Viernes, 10 de Octubre 2025
Suplementos | De memoria

Mi 68

Por: alfredo sanchez

Por: EL INFORMADOR

Hace 40 años, la Ciudad de México se debatía en una mezcla de zozobra y entusiasmo.  El 1 de agosto se formó el Comité Nacional de Huelga con el que inició formalmente el conflicto estudiantil de 1968 que habría de desembocar en los lamentables hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. La paranoia gubernamental decidió. Mejor unos cuantos muertos antes que aguar la fiesta que se aproximaba, precisamente la fuente del entusiasmo de aquellos días, la celebración olímpica en México. Ante los acontecimientos mundiales que sin duda contagiaban a los jóvenes de nuestro país (los tanques soviéticos en Checoslovaquia durante la Primavera de Praga, la revuelta parisina del mismo año), la reacción del gobierno de Díaz Ordaz fue tajante: aquí no pasarán y menos cuando vienen las olimpiadas.
Yo estudiaba la primaria en el Distrito Federal y como todos los niños de mi edad, esperaba con ansias y emoción la celebración olímpica, pero también miraba con temor lo que sucedía en las calles. Aunque en la casa se hablaba del conflicto en voz baja, era inevitable leer la primera plana de los periódicos y las leyendas pintarrajeadas en los camiones urbanos: “Prensa vendida”, “Díaz Ordaz, asesino”, “Luis Cueto criminal”. Ocasionalmente también se veían grupos de jóvenes repartiendo volantes que denunciaban la represión gubernamental. En la prensa –casi toda del lado del gobierno- y en los escasos noticiarios de televisión, se hablaba de una “conjura comunista” que pretendía boicotear la gran celebración olímpica. A los 11 años uno no entendía gran cosa, pero se daba cuenta de que el aire se podía cortar en rebanadas. Y, sin embargo, ya iban a comenzar los Juegos, paradójicamente simbolizados por una paloma blanca y el lema Todo es Posible en La Paz. Por todas partes aparecían las formidables imágenes diseñadas por Lance Wyman simbolizando cada una de las competencias y el 12 de octubre se inauguró la XIX Olimpiada sin importar que apenas diez días antes las calles de la capital se habían pintado de sangre.

Si comparamos con los espectáculos de Barcelona o Pekín, la inauguración de México 68 fue más bien modesta. Se soltaron 40 mil globos de gas, 10 mil palomas blancas fueron liberadas en el estadio de Ciudad Universitaria y la corredora Queta Basilio –por primera vez una mujer- encendió como último relevo el pebetero olímpico. Yo tengo un par de anécdotas personales a propósito de esos días.

Un tío mío trabajaba en el “departamento central” –como se le conocía a la jefatura de gobierno del DF- con el regente Corona del Rosal y nos consiguió boletos para asistir a Ciudad Universitaria alguno de esos días. La verdad era complicado atender a lo que sucedía en el estadio pues había varias competencias simultáneas en distintos puntos –una especie de circo de tres pistas multiplicado-, así que recuerdo muy poco de lo que ocurrió esa jornada, salvo un detalle: en un extremo de la pista había salto de longitud y el turno era para un norteamericano que arrancó un alarido a quienes testificamos su salto descomunal. Era Bob Beamon quien acababa de romper todos los récords conocidos: ocho metros con 90 centímetros. Se dijo que lo ayudó el viento, pero el caso es que pasaron más de 20 años para que alguien pudiera romper esa marca.

La segunda anécdota ocurrió algunos días después de que finalizaron los juegos. Un vecino llegó con el rumor de que Felipe “el Tibio” Muñoz vivía en nuestra colonia, apenas a tres cuadras de mi casa. Al principio no le creímos. “El Tibio”, de quien nadie había oído hablar antes del 12 de octubre, se había consagrado como el héroe nacional al ganar la medalla de oro nadando de pecho los 200 metros y venciendo a gringos y rusos; ¿cómo iba a ser posible que viviera en el vecindario, en la mera Vértiz Narvarte? Y, sin embargo, caminamos hasta el supuesto domicilio, nos paramos enfrente sin saber qué hacer y de pronto salió por la puerta el mismísimo Felipe quien, al vernos, nos preguntó si queríamos pasar a su casa.  Entramos con una mezcla de reverencia, miedo y emoción mirándolo todo. Era una casa común y corriente, como la de cualquier clasemediero igual a nosotros. Nada qué ver con el Olimpo a donde Felipe había ascendido unos días antes. Fue entonces cuando el hoy funcionario deportivo lanzó la pregunta: “¿Quieren ver la medalla?”.  Desapareció un momento y regresó con el oro en las manos y lo puso sobre las nuestras. Eso fue todo: salimos, regresamos a casa a contar lo sucedido y nunca más vimos de nuevo al nadador.

Durante aquellos 15 días olímpicos hubo tregua. El Consejo Nacional de Huelga ofreció –y cumplió- que no habría manifestaciones ni disturbios durante los Juegos Olímpicos. La televisión –mayoritariamente en blanco y negro aunque ya algunas casas tenían a colores- nos permitió ver al sargento José Pedraza haciendo rabietas por haberse quedado nada más con la medalla de plata en caminata, a Jim Hines que corrió por primera vez los 100 metros en menos de 10 segundos, a los norteamericanos Tommy Smith y John Carlos levantar el puño enguantado reivindicando en el podio al Black Power –por cierto con terribles consecuencias para ambos a causa del revanchismo de los gringos blancos-, a las mexicanas Pilar Roldán –plata en esgrima- y María Teresa Ramírez –bronce en natación-, a la maravillosa gimnasta checa Vera Caslavska y al prodigioso saltador Dick Fosbury brincando –también por vez primera- de espaldas.
Sin embargo ninguna de esas proezas pudo evitar que fuera el 2 de octubre  -que no se olvida, dicen- la fecha que se quedara en el imaginario colectivo. También dicen que fue la fecha en la que comenzó nuestro larguísimo y aún inconcluso viaje hacia la democracia.

Tapatío

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