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Jueves, 17 de Enero 2019

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Suplementos | Hay lugares que se quedan en la memoria por siempre

Un vistazo al baúl de los recuerdos en Plaza del Sol

Hay lugares que se quedan en la memoria por siempre, y al volver las historias se agolpan en la mente y el corazón

Por: EL INFORMADOR

La legendaria plaza ha sido escenario de miles de relatos que ayudan a conformar algo más que una identidad particular. EL INFORMADOR / A. Muñiz

La legendaria plaza ha sido escenario de miles de relatos que ayudan a conformar algo más que una identidad particular. EL INFORMADOR / A. Muñiz

GUADALAJARA, JALISCO (12/OCT/2014).- Nada define mejor un lugar determinado que aquello que nos acontece en él, nada lo vuelve tan significativo como un hecho que no se irá de la memoria y convertirá lo que pasó en un momento determinado en una historia para contar a los que vienen.
Así, Plaza del Sol ha sido el escenario de miles de relatos que ayudan a conformar algo más que una identidad particular, un espacio donde incontables fragmentos de vida —narrados, una o 100 o mil veces— van tejiendo la personalidad de una ciudad completa, una Guadalajara que no ha sido la misma desde que, hace 45 años, vio surgir un centro comercial entonces único, sin sospechar que se convertiría en un enclave significativo, punto de referencia y testigo  de innumerables historias como la de Col, una chica que encontró en esta plaza comercial a su padre… ¡Después de 17 años de no verlo! O la anécdota de Esmeralda, quien vivió una historia de amor en las bancas de este sitio...

CÉSAR
Hace  mucho, mi novia trabajaba en el entonces Banco del Atlántico y yo en la cocina de lo que era el Hotel Hyatt. Todas las tardes eran para vernos en Plaza del Sol; ya fuera para tomar una nieve de Bing o ir a comer a los lonches de La Playita. Conocíamos a casi toda la gente que trabajaba en esos establecimientos. Aquellos fueron años de risa y planes maravillosos; muchos llegaron a realizarse, otros no.
Tres años duró nuestro noviazgo, 21 nuestro matrimonio. Dios no permitió más. Pero cuando siento ganas de sentirla conmigo de nuevo, recorro esos lugares. Y aunque el centro comercial ha cambiado mucho, cuando estoy ahí sé que ella sigue caminando a mi lado (o así lo quiero creer)…

ERIQ
En una ocasión, en Plaza del Sol, justo frente a la franquicia de Burger King, un hombre se sentó a un lado mío y me saludó muy amable. Me preguntó qué hacía, porque observó que manipulaba mi computadora —para checar mi e-mail, cosas de trabajo—, y le dije que navegaba.
Al escucharme, me preguntó que de dónde era. Le respondí que de Morelos y, confesé, que también se trataba de mi primer día en Guadalajara. Entonces, sin más que decir, sacó un billete de 20 pesos de su bolsa y me los entregó, añadiendo que no tenía más pero que esperaba que con eso bastara para que me diera mucha suerte y bendiciones el lugar. Le contesté que no hacía falta pero, antes de que pudiera decir más, puntualizó: “Yo te los comparto; ya tendrás oportunidad de compartirlos con otra persona”.

FACUNDO
Debió ser por allá por 1979 o 1980. Yo tenía nueve años y, acompañado de mis padres, solíamos ir a hacer las compras los fines de semana en la tienda Maxi, en Plaza del Sol. No sé si ya se llamaba ‘Juguetilandia’ pero, entonces, ya colocaban una enorme carpa en el estacionamiento del centro comercial para colocar ahí, durante la época navideña, toda clase de juguetes. En ese sitio, más de una vez, insistí en quedarme mientras ellos –mis papás– hacían la despensa.
Por aquellos tiempos era fan de “La guerra de las galaxias”; la primera cinta de la saga se estrenó en 1977 y, como buen fanático, sabía de los rumores que anunciaban una secuela. Por supuesto, una sección completa de la juguetería estaba dedicada a la película y las figuritas de acción o demás artefactos que aparecían en ella estaban a la venta en forma de juguete.
Confiado de estar solo y ansioso por tener uno de estos “monos” —porque, sabía, si un año antes los había pedido para Navidad y me los habían negado (YO era el menor de tres hermanos y ya no me decían que el Niño Dios traía los regalos), tampoco esa vez los tendría—, escogí una versión pequeña de Darth Vader (de lejos, mi personaje favorito) y me lo guardé en el pantalón, bajo el suéter (no me animé a tomar un Halcón Milenario porque no me cabía). Busqué la salida de la tienda pero, claro, me habían visto y me detuvieron. Súplicas aparte, mi confesión los condujo a mis padres que, avergonzados, se negaron a pagar el juguete y cuando llegamos a casa me arrimaron la cueriza de mi vida (no fue la peor, por cierto). Lo chistoso es que, años después, fue ahí donde pude comprarme por fin el dichoso “mono”.
 
MC
Una mañana del mes de abril de 1995, a la edad de 16 años, comenzó la travesía por localizar a mi padre a quien desde que nací no tuve oportunidad de conocer. Recuerdo que esa mañana le pedí a mi madre alguna pista para encontrarlo y ella puso en mis manos unas cartas que de joven recibió de él. Comencé a marcar a los tres teléfonos que aparecían en ellas y sólo uno me contestó. Al darle el nombre completo de mi padre me respondió: “¿Sabe? Ese nombre es del señor que trabaja aquí al lado de mi negocio”. Asombrada, pedí que por favor me comunicaran con él.
Amablemente me dio su número y deje pasar unos días para contactarlo, hasta que tomé valor y pensé en qué le iba a decir. Al llamarlo y decirle mi nombre se quedó mudo por un momento y después me dijo: “Hola hija, ¿cómo estás?”. A partir de ahí, mi padre estuvo en comunicación conmigo cada mes y sin pedirle nada se ofreció a ayudarme con mis estudios. Él era un hombre casado y no quería compromiso alguno. Sin embargo, un año después de nuestra comunicación me concedió el deseo de conocerlo.
El 26 de diciembre de 1996 pasó a casa de mi madre, nos miramos y reconocimos, nos abrazamos y, tímidos, subimos los tres al auto; entonces, mi padre comentó: “¡Es una ocasión para celebrar, vayamos a Plaza del Sol!”. Estuvimos en el Vips por casi cuatro horas, charlando y tratando de ponernos al corriente con mi vida. Al finalizar el postre, le dije a mi padre que le perdonaba y agradecía la oportunidad de conocerlo; vi cómo sus ojos se llenaron de lágrimas y fue como una reconciliación. Después de esa reunión no volví a saber de él. Han pasado casi 19 años desde ese encuentro y cada vez que paso por Plaza del Sol, recuerdo con cariño el día en que lo conocí.

POR CIERTO

Memoria


Las historias aquí presentadas están basadas en anécdotas que lectores de EL INFORMADOR compartieron vía redes sociales. A todos ellos, les extendemos un agradecimiento por abrirnos una puerta a su memoria.

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