Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | La ONU no ha hecho valer los tratados para proteger el patrimonio en tiempos de guerra

Palmira: una señal urgente ante un futuro incierto

Aunque hay tratados para proteger el patrimonio en tiempos de guerra, la ONU no los ha hecho valer

Por: EL INFORMADOR

Tras sobrevivir a más de dos mil años con sus guerras, el yacimiento de Palmira sucumbe en el siglo XXI por los ataques yihadistas. AFP / ARCHIVO

Tras sobrevivir a más de dos mil años con sus guerras, el yacimiento de Palmira sucumbe en el siglo XXI por los ataques yihadistas. AFP / ARCHIVO

GUADALAJARA, JALISCO (06/SEP/2015).- Palmira, antigua ciudad Siria, continúa dando de qué hablar a nivel mundial debido a la destrucción de algunos de sus monumentos y edificaciones históricas —declaradas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad— por parte del Estado Islámico (EI) pues, a menos de dos semanas de haber hecho desaparecer el milenario templo de Baalshamin, hace unos días una imagen satelital probó que el santuario de Bel, conocido como la “perla del desierto”, fue también dinamitado.

Esta situación se aúna a la terrible condición de la población en aquella región de Medio Oriente, incluso antes del establecimiento del califato sobre los territorios controlados por el EI en junio del año pasado, pues se han realizado ejecuciones masivas pero, también, se han demolido con frecuencia monumentos que, de acuerdo con la facción islámica yihadista, se consideran objetos de idolatría.

Estos ataques al patrimonio arquitectónico en la zona se han vuelto persistentes, sólo en marzo pasado miembros del EI en Iraq echaron abajo, con ayuda de bulldozers, parte de los vestigios de las ciudades de Nimrod (de tres milenios de antigüedad) y Hatra (de dos mil años), también sitios patrimoniales “protegidos” por la UNESCO, lo que entonces calificó el secretario general de las Naciones Unidas ( ONU), Ban Ki-Moon, como “crimen de guerra”.

Si bien es cierto que la historia consigna innumerables momentos en los que el patrimonio edificado de culturas del pasado ha sido destruido, en épocas recientes no se había registrado uno de esta magnitud desde, quizá, cuando las monumentales estatuas de Buda talladas a los lados de un acantilado en el valle de Bamiyan, Afganistán, fueron desintegradas con explosivos y disparos de tanque por parte del régimen Talibán, en 2001.

Crisis acentuada

Además, a esto debe sumarse una crisis humanitaria que ha desembocado en el conflicto migratorio más importante desde la II Guerra Mundial, un estado de cosas en el que las ejecuciones por parte del EI se suceden día con día y se ha llegado al punto de asesinar a uno de los más prestigiados especialistas en la historia antigua del lugar, el arqueólogo Khaled al-Asaad, de 82 años de edad, cuyo cuerpo decapitado fue encontrado a principios de agosto en una plaza pública, presuntamente por negarse a colaborar con el EI.

Al-Asaad fue, hasta su retiro en 2003, director del parque arqueológico de la ciudad de Palmira, un asentamiento que representa —desde su fundación en el siglo I a. C.— un espacio único como evidencia material de la arquitectura y el urbanismo del imperio romano, famosa por la conservación de sus columnas, su vía principal y sus diferentes templos; inscrita en la lista de sitios reconocidos como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, comparte esa distinción con los barrios antiguos (hoy devastados) de Alepo, Damasco y Bosra, además de algunas viejas aldeas del Norte de Siria.

Contra la civilización

Como señaló hace unos días la directora de la UNESCO, Irina Bokova, la devastación de la milenaria ciudad “constituye un crimen intolerable contra la civilización”, lo mismo que una prueba de la importancia determinante de la conservación del patrimonio cultural que, como indica la Dra. María Guadalupe Zepeda, representante en Jalisco del Comité Nacional Mexicano del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (ICOMOS México), “es todo aquellos que producimos y nos representa es testimonio de nuestras tradiciones”.

En este sentido, ICOMOS cumple medio siglo este año y, en ese lapso, refiere la doctora, “el patrimonio se ha resignificado; en un principio, surgió ante la necesidad de rescatar las ciudades europeas afectadas por la II Guerra Mundial —como Varsovia, París, Berlín o Roma—, pues no había lineamientos para hacerlo; ICOMOS surge en 1965 como un comité de expertos (arquitectos, historiadores, sociólogos, etc.) que determinarían qué hacer en estas zonas devastadas y los criterios a seguir en cuanto a este rescate”.

Nueva dimensión


Gracias a este “redimensionamiento” del patrimonio cultural, asegura Zepeda, también “se ha dado su lugar al patrimonio intangible, es decir, las tradiciones, costumbres y rituales; una nueva dimensión que se ha logrado gracias a la conciencia humana y su evolución, porque hoy día la conservación patrimonial no puede desvincularse del ser humano social, y debe integrarse de nuevo a los cambios en la manera de vivir de las personas”.

Esta evolución, en fechas recientes, ha sufrido cambios drásticos debido a los avances tecnológicos y en los medios de locomoción; ahora, dice la doctora, “con esta dinámica, la gente ha perdido calidad de vida y, así, el patrimonio convive con los ‘reacomodos’ urbanos, que deberían ser mesurados y conscientes”.

En este contexto, Zepeda hace referencia al Tratado de Dubrovnik, documento firmado por los comités nacionales de ICOMOS y organismos de cooperación internacionales, “donde los países afiliados a la UNESCO se comprometen a respetar, en tiempos de guerra, las zonas de monumentos”; de esta forma, para el caso de Palmira, hoy día, “es claro que los agresores no han tomado en cuenta estos principios”.

Aunque reconoce que estos principios han sido de “utilidad” en algunos conflictos armados que se han presentado años atrás, “lo cierto es que, en tiempos de guerra, se debe echar mano de todas las previsiones legales que existen para proteger este legado, estos centros de monumentos; en el caso de Palmira, la ONU debería hacer valer este tipo de tratados”.

Señal de alerta

La única vía disponible para cualquier organismo internacional que busque proteger el legado patrimonial de zonas en situación de guerra es la diplomática, pugnar porque las partes en conflicto se conduzcan dentro del espíritu y la letra de las convenciones internacionales pero, en el caso de la ciudad siria de Palmira, los hechos indican que su situación actual es una clara señal de alerta para el cuidado y preservación del patrimonio en cualquier parte del mundo.

Dominada y asolada por la constante presencia de grupos armados, la otrora “joya” arquitectónica de Medio Oriente —un enclave donde se evidencia la influencia romana, pero también el legado griego y persa— tiene ahora un destino “oscuro e incierto”, como advirtiera hace días (a la agencia Associated Press) Maamoun Abdulkarim, actual jefe del departamento de antigüedades y museos de Siria (irónicamente, el mismo puesto que por más de cuatro décadas tuvo a su cargo el malogrado Khaled al-Asaad)

UN "EJERCITO" DE DOS MIL 500 FUNCIONARIOS DEFIENDE EL PATRIMONIO SIRIO

Tras sobrevivir a más de dos mil años con sus guerras desde el imperio romano al otomano, el yacimiento de Palmira sucumbe en el siglo XXI por los ataques yihadistas. En el intervalo de 10 días, los milicianos del autoproclamado califato volaban en pedazos los milenarios templos de Baal Shamin y de Bel. Símbolos de idolatría pagana para los yihadistas, para el resto de la humanidad se trata de dos tesoros menos en el patrimonio cultural. Los otros cinco yacimientos sirios catalogados por UNESCO como patrimonio cultural también están en peligro.

Ante la destrucción, Maamoun Abdulkarim —director general de Antigüedades y Museos en Siria— prosigue su propia batalla cultural dentro de la guerra que desangra a su país. Para ello cuenta con el apoyo de su propio ejército compuesto por dos mil 500 funcionarios del Ministerio de Cultura. Han logrado poner a salvo 300 mil piezas, en “un lugar seguro en Damasco”, asegura sin ocultar una orgullosa sonrisa. Pero a Abdulkarim le sobran desafíos: “Antes Al Qaeda y ahora el Estado Islámico sacan provecho colaborando con los traficantes de arte”. Desde 2013 se intensifica el pillaje sistemático de yacimientos como el de Apamea, al norte del país.

A cambio de un porcentaje, los yihadistas permiten a los contrabandistas usar a una hambrienta población local como peones para arrasar con los vestigios arqueológicos del lugar. Éstos son posteriormente extraídos del país por vía terrestre a través de Turquía o Líbano para caer en manos de los grandes mercenarios del arte en Estados Unidos, China, Europa o el Golfo.

No todo son derrotas en la lucha contra reloj por preservar el patrimonio histórico sirio. Aparte de la evacuación de los museos, Abdulkarim ha logrado establecer un plan de protección en varias zonas del país. “En las áreas controladas por Al Qaeda o el EI no podemos hacer nada”, se lamenta. “Pero en otras zonas rebeldes hemos logrado acuerdos con los armados mediante la población local. Es el caso de Bosra (al sur del país y donde yace uno de los más famosos anfiteatros romanos), de Idlib o de la región kurda. Allí los funcionarios del ministerio de cultura, con nóminas pagadas desde Damasco, prosiguen su labor”.

Tapatío

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