Sábado, 18 de Octubre 2025
Suplementos | La virtud llamada prudencia

Pensar bien, juzgar bien, obrar bien

Con esos tres verbos y un solo adverbio común queda manifiesta una cumbre, un ideal, una alta señal de conducta, de vida

Por: EL INFORMADOR

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     Ahora, en este precipitado siglo XXI, son frecuentes los comentarios y las lamentaciones por las carencias de valores en la juventud.

     Es noticia la frecuencia en los ambientes policiacos, de la continua constatación de los muchos menores de edad y jóvenes en los primeros años de esa edad, que debiendo ser de esperanza y crecimiento en acciones de provecho, por desgracia se entregan a la maldad, al crimen.

     Esto es un indicio manifiesto de la carencia de formación humana; no ha habido enseñanza de principios, ya no se diga cristianos, ni siquiera cívicos. La mayor pobreza es la ignorancia, y por eso la preocupación mayor de los investidos de alguna autoridad, o en situaciones de privilegio, ha de ser enriquecer a la niñez y a la juventud con una educación integral. Abrirles las mentes para llegar a la verdad, al bien y la belleza, y no quedarse en ese mundo de cosas superficiales, gratas y halagadoras a los sentidos, pero vacías de peso específico. Por eso los jóvenes se aficionan y hasta se apasionan por bagatelas de la moda, de los espectáculos. Sus pensamientos y palabras los muestran con muchas carencias intelectuales y muchas ambiciones de los atractivos ofrecidos en la pantalla de televisión.

     Primero se debe enseñarlos a pensar correctamente, y de un pensamiento claro y limpio procederán el juicioy la acción acertados.

La virtud llamada prudencia

     En otros tiempos quien pretendía ir con prontitud a un determinado destino, se hacía llevar en su cuadro tirado por una cuadriga, o sea un conjunto de cuatro caballos.

     El cristiano, en su camino hacia la vida eterna, ha de ir arriba en el carro con tres virtudes teologales que vienen de Dios y llevan a Dios: por la fe, la esperanza y la caridad, y movido por el impulso de cuatro virtudes morales: la justicia, la templanza, la fortaleza y la prudencia.

     Ésta, la prudencia, es humana y es cristiana a la vez. Un filósofo griego, Aristóteles, la definió así: la recta razón de los actos. Es virtud maestra: enseña al hombre a distinguir entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Sabio es el hombre prudente, porque se enriquece con la verdad, con el bien, con la belleza, que son riquezas invisibles, interiores, espirituales e intocables, porque nadie las podrá robar.

     La prudencia es el entendimiento práctico, porque conduce rectamente a ordenar con rectitud las acciones de la vida.

     Los filósofos escolásticos de la Edad Media así etnendían esta virtud. Es el hábito del entendimiento práctico para determinar con rectitud lo que se ha de hacer en cada caso particular.

     Es una virtud intelectual porque es principio de un ser pensante, y es virtud moral porque lleva a la acción. No es meramente especulativa como la ciencia o la fe, sino que es directiva de la acción y tiene como objeto material todas y cada una de las acciones.

     La prudencia ayuda a todas virtudes y en todas está. Muchas lágrimas han corrido por muchos rostros, debido a las numerosas imprudencias de los mortales a toda hora y todos los días.

     El evangelio de este domingo vigésimo quinto ordinario del año tiene una enseñanza positiva: esforzarse en vivir la virtud de la prudencia con el ejemplo de imprudencia de un administrador, no dueño, de una emprsa a él encomendada.

     En una palabra, método pedagógico frecuente, el Señor, el Maestro, muestra el camino negativo, la imprudencia de un mal administrador para advertir a los hombres el peligro por no saberse conducir entre el cotidiano deber de saber acertar.

Humanizar antes que cristianizar


     Hermana de la prudencia es la justicia, y ésta tiene un amplio campo de acción por su universalidad de tiempo y espacio. Ser prudente es saber administrar, y más con la certeza de administrar y sólo administrar cuanto se tiene.

     Se viven ahora momentos difíciles por una situación de injusticia social: mientras unos acumulan grandes fortunas, otros, muchos, se hallan marginados. Los cotos de poder ofrecen sistemas y organización de tipo material, económico, social, no siempre los adecuados, los eficaces, los exigidos para resolver las muchas carencias. Mas todos, ricos y pobres, viven numerosos problemas económicos.

     El creyente, si es verdadero seguidor de Cristo, vivirá la prudencia si vive la justicia y administra con justicia y prudencia lo que es y debe ser.

     Si sabe administrar cuanto ha recibido, será prudente y será fuerte.

Difícil tarea, compaginar lo que es incompaginable

     Dios y el dinero. Las riquezas esclavizan a muchos y el dinero se convierte así en un poder injusto, un medio de explotación.

     El evangelio es muy claro cuando condena la riqueza como instrumento de explotación humana y la fabricadora de pobres.

     Cristo vino a la tierra no para tapar la miseria humana, sino para curarla, y de raíz, porque miseria son la ignorancia, las enfermedades, la soledad, los vicios y los pecados. Amó a los pobres, los amó con preferencia, mas no para dejarlos en ese doloroso estado, sino para cambiar un rostro bañado de lágrimas por el mismo rostro con dulce sonrisa.

     El cristianismo no es una socioeconomía, sino la línea clara de la justicia y la prudencia para administrar todo: tiempo, salud, inteligencia, posición social, oportunidades y bienes materiales, en bien propio y también en beneficio de los cercanos, es decir de los prójimos.

El hombre es huésped y peregrino en la tierra

     Allí está saber vivir con prudencia al pensar y actuar como quien va de paso, y es cierto, por el tiempo y hacia la eternidad.  “No tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura”, son palabras de la Carta a los Hebreos 13, 14.

     Por eso todos los problemas temporales carecen, por sí mismos, de importancia, si se les compara con el esencial, el verdadero sentido de la vida; el de saber llegar al final con una vida plena, cargados de buenas obras.

     Para quien piensa en el sentido profundo, porque se ha hecho la pregunta ¿por qué y para qué estoy aquí?, la respuesta será una decisión personal en un espacio temporal, único e irrepetible; en él no se admite fracaso, porque no hay una nueva oportunidad; uno es el camino para glorificar a Dios, y por eso mismo para alcanzar la bienaventuranza eterna.

     “Las mismas cosas tenemos y las instituciones humanas se ordenan también a la salvación de los hombres, y por ende, pueden contribuir no poco a la edificación del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia” (Cristus Dominus número 12).

     Y el mismo Concilio Vaticano II asienta: “El Pueblo de Dios es, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza, de salvación” (Lumen Gentium número 9).

     La prudencia es virtud moral, llega primero a la mente y ésta le dicta a la voluntad para tomar la oportna decisión y se manifiesta en obras de justicia, de amor.

     También de los malos ejemplos se aprenden buenas enseñazas; el mal administrador de la parabola fue astuto, mas con la limitación de lo cercano. Mas de su astucia ha de sacar esta enseñanza: “Con el dinero tan lleno de injusticias, gánense amigos que, cuando ustedes mueran, los reciban en el cielo”.

José R. Ramírez       

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