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Lunes, 21 de Enero 2019

Suplementos

Suplementos | Dolores Ortíz Minique nos muestra su taller

Las esculturas que nacen en el laboratorio

Dolores Ortíz Minique tiene un espacio privilegiado para la creación; ahí donde la tranquilidad habita, la inspiración rige el aire

Por: EL INFORMADOR

Dolores reconoce que no sabe con exactitud cuántas herramientas posee.  /

Dolores reconoce que no sabe con exactitud cuántas herramientas posee. /

GUADALAJARA, JALISCO (07/SEP/2014).- “Es MI espacio”, dice la escultora con un acento marcado en mayúsculas. “No me gusta que lo invadan. Soy dueña y señora de lo que sucede aquí adentro”, agrega Dolores Ortiz Minique mientras una diminuta araña se columpia burlonamente de su pestaña.

La risa es inmediata, pero la artista de la piedra y madera no se inmuta ante la visita de su inesperada inquilina. Ella sabe que antes de asentarse aquí, esta tierra perteneció a la fauna antes de que la urbanización llegara al antaño bosque Colomos.

Hace 25 años nació su taller personal a un costado de Avenida Patria, en la colonia Guadalajarita. Por fortuna, su esposo arquitecto, la complació construyéndole un sitio en donde los cinceles y las sierras eléctricas pueden hacer ruido a placer. En aquel entonces, la escultora solo estaba en compañía de los árboles y el susurro del viento.

Además de las arañas, las ardillas y mapaches y uno que otro búho, tienen la primicia del arte antes que nadie. Las pequeñas hormigas también son las primeras en tocar las creaciones en obsidiana. En el taller de Dolores Ortiz la Naturaleza es bienvenida las 24 horas del día.

“Cuando el taller se construyó la avenida Patria no existía, tenía que atravesar el bosque. Antes estaba más a gusto porque realmente era el campo. Más que encontrar inspiración fue tranquilidad. No había movimiento de nada ni de carros, solamente estaba el río”.

El espacio donde Dolores manipula las gubias para siluetear los troncos es un santuario donde la magia se hace artesanalmente, a mano limpia y con un manicure perfecto. La artista abre el delgado cancel de su recinto anunciando la bienvenida con un impecable rojo en sus uñas.

“Yo no utilizo nada, no puedo trabajar con guantes, pocas veces me he lastimado, solamente tengo una cicatriz de un serruchazo, pero soy muy cuidadosa al trabajar”.

No parece que esas veteranas manos sean capaces de mover bloques enteros de piedra de metate sin guantes que amortigüen el raspado del poroso material. Dolores se sienta a costado de la mesa principal, donde entre el polvo y la tranquilidad comienza a dar forma a sus creaciones.

Son 50 metros cuadrados en los que la artista puede perderse por días con poca agua y alimento, desconectarse del mundo para solamente charlar y transformar a las piedras. El ingreso a su recinto pasa desapercibido para los vecinos que se camuflan en el entorno cotidiano de una colonia normal de donde han salido obras para instalarse en Japón, Turquía y China.

El reconocimiento del espacio


¿Cuántas herramientas tienes aquí? pregunto. Dolores no tiene idea de cuántos picos, discos limadores, martillos, marros, lijas y cinceles tiene distribuidos en el taller, solamente sabe que tiene un obsesión por comprar herramienta a diestra y siniestra.

Es evidente. La artista tiene al menos una decena de mesas que le soportan otro tanto de esculturas y bocetos en yeso y piedra de blanco Texas. Aunque el polvo también es notorio, Dolores me advierte que ese orden en el que me recibe no es habitual cuando está en acción.

Limpió y barrió y el panorama es fantástico, amable. La luz que entra por sus ventanales recuerda a esas cabañas campiranas de Mazamitla inmersas en un otoño eterno. Eso le gusta a Dolores y por eso es su espacio favorito.

Tanto fue el enamoramiento por este lugar que decidió llevar su casa, con todo y familia, al lado del taller para acceder a sus herramientas de creación a cualquier hora. El sitio se ha perfeccionado y adecuado a sus necesidades.

Las piedras florecen aquí al ritmo de los martilleos. La frialdad del lugar no se compara con la efervescencia artística de su sencilla decoración. Todo tiene aspecto intelectual, incluso, hasta los compresores y válvulas de aire que enmarcan los muros de cara al patio de su taller.

Sí. Dolores tiene un patio en su taller, otra mediana explanada en donde un árbol de granada rompe verdosamente con lo grisáceo del lugar. No es capricho que la guarida de la escultura tenga dos secciones. La exterior está destinada al trabajo de piedras y piezas enormes, en tanto que la interior a las obras más pequeñas y la madera.

“Me gusta poder transformar el material de una materia inerte, hacer lo que uno quiera. He experimentado en diferentes materiales y cada vez me enamoro más porque son los que le dictan a uno hacia dónde ir. La escultura es como cualquier comunicación, no necesita de textos ni describirla, es solamente eso, te gusta o no”.

Hay otro muro atractivo que resguarda una colección de gubias. Perfectamente colgadas a la pared que presumen del desgaste natural y forzado al que Dolores las ha sometido. Rasguñadas y un poco oxidadas también comparten espacio junto a monumentales trocos que van a la mitad de la obra, envueltas en cobertores y plástico burbuja.

La guarida perfecta


El taller de Dolores me recuerda al del ficticio artista “Finn” de la película “Grandes Esperanzas” dirigida por Alfonso Cuarón. Una escalera incrustada al fondo que sube a una plataforma de madera gruesa brinda toques de modernismo pero también de confort rústico. No huele a humedad pero sí a frescura y serenidad.

Dice que este peculiar rincón elevado probablemente se acondicione para tener un espacio de mayor descanso y relajación cuando requiera trabajar con la computadora o simplemente leer.

La artista añade que le gusta trabajar en solitario, pero de vez en cuando alterna sus áreas de trabajo junto a colegas que se refugian en su territorio.

“Algo que sí es muy molesto cuando uno trabaja es tener visitas. Podré soportar a colegas cuando estamos trabajando, pero no nos hablamos. En un taller de escultura somos sucios porque hacemos mucha basura y ruidosos, es casi imposible platicar o tener música”.

Pero este no es el primer taller de Dolores. Antes estuvo como nómada buscando el sitio adecuado. Uno de sus primeros espacios de creación lo compartió con Salvador Chávez. Se trataba de una casa casi ruinas, pero que ofrecía un cuarto a cada uno en la calle Justo Sierra cerca de Chapultepec. Después se mudaron a otro inmueble más grande por el Templo de la Soledad.

“Ese era un problema porque ahí trabajábamos en los cuartos, había que adaptarse y no podíamos hacer más que cosas pequeñas y modelar”.

Eso lo dice al recordar sus inicios en la escultura. Al reconocer que “Cuando uno está joven a los 16 años no estás pensando si realmente te vas a mantener de esto” y presumir con orgullo que fue la única mujer de su generación cuando egresó en 1969 de la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara.

A la par, la artista me explica algunos de los bocetos que la han llevado a viajar por todo el mundo y después ha regalado en monumentales obras. Toma la escala de aquella que creó y dejó en Corea con una pieza de granito, material difícil y retador.

“Yo nunca había trabajado en esas dimensiones, de cuatro metros de alto. La obra se llama ‘Sutil y fuerte’, y está relacionada a las formas que vi de los cementerios coreanos donde utilizan mucho las formas geométricas”.

Para Dolores la meta no es llegar a instalar sus creaciones en una galería, museo o casa. Ella asegura que lo verdaderamente emocionante es trabajar la obra, ensuciarse en ese proceso y finalmente verla entre la gente, en la calle.

“Es el proceso de devastar y de ir quitando para ver qué es lo que resultará es lo fascinante. Cuando la pieza ya está terminada se pierde un poco la emoción. La escultura es para la calle, que se vea, que la gente acceda, es una manera de educar y sensibilizar”.

De esta forma Dolores termina la excursión por su taller, ese espacio de suele ser solitario pero siempre está acompañado por esculturas en formación. Vuelve a reafirmar que prefiere estar sola al momento de trabajar, pero recapacita y revela que sus nietos son los únicos con acceso ilimitado cuando se trata de jugar a la plastilina.

FRASE:

“Acompasa el golpe con el corazón y olvídate de la música, así te puedes concentrar en lo que estás haciendo”. Dolores Ortiz, escultora.

PERFIL

La artista

Dolores Ortiz Minique manifestó sus habilidades por la escultura desde pequeña. Ahora es una de las exponentes más importantes de la escultura contemporánea jalisciense.

Su talento tallando piedra y madera la han llevado a ser invitada por la Asociación Internacional de Artistas Plásticos de la UNESCO en su XIV bienal de escultura celebrada en China en 2005. Sus obras han sido expuestas en el Museo de Arte de Zapopan (MAZ), el Museo de Arte Contemporáneo Ateneo de Yucatán (MACAY), el Instituto Cultural Cabañas.

Internacionalmente también ha sido invitada a instalar sus creaciones en Turquía, Costa Rica, Puerto Rico, Chile y China, por ejemplo. Actualmente trabaja en un proyecto escultural para Tlajomulco de Zúñiga.

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