Suplementos | La tuya en bicicleta ''No hay trayecto ni horario que se me resista'' Por Matiana González Por: EL INFORMADOR 4 de marzo de 2012 - 02:57 hs Barcelona cuenta con 201 km de carril bici para transportarse y disfrutar de la ciudad. ESPECIAL / Cierro la puerta de mi casa. Bajo las escaleras, me enfundo el casco, salgo a la calle y empiezo a rodar. Una cuadrita por una calle semipeatonal hasta girar a la derecha, para recorrer cien metros más y emprender por calles estrechitas en donde los coches no pueden siquiera rebasarme. Un trozo de banqueta para superar un sentido contrario, y finalmente llego al carril bici de la calle Tuset, donde ya no tengo ni que concentrarme. Tras un entronque lleno de conflictos entre los peatones y las bicis, y algunas cuadras por una calle ancha y llena de tráfico, doblo a la izquierda y alcanzo el estacionamiento del mercado, donde me desenfundo el casco y amarro la bici con dos buenos candados. Han pasado 16 minutos en total. En metro, llegar a la oficina me hubiera llevado 25. En bus, 10 más. En una ciudad como Barcelona, de población densísima y por tanto extensión muy escasa, la bicicleta es el medio de transporte ideal: llegas antes, gastas menos, te ahorras el gimnasio y te diviertes más. Es cierto: si es de noche, estás lejos y has bebido tequilas en exceso, te puede dar muchísima pereza, pero entonces puedes subirte al metro y llevarla contigo a donde vayas. Por lo demás, casi nunca el trayecto dura más de 20 minutos, la pendiente es constante pero muy moderada, y es rara la ocasión en que llueve lo suficiente como para de plano tener que abandonarla. Queda muy mal decirlo, pero yo soy un hacha al volante. Hace 10 años no me creía capaz de pedalear con tacones rumbo a ninguna fiesta por la noche, y tomaba la bici tan sólo como un divertimento. Hoy, no hay trayecto ni horario que se me resista. A mi bici le he instalado canastilla para no tener que llevar la carga a cuestas; uso casco, guantes, y tengo lucecitas adelante y atrás. Sé planear las rutas más veloces, y también mantengo el equilibrio a una velocidad cercana a cero para esquivar peatones sin problemas, si acaso he de subirme a la banqueta. Soy, en pocas palabras, la más fiel exponente del ciclista barcelonés, lo que quiere decir que soy una verdadera caradura. El ciclista en Barcelona es feliz en tanto que también es un hipócrita. Exige al ayuntamiento que sume kilómetros de carril bici, y a falta de ellos puede también circular como coche. Pero cuando su destino queda en dirección contraria a la del tránsito, hay embotellamiento o necesita cruzar alguna plaza, sin problemas ocupa el nicho ecológico de los peatones, exigiendo que le cedan el paso en los cruces de cebra, y echándose la bici a cuestas si acaso se topa con algún escalón. Sólo sufre el ciclista cuando se ve obligado a entrar al barrio gótico, a salvo de los coches pero con tanta gente que casi siempre se ve obligado a desmontarse de su bicicleta y empezar a empujar. El territorio hostil se extiende a las manzanas que rodean los edificios más visitados por las avalanchas de turistas que, con sus detenciones súbitas para exclamar que qué bonito y sus trayectorias del todo impredecibles, constituyen, junto con las palomas y los perros, uno de los grandes incordios. El único peligro real, por el contrario, son los camiones grandes, especialmente si giran en la esquina cuando tú quieres seguir de frente y vas distraído por sentirte seguro en tu carril. Hace unos días pereció una mujer precisamente en esas circunstancias, pero ni así yo le he tomado miedo, pues las mismas asociaciones que exigen mejor infraestructura reconocen que en Barcelona hay menos accidentes por trayecto recorrido en bici que en moto, en coche o incluso a pie. El otro riesgo es la adicción y el fundamentalismo. Pero teniendo en cuenta que en Barcelona no se piropea y puedes pasarte meses en minifalda sin que nadie te dirija siquiera la mirada, que te digan, como a mí el otro día: “Por ti me dejo atropellar”, justifica con creces una loa sin matices. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones