Logo de aviso informador Logo de circulo informador Logo de gente bien
Martes, 20 de Noviembre 2018

Suplementos

Suplementos | Orígenes de la Escuela de Arquitectura Tapatía

Nostalgia regionalista

La Escuela Tapatía de Arquitectura fue un momento en la historia local, de referencia en el país. El legado de Díaz Morales, Castellanos, Urzúa, y Barrágan alimenta por afinidad o contraste, el genio de las nuevas generaciones

Por: EL INFORMADOR

RENOVADA. La Casa Quiñones, en la Colonia Americana, es huella de Pedro Castellanos.  /

RENOVADA. La Casa Quiñones, en la Colonia Americana, es huella de Pedro Castellanos. /

GUADALAJARA, JALISCO (28/OCT/2012).- En la primera mitad del siglo pasado, cuatro ingenieros unieron su visión del mundo respecto a la manera de hacer casas en Guadalajara. Sin estudios especializados en  arquitectura dada su inexistencia en la ciudad pero fuertemente influenciados por los viajes de uno de ellos, los impulsos modernistas del otro y las habilidades humanistas de los demás, crearon lo que quizás jamás imaginaron: una de las tendencias arquitectónicas de mayor identidad en México llamada la Escuela Tapatía de Arquitectura.

Ellos fueron Luis Barragán (1902-1988), Ignacio Díaz Morales (1905-1992), Rafael Urzúa (1905-1991) y Pedro Castellanos (1902-1961). El primero, Barragán, se hizo acreedor del Premio Pritzker de Arquitectura en 1980, dejó Guadalajara para irse a radicar al Distrito Federal desde 1936, y es allá donde está la obra más importante que legó al mundo. Díaz Morales por su parte, se concentró en la academia convirtiéndose en el fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara en 1948 y el alma de la del ITESO donde laboró de 1973 a 1992, fecha de su muerte. En el urbanismo también estuvo presente y por ello es reconocido, por la Plaza de Armas y el Templo Expiatorio. Rafael Urzúa a su vez, compañero de generación en la Escuela Libre de Ingenieros de los dos primeros, inoculó al grupo la estética de la arquitectura y el entorno natural de las haciendas jaliscienses en una reinterpretación propia luego de la lectura de los libros de “Los jardines encantados” de Ferdinand Bac que Barragán le trajera de sus viajes a Europa. Sin embargo, en 1946 se retira a su pueblo natal, Concepción de Buenos Aires, Jalisco, donde radicaría casi hasta el día su muerte, que sucede en Guadalajara para 1991. Y el ecléctico por modernista y auténtico del grupo, fue Pedro Castellanos. Convertido en sacerdote franciscano en 1938, enfocó su obra hacia la arquitectura religiosa pero pese a que su vida terminó prematuramente en 1961, su legado incluye casas y viviendas que recogen lo mejor de esta tradición tapatía reconocible en las colonias Americana y Moderna.

Así, pese a las múltiples generaciones subsecuentes a estos cuatro grandes, entre quienes los nombres de Enrique Nafarrate y Alejandro Zohn en los sesenta, o bien Salvador de Alba en los setenta suenan; quienes realmente recibieron la investidura de la Escuela Tapatía de Arquitectura en los ochenta fueron los miembros de un grupo designado directamente por Ignacio Díaz Morales para perpetuar esta tradición y su legado intelectual.

Este grupo estuvo compuesto por Juan Palomar Verea, Enrique Toussaint Ochoa, Bricio Fernández, Adolfo Hernández, Javier Pagaza, Carlos Petersen, Sergio Ortiz y otros más jóvenes que en calidad de alumnos fueron aceptados a las sesiones del grupo como Alfredo Hidalgo Rasmussen y Jorge Luis Hernández Silva. Sin embargo, todos y cada uno de ellos prontamente comenzaron a tomar sus propios caminos y la agrupación se disolvió más temprano que tarde. Pero el fenómeno actual es que hoy día, al gremio general de arquitectos en Guadalajara muchos lo siguen conociendo y nombrando allende las fronteras de Jalisco, como la Escuela Tapatía de Arquitectura.

Disoluciones, desdoblamientos y continuidades

Si bien en los últimos años a la Escuela Tapatía de Arquitectura se le ha conocido como una tendencia marcada por Urzúa, Barragán, Castellanos y Díaz Morales durante el período de producción que va de 1928 a 1936, por otro lado se ha entendido como “las pesquisas sobre sus propias raíces” que “la siguiente generación decidió hacer, en especial sobre el vernáculo jalisciense, produciendo una arquitectura regionalista”, según el texto editorial de la revista Piso publicada en octubre de 2006. Pero a la distancia, ¿qué se debe entender en la segunda mitad del siglo XXI como Escuela Tapatía de Arquitectura? ¿Aún existe, se ha transformado o ha evolucionado en algo reconocible?

“No es que sea una escuela institución con aulas y talleres como se habla de la escuela florentina o napolitana, sino entendida como un todo que actúa, eso son las dos escuelas (existentes en México), la tapatía y la yucateca —dice el académico de la UNAM, Humberto Ricalde—. Son únicas y sorprenden”.

Yucateco por nacimiento pero con residencia en el Distrito Federal desde hace muchos años, Ricalde cuenta entonces su visión de las cosas: “Gracias a un gobernador, Jesús González Gallo (1900-1957), que tuvo la idea y le dijo a Nacho Díaz Morales ‘vamos a fundar una escuela’. Esa acción fue definitoria del cómo nace esta Escuela Tapatía. Mientras que en Mérida, en los años ochenta, Fernando Medina Casares funda la ahora Facultad de Yucatán. Eso ha hecho que Yucatán y Guadalajara se definan como tendencias, la yucateca es clara, pero la tapatía es clarísima”. Y como éstas, argumenta, no existen otras. “¿Por qué no en Querétaro que es pujante, por qué no en Monterrey que hay tantos recursos, por qué no en Oaxaca que hay esta fuerza cultural? ¿Por qué no hay escuelas en este sentido de la Scuola Fiorentina?”, pregunta el conocedor.

Cuestionados al respecto, algunos de los herederos de este linaje como lo son Juan Palomar Verea y Enrique Toussaint Ochoa, ambos egresados del ITESO en los años ochenta y quienes conocieron en vida a los personajes en cuestión, dan sus opiniones.

“Creo que es un tema que no pertenece tanto a la historia como al presente —sostiene Palomar Verea—. No es una situación, un movimiento que se cristalizó y se quedó en el tiempo, sino que es como una condensación que hubo en su momento por un grupo de gente excepcional que hicieron una síntesis única en la historia de la arquitectura de Occidente del país, y que es muy valiosa en términos de que pudieron articular un lenguaje y una manera de estar en el mundo a través de la arquitectura”.

Actualmente asociado con el capitalino Alberto Kalach en una diversidad de proyectos como el Atlas de la Ciudad de México (disponible en www.kalach.com) y otros de diversas escalas por su cuenta, Palomar explica que Urzúa, Barragán, Castellanos y Díaz Morales lograron hacer esto “gracias a que compartieron principios e inquietudes, capitaneados por Luis Barragán obviamente, pero que dejaron un sedimento que es muy fértil y que luego tiene un siguiente avatar en la escuela que fundó Díaz Morales (en la Universidad de Guadalajara, 1948), que es hijita de la primera, no de manera directa ni textual ni literal, pero sí con una filiación evidente”.

Es con la Escuela de la UdeG que vino entonces el cimiento para “una nueva visión del mundo desde Guadalajara la cual también fue valiosísima (porque) de ahí ha habido desdoblamientos a través del tiempo de gente que ha absorbido naturalmente estas cosas”. En otras palabras, la arquitectura rompió con el pasado y se dejaron atrás las repeticiones tradicionales para dar paso a novedades en el espacio y en la forma.

“Hablar hoy de la Escuela Tapatía, no”

“En términos de la influencia de Luis Barragán, yo creo que los arquitectos que mejor han sabido entender sus enseñanzas son algunos en los que quizás se ve menos su huella aparente o evidente. No son los que hacen murotes con colores y toda esa parafernalia que finalmente es epidérmica. Y yo creo que con la Escuela Tapatía ha pasado lo mismo porque depende más de vivir una cultura y entender una manera de estar, que de formas y recursos retóricos”.

En tanto, Enrique Toussaint explica por su parte a la Escuela de Arquitectura Tapatía como “un término que inventa Díaz Morales, quien además de arquitecto era académico, y que como buen profesor, le tenía que poner un nombre a las cosas”. Respecto a lo que es o fue en sí, señala que se le puede llamar así, “aunque mucha gente no está de acuerdo”, a lo que a principios del siglo XX caracterizó cierta arquitectura hecha por ingenieros, “porque en esta ciudad todavía no había arquitectos”. Muchos coinciden en que hay de esa época “una arquitectura que responde a Guadalajara”. Para él, se trata de un movimiento que tuvo su aquí y su ahora. “Me parece bien que se llame escuela pero pertenece más bien a una historia. No existe ya, pero como todas las escuelas —como la Bauhaus en Alemania o la del Tichino al Norte de Italia y Sur de Suiza hace 30 años— dejó enseñanzas y sigue habiendo arquitectos que lo hacen muy similar, utilizando elementos parecidos”.

Al preguntarle sobre la existencia actual de un grupo o colegio que de continuidad a los preceptos de la Escuela Tapatía de Arquitectura, Juan Palomar responde: “No, yo no creo que exista un movimiento articulado y expreso de gente que se suscribe a unos principios y que los proclame. Creo más bien que hay gente de distintos ámbitos y de distintas generaciones que han entendido esa herencia, la han hecho suya de manera natural y están produciendo sus propias cosas, pero en ese metabolismo sí está implícita y afortunadamente presente la Escuela de Arquitectura Tapatía”.

Palomar asegura: “sería muy saludable echarse un clavado y entender qué fue y de qué se trataba y por qué floreció, por qué fue significativa, por qué fue pertinente y por qué no fue una moda como las que vemos pasar cada dos o tres años”. Este apunta a la importancia de ver la profundidad de las ideas provenientes de los cuatro grandes que la sustentaron, vista como una relación con la cultura regional y universal y no nada más con la arquitectura como tal. Quizás ahora la pregunta sobre la existencia o definición de una Escuela Tapatía de Arquitectura deba ser para las universidades que componen la oferta y la formación del futuro de esta ciudad. Si hubo una época en la que sin academia surgieron los cuatro grandes y entre ellos un Premio Pritzker, ¿qué pasa ahora con la existencia de la Universidad de Guadalajara, el ITESO y el TEC de Monterrey como principales?

En esa misma línea de análisis está el arquitecto Miquel Adriá, director de Arquine y curador para el CONACULTA de los proyectos que representan esta disciplina mexicana en el exterior, el concepto de Escuela Tapatía de Arquitectura le trae a la mente “el momento glorioso de Díaz Morales, Castellanos y Urzúa, aquellos arquitectos notables de los años cuarenta, y Barragán de rebote, una especie de modernidad light, una versión –digamos- un lenguaje que busca la mexicaneidad no sé por qué en el Mediterráneo, en esas perforaciones, celosías triangulares, como una serie de elementos que hacen una especie de arquitectura colonial pasada por una lectura local, que sí, a la vez tiene algo de propio”.

Adriá asegura que esto ya no existe. “Hablar hoy de la Escuela Tapatía, no. Pienso en dos o tres arquitectos contemporáneos interesantes, pero que podrían ser de cualquier otro lugar, es decir, no veo que haya nada que vaya con el apellido tapatío. Sí, trabajan en Guadalajara, son talentosos, pero no pensaría en algo que los conecte con esa identidad”.


EL APELLIDO TAPATÍO

La Escuela de Arquitectura Tapatía fue “un grupo de personas encabezados por Luis Barragán (1902-1988), Ignacio Díaz Morales (1905-1992), Rafael Urzúa (1905-1991) y Pedro Castellanos (1902-1961), eran ingenieros que la hicieron de arquitectos”, explica Enrique Toussaint. De esta generación se desprendió otra de ingenieros que hicieron cuantiosa arquitectura residencial entre quienes estuvieron Miguel Aldana Mijares, Enrique González Madrid, “e inclusive los maestros de obra que en ese entonces proyectaban y construían, como el maestro José Castillo, hay muchas casas de él por Chapultepec que tienen su placa”. De tal forma, las colonias Moderna, Obrera, Americana y Agraria llevan el sello de este movimiento.

Hoy día esta herencia va “evolucionando, como pasa con todas las demás tradiciones –indica el arquitecto Juan Palomar-. Se  van encarnando a distintos actores, de manera conciente, inconciente, explícita o no, pero ese sustrato está ahí y es muy fuerte”.


LA DE MÉRIDA


En Mérida, Yucatán, existe un grupo contemporáneo de arquitectos, entre los que están Augusto Quijano, Javier Muñoz, Jorge Carlos Zoreda, Mario Peniche y Enrique Duarte, quienes constituyen la Escuela Yucateca en el sentido de compartir amistad y cercanía profesional en cuanto a solidaridad gremial.

“Mérida es un caso muy interesante y yo creo que en varios renglones es equiparable porque hay un grupo que comparte una serie de principios y una serie de preocupaciones”, comenta Juan Palomar. “Son cuates que saben vivir muy bien su lugar y su contexto, sus tradiciones, su comida, visto desde distintos puntos, y las han hecho valer, las han encarnado en sus obras. Claramente, viéndolo de lejos, hay una escuela meritense de arquitectura mexicana, pero la diferencia es que ellos han sabido hacer grupo y aquí cada que se intenta hacer un grupo ganan los pequeños egos, ganan las discordias, las pequeñas envidias y cada quien acaba jalando para su santo. Y esa ha sido la historia los últimos treinta años”, sostiene.

Temas

Lee También

Comentarios