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Viernes, 16 de Noviembre 2018

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Suplementos | Irvine Welsh no se detiene, todos los días escribe y reinventa

Las obsesiones por narrar

El escritor británico no se detiene, todos los días escribe y lo que transforma en historias tiene mucho que ver consigo mismo; se trata pues, de un reflejo de su propia personalidad, como sucede en su más reciente novela, donde se decanta en dos personajes

Por: EL INFORMADOR

Si me junto con mi editor en un restaurante y le digo que mi siguiente libro será de cuentos mejor no pide nada. EL INFORMADOR / A. Hinojosa

Si me junto con mi editor en un restaurante y le digo que mi siguiente libro será de cuentos mejor no pide nada. EL INFORMADOR / A. Hinojosa

GUADALAJARA, JALISCO (13/DIC/2015).- Irvine Welsh presentó en Guadalajara su nueva novela en español, “La vida sexual de las gemelas siamesas” (Anagrama, 2015). Es la historia de Lucy y Lena, dos mujeres con personalidades opuestas: una instructora de fitness obsesionada por su físico y su alimentación, y una artista con sobrepeso. Ven unidas sus existencias cuando Lucy impide un doble asesinato, acto capturado en video por Lena. A partir de entonces ambas cultivarán una enfermiza relación.

El autor británico habló con EL INFORMADOR durante la pasada Feria Internacional del Libro (FIL) sobre su escritura, la inspiración, las drogas, sus obsesiones y la música.

¿Te consideras la voz de una generación?

—Hay muchas. Cuando empecé a escribir y a dar lecturas lo hacía frente a gente de mi edad. Ahora me siento como un escritor de ficción para jóvenes: son chavos, la mayoría. Cada nueva generación ve la película, luego leen el libro. Se ha convertido en una especie de novela de rito de paso, como “En el camino” o “El guardián en el centeno”. Es interesante, ha llegado a ser así pero nunca lo esperé... no me quejo.

—Por los modismos que usas, ¿piensas que tu público principal está en Escocia?

—Nunca tuve esa sensación. Al trabajar en cine o televisión se piensa en la audiencia, pero al escribir un libro no; uno escribe para sí mismo. Cuando publiqué por primera vez sabía que me iban a leer algunos, pero no pensé que me leyeran más, ni en Escocia ni fuera. Fue sorpresivo.

—En tus primeros libros escribiste sobre la juventud, los problemas de las drogas. Luego exploraste otras temáticas.

—Es curioso, al comienzo escribes de ti mismo, aunque no quieras, así sale. Trato de escribir hacia fuera, pero sigue habiendo mucho de mí. Le di a mi esposa este nuevo libro, ella es de mi edad, pero es estadounidense. Quería que me ayudara con los detalles, pero lo leyó y me dijo “Los dos personajes son tú mismo, tienen más de ti que cualquier otro que hayas escrito. Más que ‘Renton’ o que ‘Sick Boy’...”. Fue todo un shock para mí. Son personajes muy diferentes: jóvenes, mujeres, originarias de América. No es que tratara de esconderme detrás de personajes así.

—Sí son muy estadounidenses, sobre todo por la obsesión por los números.

—Es algo muy raro, es extraña esa obsesión por medir y cualificar todo. Lo vemos en los deportes, todo es contable. No tiene sentido, quizá por eso nunca serán buenos en el futbol: si Messi hubiera nacido en Estados Unidos, en el colegio le habrían dicho que era muy pequeño y que no jugara futbol: para ser el mejor debes tener todas las características. De alguna manera toda esa ciencia es enriquecedora, pero es también aburrida.

—Un tema de la novela son los 15 minutos de fama y la viralidad que puede tener un video.

—Sí, es una cultura de breaking news. La gente no sólo quiere noticias, quiere una historia, más narrativa. Si alguien salva a un bebé de una casa en llamas, quieren descubrir si el tipo había apuñalado a alguien en algún bar meses atrás, si es divorciado. Necesitan una historia, lo convierten en protagonista de un reality show. Por ejemplo, había un tipo de Glasgow que se hizo famoso: un terrorista quería explotar el avión en el que iba, pero se prendió fuego accidentalmente. Se estaba quemando y el escocés le dio una paliza mientras estaba en llamas. Lo convirtieron en un superhéroe, querían que se postulara para el parlamento: es una iconización a partir de un suceso.

—En la novela hay un reality show, en preproducción.

—Sí, pasa todo el tiempo. Con las gemelas siamesas que van a operar para separar, y toda la historia de su relación entre ellas y con otras personas.

—Además de la televisión el arte tiene un papel en la novela.

—El arte que se hace en Miami es impresionante; utilizan la luz y el color de manera fantástica. Los artistas han revitalizado el Centro de la ciudad, eso es relevante.

—Pero Lena, la artista, es muy obscura y con una visión muy sombría.

—Es muy talentosa, pero se subestima a sí misma constantemente, no acepta su talento. He conocido a muchos escritores y artistas que no aceptan su talento, se sienten incómodos. Eso me da para hablar de la tragedia, es un autosabotaje. Quise exponer esa personalidad obscura de alguien talentoso que no lo acepta.

—Lucy, en la escena del hacha, recuerda a “Crimen y castigo”, ¿lo tenías en mente?

—Oh, sí, pero no. Probablemente, lo he leído varias veces, quizá está latente. Es lo interesante de escribir ficción: nunca sabes de dónde vienen las cosas, es un proceso subconsciente.

¿Y ahora qué sueles leer?

—Leo todo lo que cae en mis manos. No hay un género en particular: lo mejor de cualquier género puede ser interesante.

¿Y en música?

—Me siento un poco como músico frustrado, y ya que tengo amigos músicos me doy cuenta de que hacer un libro se parece más o menos a montar un disco. Es parecido en el sentido en que escuchas y haces cosas nuevas, sólo que con historias.

 —En tus libros más recientes has intercalado al ambientarlos en Miami y en Escocia, ¿es planeado? ¿Qué sigue?

—No tengo un plan definido. Desarrollo cada proyecto como llega, no pienso en el siguiente. Si lo hiciera tal vez me aburriría.

—Ya tienes programado lanzar un siguiente libro para 2016, “The Blade Artist”.

—Sí, es un libro violento, espero ver la reacción.

—La violencia es frecuente en tus libros.


—Sí, pues, pero este en particularmente violento. Es corto, unas 250 páginas. Las primeras 100 son calmadas, luego todo enloquece.

—En “La vida sexual...” también enloquecen. Igualmente, los personajes de esta obra... así como los de otras de tus novelas están obsesionados con su trabajo.


—Sí, es una sociedad obsesivo compulsiva. Debes estar obsesionado con algo. Como Lena, el personaje que quiere adelgazar: podría hacerlo si deja de comer tanto, pero necesita una dieta especial, una membresía en un gimnasio. Necesita consumir para reemplazar esa obsesión.

¿Hay algo que te obsesione?

—La escritura y la comunicación. Quizá escribo mucho, probablemente tuiteo demasiado, y seguro hablo muchísimo. No siempre cosas interesantes. Eso pasa cuando te metes tanto en el proceso.

—En la novela está el juego de las “páginas matutinas”, una rutina de escritura. ¿Cómo es tu rutina?

—Los primeros libros los escribí cuando trabajaba en otra cosa. Los hice en horarios extraños: muy temprano en la mañana o ya muy tarde en la noche. Ahora no es así. A veces cuando me obsesiono me despierto y escribo hasta la noche, pero normalmente me levanto temprano, escribo de siete a 10, todo lo que pueda. Luego desayuno, voy al gimnasio y después regreso a revisar. Trato de apegarme a esa rutina, aunque no siempre es así.

¿Y con Dean Cavanagh, con quien has compartido créditos como coautor?

—Con él es divertido, estamos en sintonía. Trabajamos en una cinta con los hermanos Blaine, dos jóvenes directores, muy talentosos. Trabajar con Dean es muy bueno para mí, tiene grandes ideas, y nos la pasamos muy bien. Me mantiene vinculado al Reino Unido.

—Y sobre el formato, ¿volverás al cuento?

—Me encantaría, vengo a la feria a hablar del cuento. Creo que son más difíciles que las novelas. Los editores los odian, si me junto con mi editor en Londres en un restaurante y vemos el menú y de repente le digo que mi siguiente libro será de cuentos mejor no pide nada. No venden como las novelas. Es algo raro, a la gente le gustan, pero casi no compran los libros. Los cuentos son como los pandas: a todos les gustan, quieren salvarlos de la extinción, pero nadie hace algo para salvarlos.

—Leer un libro de cuentos exige más que leer una novela.


—Sí. Hay escritores brillantes de cuentos, como Alice Munro. Son muy densos, hay tanto en ellos que se sienten como novelas. Se necesita talento, no todos poseen la habilidad. Creo que yo ya la perdí, solía ser mejor: si trato de escribir un cuento ahora se alarga hasta ser una novela.

—“Acid House”, tu primer libro de cuentos, es como un catálogo temático y estructural de todo lo que después ibas a hacer.

—Sí, me gustaría escribir un libro así de nuevo.

¿Qué te inspiraba en ese entonces?

—Creo que tomaba muchas drogas cuando lo escribí. Ya no podría, no me interesa. Los primeros libros los escribí así.

¿Cómo dejaste las drogas?

—Si eres joven te da cruda y piensas: “qué mal, pero no importa, la que sigue”. Cuando eres viejo y piensas: “mierda, me voy a morir... de cualquier forma voy a morir pronto” y debes pasar todo el día en la cama. Las crudas son peores, pero la experiencia no varía mucho: si tomas éxtasis o ácidos, lo has hecho tantas veces antes que el efecto es cansado. Lo único que queda es hablar tonterías con gente con la que has hablado tonterías por 25 años; incluso si consigues otro grupo de amigos, la conversación será la misma, piensas “no, ahí viene de nuevo”.

—Has dirigido videos musicales (Keane, Gene), ¿hay planes para volver a dirigir?

—Iba a trabajar con los Libertines, pero no tuve tiempo. Y con Primal Scream. Es divertido: te clavas en el proyecto por tres días, no hay tiempo para dinámicas como con una película.

¿Cómo va la preproducción de “Porno”, la secuela de “Trainspotting”?

—En junio se filma, se estrenaría a finales de 2016. Hasta ahora todo marcha bien.

¿Crees que luego se filme “Skagboys”, la precuela?

—Me encantaría que sucediera, tal vez pase: podría ser una serie para televisión. Ya veremos.

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