Suplementos | Leer (escribir), placer perfecto Literatura Nacer a la escritura, revelarse como las mariposas después de ser gusano lector y oculto siempre en las festividades bajo árboles leyendo cosas que los demás no necesitan Por: EL INFORMADOR 6 de octubre de 2008 - 04:32 hs por: guadalupe ángeles Nacer a la escritura, revelarse como las mariposas después de ser gusano lector y oculto siempre en las festividades bajo árboles leyendo cosas que los demás no necesitan, quise decir no entienden, pero hoy comprendo que no lo necesitan, porque recuerdo que la felicidad es uno de los temas más difíciles de desarrollar por escrito, la felicidad y el placer, dificultad peluda, ésta última, diría Cortázar, y también reto, como reto es siempre hacer hablar a las palabras, sí, suena extraño o quizá redundante, pero a veces las palabras no dicen lo que queremos, y no me refiero sólo a dificultades de estilo, sino a la capacidad de comunicar más allá de lo meramente narrativo, de lo difícil que es darse a entender cuando se ha explorado “hombre adentro”, y se vuelve con tesoros o humus diversos. Nacer a la escritura entonces, hacerse obrero de los verbos, considerarse Escritor, eso es nacer a la escritura. Y antes de nacer a la escritura, todo creador ha pasado por diferentes grados del vicio de la lectura; una vez inmerso en ese todo donde lectura y escritura conforman el paisaje entero, vuelve la vista y pregunta: ¿Escribir, Leer, por qué, para qué? Si me lo permiten, contesto en primera persona y sólo porque he contestado a esta pregunta a mi hija cuando ella tenía 10 ó 12 años (sin que me la hiciera, lo confieso), con la certeza del que sabe que siempre es posible equivocarse, con la seguridad de quien ha vivido en este mundo de manera mejor, gracias a la lectura. Le he contestado, decía, que si la gente que conocemos a veces nos decepciona, un libro jamás, y sobre todo encontraremos allí, donde no hay más ruido que el leve volverse de las hojas, lugares fascinantes, donde el más deslumbrante es el paisaje interior del ser humano, manifiesto en sus actos, en sus razones, en su sentir. Abusando del espacio que ahora ocupan mis palabras (y quizá no debiera), me permitiré contarles una anécdota personal, sucedió hace ya muchos años: Estaba leyendo el libro de Ricardo Garibay, Triste Domingo y tuve que ir a las oficinas de Fonacot a tratar un asunto que ya se había alargado demasiado... mientras esperaba que me atendiera alguno de aquellos personajes prototípicos, que en esa dependencia hacían gala de su mala fama, recordaba perfectamente la descripción que Garibay hace de la protagonista de su novela y de inmediato decidí ser ella, que seguramente con su presencia y desenvoltura arreglaría mi asunto sin demora. Y así fue, por unos minutos fui la elegante joven que en Triste Domingo comparte amores con dos hombres diametralmente opuestos. Salí de la dependencia erguida, satisfecha. Garibay me había echado la mano. (Sé que igual pude haber sido la joven viuda Judith de la Biblia, Orlando de Virginia Woolf y tantos otros personajes de vida tan clara en literatura, que nos impulsan a “ejercer” la vida. Pero se dio el caso que yo fui Alejandra y por eso me mostré simpática e inteligente, creo, y pude resolver así un problema concreto de mi vida concreta.) Parte del placer de la lectura viene de vernos mejor en los libros que en la propia vida, porque allí nos vemos en lo que hacen otros y nosotros sentimos que podemos hacer. Siguiendo con las confesiones, haré ahora una muy seria: existen muchos de esos libros universalmente respetados que se ha dado en llamar clásicos, que no he leído, algunos que quizá jóvenes muy jóvenes ya han leído o leen actualmente. No tengo excusa, únicamente mi circunstancia, que no admite excusa. Sin embargo, estoy aquí escribiendo esta nota, precisamente para decir que en esa lectura (a la que tantos temen, quizá por la desmesurada fama que los precede –hablo de los llamados clásicos), puede encontrarse placer, si es que (los muy recientes lectores) aún no lo han hallado, ¿cómo? procurando encontrar un tiempo totalmente libre, para estar a solas con ese libro que sin duda algo tendrá que ha de hacerlo tan especial y que sin duda fue hecho especialmente para cada uno de los lectores, porque cuando un escritor hace literatura (de la buena, se entiende), la hace desde lo más íntimo, desde ese espíritu que no puede compartir de otra manera, porque el mundo que nos ha tocado vivir no ha prestigiado particularmente al alma, la cual se muestra como signo evidente en toda lectura. Pero a todo esto, ¿por qué leer y escribir son placeres perfectos?, lo son porque pueden ser placeres perversos, alienantes y enriquecedores. Todo. Un lector puede ser todo lo que quiera en la imaginación, en ese juego de las letras y el interior del ser, llamado lectura, baste como ejemplo de esta certeza la locura de Don Quijote. Así pues, afirmo que no para alejarse del mundo, sino para más íntegramente pertenecer a él, es que a este placer, debiéramos tal vez, algunas veces, libremente entregarnos. Temas Tapatío Lee También El río Lerma: un pasado majestuoso, un presente letal Año de “ballenas flacas” El maestro de la brevedad: a 107 años del nacimiento de Juan José Arreola La vida del jazz tapatío Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones