Jueves, 09 de Octubre 2025
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Los piratas estaban organizados

Con su libro ' How music got free', Witt amarra los hilos que sacudieron la industria musical

Por: EL INFORMADOR

Stephen Witt realizó una investigación sobre una organización que diseminaba material en internet. ESPECIAL / M. Mcgregor

Stephen Witt realizó una investigación sobre una organización que diseminaba material en internet. ESPECIAL / M. Mcgregor

GUADALAJARA, JALISCO (22/MAY/2016).- Su trabajo de investigación ha sido de largo aliento. Le llevó de Erlangen (Alemania) a Shelby (Carolina del Norte, Estados Unidos) pasando por Sarasota, Oslo y Los Ángeles, entre otras muchas ciudades. Sólo en ganarse la confianza de uno de los tres personajes que vertebran su relato -“How Music Got Free”-, un trabajador de una planta de impresión de CD’s en Carolina del Norte que resultó ser parte de una organización que diseminaba material en internet, empleó, según cuenta, más de tres años.

Stephen Witt (New Hampshire, 1979) estudió un centenar de informes del FBI que le dieron varias pistas e hilos de los que tirar para construir la historia de ese grupo organizado y secreto que obedecía al nombre de “The Scene”. Al cuarto mes de investigación, dio con el dossier de un tipo que suministraba material, que se llevaba los discos de la fábrica ocultos bajo un cinturón ancho XXL, un joven de mirada perpetuamente indiferente fascinado por las llantas de coches: Bennie Lydell Glover, “Dell” para los amigos.

“Cuando empecé a leer su informe, me dije: ‘Este hombre ha hecho más daño que nadie, ¿quieres hablar de piratería?, ¡este es el tipo!’”. Witt se ríe al otro lado del teléfono, habla desde su apartamento en Brooklyn. Es la una de la tarde en Nueva York y acaba de despertarse. Dice que siempre le gustó levantarse tarde. Por eso, entre otras cosas, se hizo escritor.

Con la ayuda de algunos compañeros, Glover coordinó a lo largo de once años la extracción de cerca de dos mil CD’s de la planta en que la discográfica Universal fabricaba sus discos: Kanye West, Queens of the Stone Age, Bjork, Jay Z... Los comprimía y los ponía al servicio de “The Scene” -y, más concretamente, de Rabid Neurosis, plataforma ilegal de intercambio de archivos-. “‘The Scene’ fue un grupo pequeño y secreto, de unas mil personas”, explica. “A lo largo de dos décadas, antes de que se reparara en su existencia, colocaron la mayor parte del material pirateado que había en internet. Situaban a espías en la industria del entretenimiento y de ese modo conseguían filtrar material”. Entre ellos había periodistas musicales que accedían a los discos con antelación y programadores de la radio.

El reportero norteamericano construye su libro cruzando la historia de “Dell” Glover con la de Doug Morris, presidente de Universal Music entre 1995 y 2011, que personifica las malas decisiones y la lentitud de reflejos de las discográficas, que no supieron reaccionar ante el tsunami que se cocinaba en la red de redes; y con la de Karlheinz Brandenburg, matemático genial, inventor del mp3, que vio cómo la industria despreciaba su formato en favor del mp2 y acabó liberando en internet el “L3enc”, un software que permitía transformar las canciones de los CD’s en pequeños archivos fácilmente compartibles online.

Witt, que fue matemático antes que periodista y tiene un pasado en el mundo de las finanzas -trabajó en un hedge fund (fondo de capital riesgo) y se sentaba cerca de Steve Eisman, el tiburón que encarna Steve Carell en la película “La gran apuesta”-, expone los errores de una industria que dirigió el tiro hacia los usuarios que intercambian archivos -en Estados Unidos, el proyecto “Hubcap” llevó a los tribunales a 17 mil personas- y que lo acabó pagando. “La persecución no funcionó, fue absolutamente ridícula, no evitó las descargas e hizo que todo el mundo odiara a las discográficas. A la industria, irónicamente, el daño real se lo causó gente de dentro, gente como ‘Dell’ Glover”.

Tras terminar la escritura de su libro, Witt se inscribió a una plataforma de streaming y se llevó sus discos duros, con 100 mil canciones, a un viejo almacén en Queens, Nueva York, donde se destruye material informático.

Con unas aparatosas gafas protectoras, asistió, solemne, a la destrucción de su arsenal.

Comentando la postura de artistas como Thom Yorke, de Radiohead, que claman contra los exiguos dividendos que estas plataformas generan para los músicos, Witt -que afirma pagar por el 90% de la música que escucha ahora, y defiende los derechos de autor, aunque no a riesgo de que internet acabe siendo patrullado por la policía (”Soy un firme defensor de un internet abierto”)- hace una última confesión antes de cerrar la conversación: el último disco de Radiohead, lo ha bajado. “Sí, lo pirateé porque no lo encontraba en ningún sitio”.

Tapatío

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