GUADALAJARA, JALISCO (13/NOV/2016).- La de Lulú es la típica historia que cada uno cuenta diferente, quizá porque parece de mentiras y hace falta esmerarse para hacerla creíble. O porque es demasiado suculenta para no incluir efectos especiales. O tal vez por ese ánimo protagónico al que suele apelar cada correveidile cuando viste un infundio de testimonio. Sobran los que aseguran que estuvieron ahí, o que conocen a uno de los testigos del penoso incidente, aunque lo más común es que de todos modos la audiencia se lo trague con enorme entusiasmo. Porque claro, si el chisme es un chismazo, ¿quién se va a interesar en verificarlo?Tal como lo sugiere la coexistencia múltiple de versiones distintas y distantes, la historia de Lulú ha sido objeto de incontables condimentos, desde el cambio de nombres y escenarios hasta la maliciosa inclusión de toda suerte de detalles truculentos y patrañas flagrantes, como ésa de que el padre la encerró en un convento luego de que la madre se pegara un balazo. Otros cuentan que el novio fue el suicidado, tras verla trabajando en un burdel. Y hay también quienes juran que la infeliz salió con los pies por delante de un hospital psiquiátrico.Paparruchas, señoras y señores. La verdad de la historia de Lulú -por algo está presente en todas sus versiones- tiene que ver con el fugaz instante, un parpadeo casi, que la echó de cabeza a la ignominia, precipitó la ruina de los suyos y persuadió a la tierra de tragársela. Si se trata, por tanto, de relatar con pelos y señales la historia de Alma Luisa Gómez Luna, es preciso aclarar que lo que medio mundo cree su historia no es sino un accidente que igual sirve de epílogo o prefacio. Escandaloso, sí, pero no suficiente para seguir sus huellas tierra abajo y rastrear su destino más allá del bo chinche. Pues una cosa es que uno quiera morirse y otra que ya por eso vaya a dar a las manos del forense. ¿Quién dijo que las ruinas no tienen su mañana?-Pues por eso, mamá, es mi cumpleaños -se defendió Lulú por enésima vez, todavía en la víspera de aquel viernes fatídico.-¿No te digo que tengo que estudiar?-¿Y no te dije yo que te lleves tus libros al rancho de tus tíos?- insistió la mamá, ya en un tono de súplica vencida.-¿Tú crees que allá me voy a concentrar? -torció la boca la hija, con los brazos cruzados y la vista en el techo. Luego probó a ponerse pedagógica: -Necesito estar sola, mamita. Vete con mis hermanas, otro día festejamos.Esa noche, Alma Luisa se fue a la cama con la ilusión de un niño en Nochebuena, pero la perseguía un vago sentimiento de culpa. Cierto, sus argumentos eran irrebatibles. Tantos años de oír que trabajo y estudio están siempre primero le daban la razón por knock out técnico, pero igual su coartada estaba coja. ¿Qué tanto iba a estudiar, en el mero principio del semestre? Nunca lo había hecho, ni tenía la fama de estudiosa. La prueba era que varias de sus viejas compañeras eran ya licenciadas y ella estaba empezando otra nueva carrera, después de tres intentos desganados. ¿Lo pasaba por alto la mamá, a modo de regalo de cumpleaños, o le compraba el cuento de la formalidad instantánea? Contenta como estaba por la cita secreta del día siguiente, Alma Luisa jamás imaginó que de esa disyuntiva colgaba su destino, como un péndulo.Se despertó temprano en la mañana y no volvió a dormirse por el puro placer de anticiparse a paladear la lengua de Jimmy Papacito, mientras mamá y las niñas la pasarían bomba correteando gallinas y pescando ajolotes sin su ayuda. Saboreó, de una vez, la envidia de tantísimas pendejas que darían cualquier cosa por mínimo salir con Jimmy Campomanes. Ya pasadas las siete las oyó venir (de puntitas las tres por el pasillo, llenas de happybirthdays con su nombre) y se hizo la dormida para darles el gusto de despertarla.-¿Seguro que te quieres quedar sola? -puso cara de niña la mamá y Lulú hizo una jeta de fastidio.Fragmento del libro Los años sabandijas (Planeta), © 2016, Xavier Velasco. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.