Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | El Haragán culturoso

Nos robaron el presente

Por: Jorge Zul de la Cueva

Por: EL INFORMADOR

Camino, de la mano de ella, por una calle cualquiera dispuesto a perderme en la ciudad en que habito. El cielo ha cumplido; el sol brilla con mediana fuerza, calentando sin joder y sopla un viento que amenaza con refrescar la tarde al punto de necesitar un abrigo ligero. Su cabello brilla como la esperanza, su tacto es suave y sus pupilas se dilatan en una mirada que tiene gusto a caramelo.

Ella camina y lo hace conmigo, disfrutamos ese gusto de moverse hacia ninguna parte, la aventura de buscar un garito cualquiera, un restaurante sorpresa, un menú interesante y una copa de vino, es decir de una tarde a la vez común e inolvidable.

El experimento es un fracaso rotundo. Más allá de un trasnochado puesto de fritangas, de un expendio de tacos al pastor que bien podría vender tacos de mugre y de una fonda improvisada con un servicio indigno para el guetto de Varsovia, no hay absolutamente nada.

Nos vemos obligados a comer cualquier cosa y hemos perdido la oportunidad de una velada especial. No por falta de búsqueda o intención sino de opciones. Porque las avenidas y las calles ofrecen, salvo heroicas excepciones, pura mierda.

Ella siente algo de frío y propongo comprar una sudadera en cualquier parte, pero cualquier parte no existe y las sudaderas son más feas que las hermanas de Díaz Ordaz.

La tarde transcurrió con buen humor, con aceptación de lo adverso y con un cierto sabor amargo, con un intuir que nos merecemos algo más, una ciudad bien planeada con opciones, con recreo y humanidad.

Una ciudad viva y no una mancha de concreto sucia, con magros servicios y pocas opciones. Al no tenerla he visto a mis amigos partir, a los corazones romperse, a las familias desintegrarse y al señor Cuervo vender millones de barricas de dulce olvido.

Yo culpo de esto a los ladrones que entronamos porque al robarnos el patrimonio, al embolsarse los recursos y construir un sistema que funcione única y exclusivamente para sus corruptelas, nos han robado el derecho al presente y la posibilidad de un mejor futuro.

El hecho de que las autoridades sean corruptas al punto del descaro, de que roben hasta la sonrisa de los habitantes, de que se embolsen jugosos aguinaldos mientras trabajadores de a pié, del infelizaje, se quedan sin sus míseros bonos anuales “por que debemos apretar el cinturón del Estado (fallido)”, de que presidentes municipales de lugares como Tonalá, gasten sumas ofensivas en su informe de desgobierno y no puedan pagar la nómina del famélico cuerpo de policía o que se gestionen proyectos inviables y corrientes como la construcción a sangre y fuego de viviendas y bodrios deportivos en áreas naturales protegidas y fraccionamientos en bosques primarios es francamente terrible.

Pero lo más terrible de lo terrible, decía el filósofo etílico Mario Cuevas mientras escrutaba las estrellas en busca de respuestas, es ser parte de lo terrible, es participar de aquello que ofende y que daña.

Y ese es justo el epicentro de la porquería. Que estos cerriles y agrafos salteadores de caminos nos roban el entorno, nos destruyen la cuidad, nos contaminan el presente.

El resultado de estas políticas ebrias, de estas improvisaciones en materia de todo es el hurto del hoy, de la vida, del disfrute, de la calle. Es el asesinato de las opciones, es hacer del hábitat un niño desnutrido.

Así, la corrupción nos roba la tranquilidad y la seguridad social, nos arranca de cuajo el servicio digno en los hospitales, el sueño de la jubilación para los ancianos y una educación medianamente decente para los jóvenes.

El veneno recorre todas las avenidas, la hiel disfrazada de azúcar morena invade las televisoras que repiten sin fin el drama de Cenicienta y dibujan una realidad rosa y falsa.

Nosotros, en nuestra caminata de domingo, hacemos lo que los caballos de calandria. Optamos, hoy que sus ojos brillan para mi, por mirar solo al frente y comprar un helado con gusto a leche en polvo e instalarnos en un cine a mirar cualquier cosa en esa hora en que la película que exhiben es lo último que importa.

De esta manera descubrimos, como quien tropieza con una piedra preciosa, que en lo humano, que en lo íntimo existe todavía el milagro, que la ciudad está en los ojos que la miran y que hay esperanza y vida todavía en y a pesar de este vómito incongruente que es el hoy.

Tapatío

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