerario que ha practicado este pueblo desde sus orígenes. Cuando en el siglo VI a.C. el Buda vino a esta ciudad, ya era muy antigua; poco ha cambiado. Aún existe el bosque de los venados, Sarnath, en donde el príncipe Siddharta, después de haber alcanzado la iluminación, predicó por primera vez sus enseñanzas: El Sendero Óctuple al que conducen las Cuatro Nobles Verdades. Todos los países budistas han construido en este paraje una Stupa, siguiendo sus propios estilos arquitectónicos, dando como resultado una maravillosa amalgama, y resulta de lo más interesante observar aquí reunidos a monjes con su túnica azafrán que han venido desde diversos rincones de Asia. El eje central de la población es sin duda su majestuoso río; el agua torrencial pasa a raudales mojando terrazas y escalinatas, en su turbulencia se bañan un sinfín de personas que aún tienen fe, y por su superficie se deslizan barcas de vivos colores, que al reflejarse se multiplican. Hay “algo” que flota en el aire que puede ser percibido hasta por los más escépticos, como yo. ¿Espiritualidad, encantamiento, dramatismo? En sus orillas convergen aves, monos y seres humanos que arrastran su penosa condición; se reúnen a los pies de lo que parecen ser palacios, cuyas glorias olvidadas les han otorgado el privilegio del misterio. La reunión se prolonga. Pero es el alba el momento esperado, cuando el Sol despunta por el oriente iluminando sutilmente con sus tenues colores. Se enciende el fuego y las múltiples piras situadas cerca del agua nos muestran lo efímero de los cuerpos. Llega más y más gente formando una masa compacta y el murmullo aumenta junto con la luminosidad; es el ritmo cotidiano de la vida y de la muerte. El Ganges recibe las cenizas todavía calientes, y todo y todos van a parar inexorablemente al río, el gran purificador. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones