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Suplementos | Durante 2011 fueron asesinadas 117 mujeres

Las fotos que nunca dicen la verdad

Ella tenía 40 años cuando su esposo contrató a un par de muchachos para que la “lastimaran”

Por: EL INFORMADOR

MUERTES. Comúnmente son crímenes relacionados con la violencia de género.  /

MUERTES. Comúnmente son crímenes relacionados con la violencia de género. /

GUADALAJARA, JALISCO (04/NOV/2012).- Imelda Virgen agonizaba cuando le hicieron su última fotografía, en los primeros minutos del 29 de septiembre de 2012. Su esposo dijo que contrató a un par de jóvenes para que la violaran y “lastimaran”. Los muchachos cumplieron. Guadalupe, hermana de la víctima, se pregunta quién tiene la paciencia para esperar toda la noche en un puesto de socorros la llegada de alguien medio muerto y de apretar el obturador cuando el medio muerto llega por fin.

El que tuvo la paciencia congeló la imagen de lo que quedaba de Imelda. Un cuerpo cubierto por una sábana azul intenso se detuvo en el tiempo, justo cuando un paramédico joven intenta poner una máscara de oxígeno y, al fondo, tres curiosos de caras desdibujadas miran la escena.

Inofensivas en apariencia, las fotografías pueden ser lo mismo objetos entrañables y siniestros.

Habría que ver las que el esposo de Imelda, Gilberto Vázquez, publicó en su muro de Facebook, el 18 de junio de 2011. Una anciana, tres mujeres, dos hombres, tres niños y un perro se apilan, sonrientes en un sillón. Al fondo hay un cuadro con el paisaje nocturno de una cabaña junto a un lago. La de la segunda fila en la orilla derecha es Imelda. Ríe como el resto. El que apretó el obturador fue Gilberto, recuerdan las hermanas de ella, dichosas en aquella foto. En otra imagen del mismo día, Imelda come pastel de vainilla y chocolate. Su mano izquierda sostiene el plato. Su mano derecha agarra el tenedor. Tiene la boca entreabierta, como sorprendida. Boquiabierta, hermosa, vestida de blanco para siempre. Y ahora se sabe que infeliz.

Aquel día, el de la fotografía familiar, Gilberto cumplió 44 años, recuerda María Rodríguez, la madre de Imelda. Nunca le gustó trabajar y era un ladrón de poca monta, cuentan sus parientes. Pero eso se resolvía fácil. Cuando visitaba a su familia política, su familia política escondía los monederos. Alguien lo había visto tomar dinero de un bolso.  Cincuenta o 100 pesos. Pecata minuta y silencio. Nadie quería que Imelda sufriera por descubrir que otros sospechaban lo que ella sabía.

El tema es que Imelda sufría de todos modos. Dicen sus compañeros de trabajo que hacía un lustro hablaba de divorcio. Una vez su monedero desapareció sospechosamente y su cuenta salarial quedó en ceros. El autor fue su marido. El mismo marido volvió a robarle la quincena, ahora escondida bajo el colchón. La chantajeó, hasta que ella lo puso como único beneficiario de los seguros de vida que tenía en la Universidad de Guadalajara, donde trabajaba. Por supuesto, no hay fotos de esas escenas.

Hay recuerdos, muchos y estériles a estas alturas. La madre, las hermanas y el cuñado de Imelda sospechaban que Gilberto Vázquez era un pelmazo. Sospechaban y callaban. Ella no decía nada porque no quería preocupar a su gente.

Los retratos de la apariencia, en cambio, continúan en la casa de María Rodríguez, la madre de Imelda. No quiere romperlos. Tiene muy pocas fotos de su hija, lamenta, mientras hojea el álbum familiar y habla en presente. En el presente su hija es guapa, trabajadora ¡es maestra de yoga! En el presente de María Rodríguez, Imelda tiene planes. Y mientras la madre habla de los planes, los ojos claros del asesino confeso se abren una y otra y otra vez en las fotografías familiares.

La protección de los animales eran parte de los planes. Imelda recogía cuanto perro abandonado se encontraba en su barrio, en Huentitán. Tenía seis perros en casa cuando en junio pasado decidió acabar con la apariencia, separarse de su esposo e ir a vivir donde su madre, hasta que la posesión de la casa que ella había comprado quedara resuelta. La posesión la tenía su marido y la pareja acordó que los perros permanecerían con Gilberto, hasta que ella pudiera hacerse cargo.

Un día Gilberto dijo que un vecino conflictivo envenenó a cinco perros. Luego, en una reunión familiar, le confesó a su concuño que él mismo los envenenó. Sabía que su mujer sufriría con las muertes. El concuño se propuso no decirle nada Imelda para no agobiarla. Matar perros nunca fue un delito grave, se dijo.

En el álbum hay otra fotografía de hace siete años. Imelda tiene puesto un overol corto, de mezclilla y abraza a su esposo en el patio de una casa vieja. Una pareja perfecta, diría el agente del Ministerio Público. Los que conocieron a Gilberto saben que era mañoso y que acostumbraba exagerar. Unos días antes de asesinar a su mujer dijo que los Zetas andaban tras su padre. Luego dijo que los Zetas andaban tras él. Luego le confesó a un pariente cercano que recibiría un dinero pronto. Luego desapareció la llave que su esposa tenía de la casa que él ocupaba. Luego vendió los muebles que había comprado su mujer. Luego, la noche del 28 de septiembre, le dijo a su esposa que quería hablar con ella y fue a encontrarla al trabajo…

María encontró recién dos fotografías de Imelda. Una es un retrato tamaño infantil. Una imagen escolar. Imelda tiene seis o siete años de edad. Está vestida con un suéter de estambre azul marino y mira perpleja el objetivo de la cámara. La otra foto se la tomaron afuera de la Catedral de Guadalajara, el día de la confirmación de su tía Enedina, en 1974. Imelda, de un año y su hermana Guadalupe se aprietan en los brazos de la festejada. Ambas usan vestido blanco, tobilleras de olanes y zapatitos de charol negro. Imelda tiene el pelo hecho un enjambre de rizos y ve al horizonte.

Dicen que hay rasgos que nunca cambian. La mirada de aquella nena es idéntica a la de la mujer que tenía 40 años cuando su esposo contrató a un par de muchachos para que la “lastimaran”, como él mismo confesó.

La lastimaron. Sus cenizas reposan en un estante, en la casa de María Rodríguez. “Ahí está mi niña. Ese día se puso unos pantalones pesqueros blancos y pensé en lo bonitas que son sus piernas”. En una fotografía donde aparece más bella que nunca, Imelda mira al punto indefinido que miró cuando alguien apretó el obturador.

Hoy es el Día de los Muertos. María Rodríguez borda una servilleta blanca. Cada puntada es un grito. Cuando termine de bordar, la madre habrá gritado: “Su esposo contrató a dos sujetos para que la golpearan, violaran y asesinaran”.


VIOLENCIA

El delito

Imelda Virgen es la primera mujer asesinada con violencia y rasgos de misoginia, luego de que la figura de feminicidio entró el vigor en el Código Penal de Jalisco, el 23 de septiembre de 2011.

Las autoridades consignaron su muerte como parricidio. Su familia y algunas organizaciones ciudadanas exigen que se reconozca como feminicidio.

El código penal de Jalisco castiga el parricidio (el asesinato del cónyuge o un familiar consanguíneo) con entre 25 y 45 años de prisión y el feminicidio con entre 20 y 40 años de prisión.

Un agente del Ministerio Público consultado señala que en este caso es mejor consignar a los supuestos responsables por parricidio, pues contempla una pena mayor, y después pedirle a juez que califique el delito de feminicidio.

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