Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Por Gonzalo Jáuregui

Una noche en el museo

''Encienden una lámpara de mano, buscan su lugar de descanso y se acuestan. Ya da inicio el concierto de los grillos''

Por: EL INFORMADOR

GUADALAJARA, JALISCO (24/JUN/2012).- UNO

Pasadas las 23:00 horas, con los hijos en brazos, cabeceando, o todavía vibrantes, llenos de energía, los padres, con paso cansino, se dirigen hacia las casas de campaña que cuatro horas antes montaron con destreza o ciega dificultad. Cuatro horas de juegos, risas y convivencia con sus hijos bastaron para que la mayoría de los 48 papás que asistieron al campamento nocturno del Día del Padre —organizado por Trompo Mágico Museo Interactivo— terminaran imantados hacia las carpas, pidiendo descanso y silencio inmediato.

Unos llegaron solos; otros, acompañados de sus esposas. La imagen habitual era la siguiente: en medio de un calor voraz, las esposas, al volante, cuadraban los coches afuera del extenso edificio, miraban bajar del auto y alejarse a su familia cargada con mochilas, almohadas, cobijas y bolsas para dormir. Cerraban las portezuelas y arrancaban.

El aire húmedo del sábado anunciaba la inminente lluvia. Sin aparente importancia, esquivos al clima, Juan Pablo —un pequeño de seis años— y Gerardo Hernández montan con eficacia su casa de campaña. Con tenis, un pesquero deportivo, y playera holgada, este diseñador industrial de 37 años de edad le explica a su hijo cómo armar el que será su refugio esta noche: “Mira, chaparro, ponle esta para la lluvia”.

A un costado de ellos, una hirviente multitud de niños y papás se desenvuelve lo mejor que puede. Al ver el cielo gris amenazante, un señor de negrísima barba de candado, flaco y espigado, batalla con su casa de campaña mientras sus hijas se persiguen por el terreno de pasto verde, recuerda que en años anteriores los ha sorprendido el aguacero: “Todos los años nos ha llovido y no nos mojamos; llegamos, y la casa toda inundada”, dice con una mueca mitad insatisfacción, mitad orgullosa.

Padres e hijos hicieron equipo desde que arribaron. Limpiaron el terreno de piedras, luego desdoblaron lo que sería la carpa, extendieron, clavaron, afianzaron, metieron sus cosas, se quitaron con una prenda o con la palma de la mano el lamido de sudor ya presente en la nuca y en la cara. Y se dedicaron a divertirse.

DOS

Nunca ha sido un padre más lento en toda su vida que cuando lo persigue su hijo. Empezaron las actividades. Patos y gansos (padres e hijos) se persiguen sobre un perímetro marcado por conos de colores chillantes. En el momento en que una de las trabajadoras del museo da la señal de arranque, los niños estallan en gritos exultantes al corretear a los señores que con muecas de diversión y sprint lento y dificultoso se dejan atrapar para después caer al pasto apenas unos metros de haber comenzado el recorrido.

Previo a la corretiza, los niños hacen ejercicios de calentamiento (movimientos de hombros, cuello, flexión de piernas y estiramientos) y aprenden las diferencias entre patos y gansos: los gansos son más torpes para caminar que los patos pero viven más. “Pato, pato, pato, ¡ganso!”, dice otra de las trabajadoras del museo y se rehacen las persecuciones.

Después, al interior del Salón Circular, las familias juegan Golbol, que consiste en dos equipos de cinco personas cada uno repartidos en las posiciones habituales de los voleibolistas y que, con un antifaz oscuro que les impide la visibilidad, tiran una pelota a ras de suelo con la intención de rebasar la línea de gol.

Imparable, en el silencioso salón alfombrado se escucha el arrastre de la pelota gris. Un papá intuye la cercanía de la pelota y se deja tirar pesadamente; sin embargo, la velocidad y fuerza del tiro provoca que la pelota se le escape de las manos y rebote en la pared contigua ante un grito plural de los niños sentados en los alrededores.

Mientras que en los encuentros de los papás los tiros son fuertes, en el turno de los niños apenas son caricias. Los pequeños toman la pelota con las dos manos, bajan su centro de gravedad y en un movimiento de columpio la dejan rodar ligeramente. “Luca, ¡buzo!”, dice un papá a su pequeño hijo que en la última línea de batalla espera tirar o detener algún disparo. Como no obtuvo ninguna de las dos oportunidades, una mueca de puchero se dibuja en su pequeña cara llenándole los ojos de lágrimas. Su padre se acerca, le habla con diminutivos cariñosos y lo carga entre sus brazos.

TRES

Huele a hierba, a humo, a carne asada. Luego de las actividades, una serpenteante fila espera la cena. Ya en la mesa, sedientos, los niños se empujan el bistec, con un energetizante  trago de chocomilk.  No importa que en el plato la carne conviva con frijoles de la olla que inundan todo, guacamole o tortillas; grandes y chicos se pierden en el vicio de esa bebida café sin espuma y en vaso de plástico.

Los padres, que suelen tener el cuerpo de los hombres a quienes los años les han impuesto cambios, les siguen el juego y ellos también acompañan sus alimentos de la misma manera: “A ver, flaco, deja agarro agua”, al llegar a los termos los llenaban hasta el borde de chocomilk.

“A ver si se cansan y ya se duermen”, dice uno de los papás antes de entrar a lo que será la Travesía Cósmica. Adentro del amplio salón, los niños aprenden la diferencia que hay entre los meteoritos rocosos y los metálicos. Se suben a una tabla de equilibrio en donde son vencidos rápidamente por la gravedad; en el Animalario miran con extrañeza el interior de una pecera en la que un ejército de gusanos se retuercen, o bien, cucarachas gigantes, una tarántula de pelo rosado o insectos disecados.

Un hombre con playera del Atlas y bermuda que le llega a los tobillos observa detenidamente la fotografía de una galaxia, “estaría padre ir en un cohete por el espacio y verlo así, real”. Acelerado, su hijo se acerca y le dice: “¡Papá, peso 48 kilos en Júpiter!”. “¿Y acá?”, “sepa”. Al bajarse, otro papá se pesa y se da cuenta de que en el mismo planeta pesaría 174 kilos: “Por eso mejor me quedo en La Tierra”.

Las actividades continúan pero ya se acercan a su final. Padres e hijos aprenden los movimientos de las piezas que integran el ajedrez, crean figuras, pedalean para transformar su esfuerzo en energía. Se retan por equipos. Los papás son más curiosos que sus hijos y oprimen cualquier botón que les salga al paso en el Pabellón Mágico.

Un cuentacuentos es el responsable de cerrar el telón de la noche en el campamento. Jessica cuenta la historia de Manuel, un sombrero del que su tío sacaba lo que quería. Mientras arma la historia y brinca y grita y baila, los niños la miran atentos, otros bostezan sentados en el piso, recargados en las piernas de sus papás. Luego de cantar, correr, gritar, escuchar el cuento y lavarse los dientes, los niños se preparan para dormir. Entran a la carpa ahuyentando a los insectos. Encienden una lámpara de mano, buscan su lugar de descanso y se acuestan. Ya da inicio el concierto de los grillos.

Tapatío

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