Martes, 21 de Octubre 2025
Suplementos | Parece que la solución al conflicto Palestina-Israel continuará muy lejos

Un fanatismo sin fecha de caducidad

Mientras los fanáticos sigan tanto en Israel como en Palestina, parece que la solución al conflicto continuará muy lejos

Por: EL INFORMADOR

Mukaram Keferna llora en lo que queda de lo que fue la casa familiar, destruida por un ataque israelí. EFE /

Mukaram Keferna llora en lo que queda de lo que fue la casa familiar, destruida por un ataque israelí. EFE /

GUADALAJARA, JALISCO (27/JUL/2014).- Creo que los israelíes conocen el precio que tiene la paz y creo que están listos para pagar este precio por la paz siempre que se les asegure que será paz y no una lluvia de cohetes y misiles” señala en una entrevista al periódico catalán La Vanguardia, el gran escritor israelí, Amos Oz; un esbozo de que la solución de dos estados ganaba adeptos en Israel. Una de sus obras, “contra el fanatismo”, se ha convertido en un estandarte de la tolerancia, el respeto y la pluralidad a nivel mundial. Y sin embargo, los cohetes, los misiles, las invasiones, los bombardeos y los ataques militares siguen siendo el paisaje vivo en Cisjordania, Gaza o en Jerusalén. ¿Por qué durante más de seis décadas no ha existido la posibilidad de un arreglo político entre palestinos e israelíes? ¿Por qué han fracasado todas las apuestas de mediación y conciliación? ¿Alguien se beneficia con la guerra, las muertes y el dolor?

Las tensiones se remontan a la fundación del Estado de Israel en 1948 y a una partición que llevó al no reconocimiento de una de las partes (Palestina). Incluso antes, con el nacimiento del “pan-sionismo” de Teodor Herzl a finales del siglo XIX esa búsqueda por el “hogar de los judíos” provocó las primeras tensiones. La decisión de Naciones Unidas fue entregar una parte del territorio a Israel y otra a Palestina, asumiendo que ambos tienen derechos históricos sobre la zona en cuestión.  Tras eso, la Guerra de 1967, la llamada de los “Seis Días” significó el ensanchamiento de las fronteras hebreas y el sometimiento del pueblo palestino a menos de la mitad del territorio que tenía tras la repartición de la posguerra. Así, el conflicto ha mantenido una intensidad  cíclica (años de relativa paz y periodos de bombardeos continuos) y las invasiones de Israel a regiones consideradas de Palestina, han sido más que frecuentes.

En 2005, con la decisión de Ariel Sharon de retirar tropas de la Franja de Gaza (uno de los acuerdos de Oslo), quedaron delineadas medianamente las fronteras actuales, aunque uno de los grandes puntos de conflicto sigue siendo Jerusalén y en el llamado “Banco del Oeste”. La Franja de Gaza quedó en control de los palestinos (a partir de 2006 de Hamas), un espacio de diminutos 385 kilómetros cuadrados en donde viven más de un millón 800 mil personas. Es decir, con una densidad de más de cinco mil habitantes por kilómetro cuadrado. Un hacinamiento indescriptible, una Franja que se convierte en un callejón con dos fronteras, una con Israel (50 kilómetros) y otra con Egipto (41 kilómetros). Ambos son verdaderos muros que aíslan y encierran a los habitantes de Gaza.

Los bombardeos y las operaciones militares han colocado a la región en una guerra constante. Han existido momentos de incremento en la tensión: la llamada “intifada” de finales de la década de los ochenta, una de las apuestas de lucha más simbólicas; el ataque a la Franja de Gaza de finales de 2008 e inicios de 2009 y la operación “Margen Protector” de este año donde la cifra de muertos palestinos ya supera los 800.

El problema de los extremos

La solución de dos estados es bajo cualquier óptica la única salida posible, y al no haber un acuerdo en este punto, todo lo demás reviste aún más complicaciones. La parte más radical de la posición palestina es Hamas, que controla la Franja de Gaza y que ni siquiera ha reconocido el “derecho a existir” del Estado israelí. El acta de fundación de Hamás en 1998 decía “Levanten las banderas de Alá sobre cada pulgada de Palestina”; es decir, la consolidación del estado nacional palestino se encuentra en el ADN de la organización política que es considerada “terrorista” para Estados Unidos y para la Unión Europea. “Lo mismo sucede en la parte más radical del espectro político hebreo, ya que partidos con amplia representación parlamentaria en la “Knéset” (el parlamento de Israel) como Israel Beitenu, el Shas o La Casa Judía ni siquiera están de acuerdo con el principio básico de que exista un Estado en Palestina. Estos partidos extremistas, tanto del lado palestino como del israelí, controlan el primero la Franja de Gaza y con elecciones democráticas, mientras que en el caso de Israel controlan cerca de una tercera parte de la representación parlamentaria y son aliados del Primer Ministro Benjamin Netanyahu en el Gobierno.

Así, más que factores globales o internacionales, una salida a la larga disputa entre israelís y palestinos se encuentra detenida por los radicalismos que impiden encontrar tierra común. Las posiciones son tan lejanas que las mediaciones son inútiles. Los segmentos moderados, que lograron ciertas conquistas en los noventas e inicios de este milenio y que se encontraban representados por Yasser Arafat de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y Ariel Sharon como primer ministro de Israel, han prácticamente menguado su popularidad electoral y no son capaces de marcar la agenda. La izquierda en Israel (el Partido Laborista), tras haber gobernado, experimenta una transformación interna que no le permite colocarse en el debate público con eficacia. Condena la política exterior agresiva del Primer Ministro, pero no tiene la fuerza parlamentaria para empujar un cambio de timón en la materia.

E incluso hay una objeción mayor, los sistemas políticos de ambos bandos se encuentran estructurados a través del conflicto y la oposición. En el caso de Israel la conformación programática de los partidos obedece precisamente a ese “hecho fundacional” que provoca que Tel-Aviv se construya de forma defensiva en un vecindario agresivo. En el caso de Palestina, la irrupción de Hamás es producto del relativo fracaso de la vía reformista en los últimos años. Si bien, en ambos bandos el mensaje es que la paz es impostergable, en la práctica, los votos de la población y la estructuración del sistema político aleja las posiciones y dificulta encontrar espacios intermedios.

Una solución desde afuera

Estados Unidos es el único posible mediador con capacidad para empujar un acuerdo. Los esbozos de acuerdo no han sido pocos. La última ruptura de negociaciones fue en abril de este año cuando la Autoridad Palestina (reconocida por Israel) encontró un punto de acuerdo para formar una sola unidad política con Hamás. Dos viejos rivales al interior de las tierras palestinas encontraban un punto de acuerdo para formar un gobierno de unidad en un periodo de cinco semanas. La caída del presidente Morsi en Egipto, y con ello de su principal aliado (así como la derrota de Ahmadinejad en Irán) obligó a Hamas a buscar un acuerdo. Tras el anuncio, Netanyahu rompió negociaciones en automático. En su momento, los llamados “Acuerdos de Oslo” que cedían competencias a través de una transición política a las autoridades palestinas, fueron un primer avance rumbo al reconocimiento de que la solución a largo plazo necesariamente estaba en la creación de dos estados. Puntos como el reclamo de Jerusalén, se dejaron aparte y se avanzó sobre todo en los elementos donde había voluntad de las partes para ceder.

La tragedia humanitaria en Gaza es innegable. Según las agencias que han cubierto los conflictos, contando las operaciones “Plomo Fundido” de 2008-2009 y “Margen Protector” de 2014, las bajas en el bando palestino superan los dos mil. En las tres ofensivas (contando también la de noviembre de 2012), 98% de los muertos son palestinos, aunque en la actual escalada de tensiones, Israel ha sufrido la peor baja de militares desde las tensiones de 2006 (25). Y no es posible dejar de lado que una cuarta parte, según el UNICEF, son niños que han muerto ante lo despiadado del bombardeo. Sin embargo, del lado de Hamás, los constantes ataques mediante misiles a territorio de Israel, han significado una provocación permanente que legitima algunas posiciones radicales en el bando hebreo. Sólo en esta escalada de tensiones, Hamás ha disparado 30 misiles de alto impacto dirigidos puntualmente a Tel-Aviv y con alto riesgo de causar pérdidas humanas en Israel. Y aunque el mayor daño lo ha generado indudablemente Israel, Hamás tampoco está libre de ofensivas militares que de haber tenido éxito hubieran provocado lamentables tragedias humanas.

Una solución definitiva ha desparecido rápidamente del horizonte. Tras la reunión con el Papa Francisco de Shimon Peres, presidente de Israel, y Mahmoud Abbas, mandatario palestino, un nuevo aire de conciliación y optimismo rondó la prensa internacional y la opinión pública global. Sin embargo, los episodios de los últimos días desvanecen la idea de que la guerra es evitable y que la paz se puede alcanzar con un arreglo político. Y al interior de cada uno de los países, la tendencia es hacia el fortalecimiento de los extremos y el debilitamiento de los sectores moderados. Este modelo de coexistencia a través de la guerra, es rentable para los extremistas de ambos lados, pero no es una forma de construcción estatal sustentable. Parecería que se ha arraigado la idea de “si vis pacem, para bellum” (“si quieres paz, prepárate para la guerra”). Así, la solución al conflicto tendrá que venir de un gran acuerdo internacional que genere los incentivos necesarios y la ruta para la paz. Lamentablemente, el escenario interno no promete cambios en el estatus. Para salir del conflicto, la comunidad internacional tendrá que obligar a Israel y a Palestina a contradecir a Amos Oz: “La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”. Mientras los fanáticos sigan en ambos lados, no habrá solución definitiva.

Tapatío

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