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Miércoles, 21 de Noviembre 2018

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Los tapatíos y los restaurantes

Podrán faltar parques, centros recreativos, áreas peatonales, centros culturales y demás, pero sin duda uno de los placeres del tapatío es el salir a comer fuera de casa, sobre todo en esos días en que da mucha flojera preparar alimentos para toda la familia.

Por: EL INFORMADOR

Si hay algo que le sobra a Guadalajara son los restaurantes. Podrán faltar parques, centros recreativos, áreas peatonales, centros culturales y demás, pero sin duda uno de los placeres del tapatío es el salir a comer fuera de casa, sobre todo en esos días en que da mucha flojera preparar alimentos para toda la familia.

El tiempo que toma cocinar, picar verdura, sazonar, el tiradero que suele uno dejar, para luego devorar la comida en un dos por tres. Por eso es tan cómodo salir a comer a un restaurante: todo lo preparan por ti, tú sólo tienes que elegir (y pagar por el servicio, por supuesto).

Existen muy diferentes conceptos de restaurantes en la ciudad, la lista es larga y amplia, no sólo por el tipo de comida (italiana, china, mexicana, francesa, etcétera) sino por el ambiente que brinda y los precios que maneja.

Aunque la prioridad para atraer a la clientela son los platillos y bebidas que cada uno ofrece, los espacios arquitectónicos donde éstos se disfrutan tienen una influencia determinante para pasar o no un rato agradable.

La palabra “restaurant”, de origen francés, data del siglo XVI, inspirada tanto en su significado (alimento que restaura y hace recobrar el estado normal) como en la palabra latina “restaurabo”, que quiere decir “restablecer”.

El primer restaurante de París (1765) “Le Boulanger”, en la Rue des Poulies, tenía pintado el siguiente letrero en latín, imitando ciertos pasajes del evangelio: “Venite ad me, omnes qui stomacho laboratis et ego vos restaurabo” (Venid a mí todos los que sufrís debido al estómago y yo os restableceré).  

Para recuperar las energías, nada mejor que un buen alimento en medio de un ambiente placentero.

Pero, como en todo, en gustos se rompen géneros. Algunos restaurantes deben su éxito más a la envoltura que al contenido, y aquí se incluyen, por ejemplo, las franquicias estadounidenses de comida rápida (para ser consumida de preferencia con la misma rapidez de su servicio, ya que una vez fría sabe a algo muy similar a cartón con aceite).

Estos lugares tienen como condición trasplantar idénticas la imagen y la publicidad, que se distingue a kilómetros de distancia. Incluso tienen como requisito que la persona que atiende hable igual a todos los clientes, con las mismas frases: “Buenos días, ¿puedo tomar su orden? …. Son 80 pesos… recibo 100, devuelvo 20…”.

Algunas son construcciones prefabricadas, otras añaden la teja quizá para mexicanizarlas, pero todas revelan una arquitectura ajena y sobrepuesta, como los productos que venden: temporalmente satisfactorios y desechables. Tienen, como atractivo adicional, un núcleo de juegos infantiles, que hacen a los niños olvidarse de la comida y a los padres olvidarse de los niños.

Otros restaurantes dependen del teléfono, con un servicio a domicilio en motocicleta, tan exitoso en esos domingos de televisión y pasividad.

La comida se paladea en casa, pero el concepto es el mismo: el producto se vende por el nombre y la imagen.

Existen establecimientos totalmente encerrados, con pocas o ninguna ventana, clima artificial, sustituyendo la luz natural por neón. Esto nos aísla de la realidad, y a veces nos esconde tras vidrios de espejo.

Un toldo angosto, un anuncio sobre el ingreso y un color fuerte suelen revelar su existencia.

Este concepto es muy utilizado por restaurantes caros y elegantes, como un símbolo de exclusividad.

Una variación de lo anterior son las cafeterías tan populares en los sesenta, con bancos altos en fila frente a la barra, o el mobiliario en hilera frente a una vitrina que amplía la visibilidad, pero sin dejar de ser un lugar cerrado.

Por falta de espacio o presupuesto, o bien de sentido común, es común abrir una especie de terraza hacia la calle (a veces en las cocheras de las casas, donde venden antojitos, tamales, comida casera), separada por una valla de plantas en maceta, sobre un muro bajo, seguida de una reja o cancel.

Este verde bloqueo, por más abundante que sea, es visual más no auditivo ni olfativo.  

Otra disposición de espacio incluye las mesas pegadas a la banqueta, que permiten compartir la vida pública, según lo interesante o atractiva que ésta sea (cerca de una plaza o teatro, al estilo europeo).

Para los gourmets callejeros, no pueden faltar los populares puestos ambulantes (¿Quién no ha comido tacos en la calle? Dejaríamos de ser tapatíos…).

Estos sitios son prácticos y económicos, aunque a menudo están en calles tan transitadas que, entre la tortilla y el paladar, inhalas sin costo extra el “smog” del camión que en ese momento arranca con el pasaje. A la mayoría de la clientela, esto parece no importarles, como tampoco les afecta comer de pie, si acaso esos taquitos resultan ser los mejores de la ciudad.
Sin embargo, con este clima soleado y cervecero que gozamos, y este gusto tapatío por la privacidad y la buena charla, lo ideal es hacer los restaurantes dentro de un concepto intermedio, que incluyan  áreas abiertas, semiabiertas y techadas.

Terrazas con tejabanes, pérgolas, enredaderas o, qué mejor, al aire libre bajo un conjunto de árboles frondosos.

Lo esencial es abrir estos espacios hacia el interior del establecimiento, no hacia afuera, a modo de patio o jardín. Aún en las épocas de lluvia, a estos espacios se les pueden implementar techos de manera fija o temporal, improvisados o bien diseñados, para proteger al cliente del aguacero.

En general, en cualquier restaurante, un mobiliario colocado sin simetría favorece el ambiente. Se siente menos rígido. Otro recurso es un espacio de doble altura hacia el  área abierta, para ampliar las sensaciones, así como puertas o ventanas corredizas, celosías o cortinas enrollables, para modificar estos espacios con facilidad, cuando el clima se ponga extremoso.
Mis recomendaciones finales para cualquier restaurante serían los siguientes: que los letreros estuvieran pegados a la fachada y no perpendicular a la calle sobre un poste.

La luz neón no debería estar permitida en ningún lado, y menos en los interiores. Cuidar la decoración es muy importante, en general no tratar de sobrecargarlo, para que el espacio luzca despejado. Poner estacionamientos atrás del establecimiento, al fondo, para que los coches no roben vista.

Añadirle música para ambientar, hay para todos los gustos, claro, pero a un volumen BAJO, para no aturdir y dejar fluir las conversaciones.

Si la calidad de la comida es tan buena como la del lugar, hemos logrado un 10 rotundo. Así, tanto los propietarios del negocio como los comensales resultarán beneficiados en todos sentidos, comenzando por el paladar. No me resta más que desearles a todos… ¡Buen provecho!

LAURA ZOHN

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